René Martínez Pineda – Sociólogo y Escritor (UES-ULS)
Esa conjunción divino-mundana que se producía entre las personas y Jesús, hacía que éste dejara de ser imagen para mutar en un ser que resucitaba para morir, nuevamente, por los pecados ajenos, en el sentido sociológico del acto: comerse los pecados de los otros, así como los padres se comían los pecados de sus hijos para librarlos de todo mal, lo cual era un signo de la creación de una sola identidad entre Jesús, la persona y la sociedad.
Esa trinidad nos llevó a creer que Jesús era salvadoreño y que el salvadoreño era Jesús. Siendo así, la cruz que cargaba Jesús representaba –en los años que vivimos en peligro- al salvadoreño. La penitencia era extremadamente cruel, así debía ser, ya que no se trataba, simplemente, de que el condenado supiera que va a morir, sino de que sintiera que estaba muriendo lentamente, esa es la clave perversa de la tortura en cualquier época. Así, en el Santo Entierro, el salvadoreño cargaba la cruz de Jesús, y él la cruz del salvadoreño.
En las semanas santas de Caifás, los salvadoreños recreaban el drama de Jesús, y lo actualizaban en las alfombras. Sin embargo, actualizar ese drama en las alfombras no remediaba el dolor que sufrían, sólo le daba un toque de inexorable designio divino. Y es que las alfombras buscaban remediar el drama moderno mediante la sumisión y, al mismo tiempo, eran la expresión colorida de una alianza que, en su imaginación, tenía el poder de resucitar a los muertos y, con ello, el delito dejaba de serlo, para mostrarse como mejor vida en el más allá. Por eso, la procesión del silencio era -y es- más importante que el simbólico día en que -a vergazos, patadas y puteadas- Jesús echó de su templo a los mercaderes que lo corrompían; por eso, el santo entierro es más conmemorado que el domingo de resurrección, lo cual es en sí una paradoja.
La familiaridad que sentían con la imagen de Jesús, fortalecía la religión y, por tanto, era una especie de reserva moral simbólica a la que todos podían acudir para tomar fuerza al comerse la ostia de la resignación. Lo mundano cotidiano se unió a lo sagrado para salvar al primero, sanándolo con el sacrificio de Jesús y de ellos. Esa macabra afirmación se fortalecía con la repetición incesante del ritual de la subida al Calvario –en llevarlo al Calvario para que muera por ellos- en la que buscaban, sin sentir dolor alguno ni derramar una gota de sangre, endiosarse, en tanto eran capaces de juntar el ayer con el hoy; el allá con el aquí; lo propio con lo ajeno y, de esa forma, sentían como suyo el poder de resucitar porque, de antemano, se sabían condenados a muerte por los delincuentes.
El verse a sí mismos en situaciones no vividas (proyectando en la muerte de Jesús su propio martirio) era producto del imaginario, ese mundo sociocultural de lo subjetivo donde la “fe” es la reina, pero eso sólo era posible cuando el ritual lograba que la experiencia personal (proyectarse) se convertía en una experiencia colectiva. En ese sentido, el “verse a sí mismos” en una divinidad y recrear como propias las experiencias ajenas, que se revelaban en las semanas santas de Caifás, eran una metáfora de la conciencia espejo de las víctimas: el asesinado se sentía cordero de dios. La proyección simbólica en el sacrificio ajeno era, y debía ser, un hecho colectivo en el que todos son uno: Jesús, que es el enviado de ellos para que los sustituya en su muerte, con lo cual se conjugaban múltiples elementos simbólicos, tanto objetivos como subjetivos.
Esos elementos simbólicos que afloraban en aquellas semanas santas como parte de la acción ritual (tiempo, espacio, imagen, cosas, personas, anécdotas, milagros, creencias y hechos) lograban el milagro (en términos sociológicos) de juntar la cotidianidad mundana del presente (el tiempo del sufrimiento) con la cotidianidad divina que no se rige por el tiempo (la promesa del paraíso) y, por eso, son y no son, están y no están, al mismo tiempo. Todo lo anterior se recreaba en un espacio dado (El Salvador): sus calles de la amargura, callejones sin salida; sus iglesias, Calvarios sedientos de mártires y agonías; sus parques públicos, templos derribados sin la opción de ser reconstruidos en tres días; sus rincones
Las imágenes y los objetos del ritual católico –en tanto símbolos de proyección- eran un trozo de madera en forma de persona que se convertía en persona por el poder de la fe; un manto sagrado que hacía milagros con sólo tocarlo; una cruz en la que cabía todo el dolor del mundo y cabían todos los pecados, incluidos los de ser sumiso; unas matracas desabridas que imitaban los estertores agudos emitidos en colectivo; las chicharras, que evocaban rezos clandestinos; los soldados romanos que, por sus gestos y acciones criminales, eran idénticos al pandillero y al traidor; el incienso de olor denso, que le daba un halo de misterio indescifrable a los rituales. Esa proyección era la que hacía que las imágenes, personas y objetos fueran lo que no eran: los apóstoles de Jesús no eran sus discípulos, eran los testaferros del mal que le lavaban y besaban los pies a los asesinos, con lo cual convirtieron en sagrado el pecado más atroz.
En las semanas santas de Caifás, lo que se buscaba era la salvación de los victimarios (los que asesinaron a Jesús), a partir de una tragedia que se recreaba, fielmente, para poder transportar a los salvadoreños al matadero de las creencias religiosas que fueron bautizadas por la infamia. Pero, al menos en el imaginario, no se trataba únicamente de dramatizar los hechos o de contar la historia con personajes que tuvieran el poder de cambiar el comportamiento, sino de revivir y de actualizar las circunstancias del drama de Jesús, para hacer menos doloroso vivir en un país sometido por el crimen cotidiano.



