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domingo, 01 de agosto del 2021

Identidad femenina

¡Ya basta de construir nuestra identidad en función de los deseos del hombre! La imagen de mujer que se publicita y sirve de arquetipo es un diseño hecho por el hombre para el hombre y eso tiene que parar. Debemos ser nosotras quienes estructuren qué mujer queremos encarnar, desde parámetros que no exijan de nosotras convertirnos en mercancía o en sumisa carne de cañón.

Suele suceder en ámbitos profesionales y políticos que los méritos no cuentan o cuentan poco, una puede haber estudiado una carrera universitaria y tener créditos académicos y una loable experiencia laboral y política y, a pesar de ello, esos méritos pesan menos que la apariencia física o la entrega del cuerpo a quien toma las decisiones. Es entonces donde muchas mujeres prefieren objetualizarse a sí mismas, si es que no las han objetualizado antes, con tal de seguir avanzando. Sin embargo, es un error, porque no hay desarrollo posible en la cosificación, tal vez exista algún tipo de crecimiento, económico y de estatus, pero no el desarrollo humano al que todas tenemos derecho.

En este caso, lo que queda por hacer es construir nuestra feminidad desde la dignidad y la búsqueda de justicia. No agachar la cabeza ni resignarse: denunciar y condenar actos arbitrarios que son fruto de abusos de poder.

Basta de ser títeres o marionetas de otres! Las mujeres debemos encontrar nuestra autodeterminación, fortalecernos frente a las dificultades y aprovechar la juventud, que es donde se despliega la potencialidad de habilidades en medio de la vulnerabilidad en las emociones, el descubrimiento y afianzamiento de ideas y un período fructífero para el aprendizaje. Además, es el momento en que forjás tu carácter y definís tu orientación política. Pero la juventud se acaba. El ímpetu con el que nos enrolamos en aventuras políticas es aprovechado por estructuras partidarias, movimientos sociales, organizaciones estudiantiles y organismos internacionales, en muchos casos, con afán de manipulación y desde una ética utilitaria que solo exprime nuestra esencia y, al cabo de unos años, se nos desecha o nos enquistamos en lógicas perversas contra las que alguna vez luchamos.

¡Nunca debemos perder la frescura juvenil!

Los días pasan y debemos llevar al límite nuestras potencialidades para poder crecer y no dejar que nadie nos arranque la existencia, para ello es indispensable afianzar un criterio auténtico, evitar ser presas de dogmas e ideologías y manifestar con nuestros actos el verdadero impulso de nuestros deseos y sueños.

Cuando era pequeña, jugaba con barbies y ese era el modelo que la publicidad proponía como hegemónico. Y para ser feliz, había que ser como ellas, encontrar un Ken del que depender, casarse, tener hijas e hijos y dedicarse a su crianza y, sobre todo, vestirse a la moda, pero, en síntesis, el mismo marco referencial de sensualidad y pulcritud como base sobre la que se habría de estructurar la personalidad. ¿Qué hubiera pasado si hubiesen sido otras las modelos a seguir? Simone de Beauvoir, Eva Perón, Virginia Woolf, Juana de Arco, Marie Curie o, mejor aún, Rosa Luxemburgo. Quién sabe qué hubiera pasado con millones de niñas en el mundo. El presente sería diferente. El problema principal, es que mientras no se cambien los estereotipos vigentes, la conducción de la vida está en manos de Barbie, pero hay otra cuestión, todo esto es diseñado para satisfacer los deseos límbicos del hombre. El empoderamiento comienza rompiendo los patrones definidos y permitir que las niñas se aventuren a elegir su destino sin necesidad de replicar modelos publicitarios que terminan convirtiéndolas en mujeres inseguras, con trastornos psicoemocionales como la depresión, la anorexia o la bulimia. La felicidad no debe medirse así. El futuro tendrá otros arquetipos y otro horizonte.

¿Qué horizonte? Uno donde las mujeres que se dediquen a la política estén empoderadas, es decir, informadas, con criterio propio, capaces de abrirse espacio sin necesidad de objetualizarse, con convicciones e ideales asequibles, dispuestas a acompañar la forja de nuevas masculinidades. Un horizonte que implique cambiar el sistema cultural y político para dar un giro a la condición humana y, sobre todo, a la condición femenina.

Está en tus manos y en las de todas nosotras.

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