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viernes, 17 de septiembre del 2021

La geografí­a del rebote

El pequeño empresario y el asalariado serán el alma del nuevo régimen.

La frustración polí­tica de nuestro pueblo tocó ya un fondo del que no le queda más que rebotar. Después de creer durante mucho tiempo que ya no podí­a caer más bajo y de atestiguar con azoro que el piso no paraba de ceder, llegó al punto actual, en el que un cualquiera inepto, ignorante y cí­nico asustadizo, es impuesto por la oligarquí­a —por medio del fraude electoral electrónico y la manipulación en las redes sociales— como Presidente de la República.

Numerosas organizaciones, grupos e individuos claman por “hacer algo” para cambiar su paí­s. Pero no saben qué es ese “algo” ni cómo se lleva a la práctica. Después del chasco de la pasada revolución de color —la más reciente estafa del poder oligárquico al pueblo—, medio mundo se ha convencido de que hay que “cambiar algo” y de que “no se puede seguir así­”. Y aunque no se sabe exactamente qué y cómo hay que cambiar ese “algo”, sí­ se tiene la conciencia creciente de que el modelo económico no funciona; pues —por ejemplo— desviar el cauce de los rí­os para crear hidroeléctricas privadas que le vendan energí­a a gente a la que despojan del agua de los caudales fluviales es, cuando menos, ridí­culo y suicida y, cuando más, injusto y criminal.

Esfuerzos dispersos por crear partidos polí­ticos y frentes amplios proliferan en la geografí­a del rebote, lo cual es esperanzador porque de ese rí­o revuelto puede —y debe— surgir un conjunto de liderazgos que converjan en un plan de paí­s a corto, mediano y largo plazo. ¿Qué Guatemala queremos para dentro de 10, 40 y 90 años y cuáles son las etapas necesarias para alcanzar esas metas? ¿Qué participación se necesita de las diferentes clases y sectores sociales para lograrlo? ¿Cuáles son los intereses especí­ficos de cada clase y sector, los cuales se harán converger en un solo interés nacional? Estas son las preguntas que los nuevos liderazgos emergentes deben responder autónomamente y sin el asistencialismo distorsionador de la cooperación internacional.

La convergencia exige un pacto interclasista e intersectorial. También, una alianza inter-ideológica que priorice coincidencias en aras del interés nacional inmediato, mediato y posterior a la fase formativa de un nuevo régimen polí­tico y económico que implicarí­a un nuevo Estado funcional, probo, eficiente y fuerte, y una economí­a en la que el capitalismo esté basado en la pequeña y mediana propiedad agrí­cola, en la pequeña y mediana empresa y en una banca estatal flexible al servicio de la expansión empresarial, la del salariado y la del consumo. Tal convergencia requiere de esfuerzos incontaminados de ambiciones personalistas y grupales, las cuales necesitan someterse al interés nacional, que es el conjunto negociado de los particulares intereses sectoriales y clasistas de un paí­s.

Como la oligarquí­a se conforma con ser clase dominante y se niega a ser clase dirigente, habrá de formar parte de este esfuerzo en condiciones de igualdad junto al resto de las clases que integran nuestra debilitada unidad nacional. Por eso, los pequeños y medianos empresarios y la clase media asalariada deben desechar la ideologí­a oligárquica por nociva para sus intereses, y entender que el pequeño burgués y el asalariado serán el alma de la nueva economí­a y del nuevo Estado nacional-popular, pues democratizar el capitalismo y el Estado —desoligarquizándolos— pasa por expandir la pequeña y mediana empresa y toda la clase media.

Converjamos ya. ¡Rebotemos ya!

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