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miércoles, 3 junio 2026
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Escrito en una servilleta: Una novela a medias (2)

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René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Cuando volvió a leer lo que había dejado abandonado (por cosas que ya dijimos), lo hizo para enmendar los yerros descriptivos, sobre todo el del hecho esencial de la trama, la que tenía que ver con un asesinato usando veneno como detonante. Entonces sintió que todo estaba decidido desde siempre, pero no para siempre, esa es una salvadora licencia literaria de quien escribe una novela corta que raya en lo criminológico-demencial.

La deliciosa y adictiva succión del veneno que, además del don la palabra, le da otra razón de ser a la lengua (descubierto, eso, al unir con saliva la pasión con la anatomía de la mujer, justo en su medio día) extendía sus tentáculos hasta el bajo cuerpo del personaje, lo enrollaba y deshacía como caracol torturado por la sal de la cuaresma, y esa sensación, que lo paralizaba y movía, tenía un papel definitorio que jugar, pues él era una execrable figura que era obligatorio asesinar por ignorada voluntad de la víctima. La lectura hizo saltar los huecos, los olvidos, la falta de detalles visuales, y recalcó la urgencia de hacer, de carne y huesos, a la mítica Erato, para que, con su sensual cotidianidad, inspire la palabra correcta en el párrafo justo, debido a que no es lo mismo acordarse de algo que estarlo viviendo.

A partir de esa reflexión sobre lo inconcluso de la novela, hoy cada palabra, cada coma, cada figura literaria debe tener un uso doméstico escrupulosamente dado. El repaso violento -porque eso era: un repaso violento de lo escrito- apenas se interrumpía para que una mano acariciara, salvajemente y por instinto, su testículo derecho, con cierto gesto de ternura y curiosidad infantil.

La noche, más que caminar, corrió. Sin ver la hora, eso es trivial cuando reina la creatividad, disciplinadamente metido en la edición que le esperaba, se levantó del sillón y abrió la laptop. Montándose en lo escrito como en un potro salvaje, por el lado norte del animal, recorrió las páginas por el flanco equivocado del renglón, para obligar al cerebro a pensar diferente. Del otro lado de la ventana, mientras resolvía el laberinto de las palabras, vio huyendo la noche hacia el cementerio de los ilustres. Corrió tras ella, y las desahuciadas casetas de vigilancia privada le susurraron detalles sangrientos de historias no contadas.

El último sereno del cementerio, un anciano con artritis degenerativa y presbicia historiográfica, no estaba despierto a esa hora para sonar el pito al verlo pasar sobre las tumbas. Enrolladas en la sangre litúrgica que rebotaba en sus oídos (la de Rutilio Grande, derramada por un escuadrón de la muerte; la de Monseñor Romero, que abonó la tierra para sembrar, décadas después, un nuevo país) le llegaban las imágenes de la mujer. Primero, un vagón presidencial; después, la desnudez unánime; luego, un líquido derramado sobre su entrepierna, y listo. Allá, una salida. Ningún testigo delator. La puerta del vagón, cerrada; el veneno, regodeándose en los labios mayores; la luz de los ojos, en trance de muerte; el respaldo del sillón café, húmedo; el testículo derecho, enjutado; el hombre, en el sillón, leyendo la novela inconclusa que hace, de un asesinato justiciero, la suma de todos los que deben ser ineludibles.

En este momento, la sala es otro lugar, una íntima placita en la que se pregona un “me gusta, así como va la novela”. En la ventana, un gato callejero le da sugerencias de estilo y precisiones históricas. De un salto, se apoltronó en el sillón y se dispuso a escribir los últimos detalles. Tenía ganas de ver fotos calcinantes de la trama para convocar al detallismo y, al reflejo, encendió un cigarro. Cuando la llama se fundió con el tabaco, vio por primera vez la trama real de la novela: una alegoría convincente de la justicia social.

Ya todo estaba claro para el personaje: iba a presenciar un sacrificio en el que él sería la víctima, y el verdugo, una mujer desnuda como símbolo de la caída de los tabús culturales. Ahora, todos podemos ver tan mundana como divina a la mujer, y hasta podemos leer el gesto de placer al momento de ejecutar la pena de muerte… de golpe, ella había abierto las piernas, de par en par, para mostrar el arma del delito, y la boca del victimario, siendo víctima, se apresuró para lamer su pecado y confesarlo todo, sin decir nada. Cuando comprendió lo que le ocurría al ilustre pre-asesinado, se dijo que valía la pena quedarse a mirar, para luego describir. Él sabe mirar y sabe que mirar, de mutuo acuerdo, bota las máscaras que se usan para encajar en un mundo que hace, de la hipocresía, una virtud elemental para mantener sanas las relaciones sociales.

De todas formas, si de antemano se huele la posible falsedad, mirar se vuelve natural; basta con escoger entre el verbo y el sujeto, y quitarles a las personas sus disfraces y diálogos ensayados. Pero todo eso es complicado, porque la realidad tiene sus mañas de novela larga. La cosa es compleja cuando se trata del registro de la realidad, pues no se sabe si estás leyendo al que está leyendo y escribiendo; si eres el que escribe; o si eres el protagonista de la novela succionando el veneno que brota de un ineludible y adictivo lugar.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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