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domingo, 25 de julio del 2021

El pasado es un tatuaje que sangra

¿Les parece si jugamos un poco?

¿Sí?, okay.

Hagamos como si la Historia estuviese en tres capas diferentes de la piel: epidermis, dermis e hipodermis. La parte más superficial es en la que más se miran los tatuajes, la epidermis, y pienso que el pasado es un tatuaje que se ha estado repintando desde hace siglos por grupos de poder que se suceden en la administración del Estado, de las riquezas y de la injusticia.

Cualquiera podría venir y argüir que es posible aplicarle un láser a esos tatuajes de dominación que han imperado desde el período de la conquista en la piel histórica, y es cierto, podríamos usar esos rayos láser y cambiar la opulencia por el reparto adecuado de las riquezas, el sometimiento por la libertad, pero eso no sería beneficioso para los más ricos del país, y son ellos los únicos que pueden costearse esos rayos láser, así es que no sucede, y hay quienes creen que desde el Estado es posible también acceder a tratamientos de la piel apropiados para la extinción de los tattoos, sin embargo, los que llegan a esa posición son los dueños de la industria y el comercio y quienes hilvanan los tejes y manejes de la economía local y optan por repintar en lugar de despintar.

Luego, está la dermis histórica, la capa media de la piel, que es donde se almacena la tinta que vuelve duradero un tatuaje, y es necesario emplear otros elementos, inyecciones intradérmicas como el colágeno, por ejemplo, que generan modificaciones de corta duración, o el bótox, que sirve, en muchos casos, para eliminar las arrugas durante un breve lapso que no excede los seis meses. Digamos que los gobernantes más progresistas que ha tenido esta región centroamericana, han abusado del bótox y ahora las arrugas son tantas que resulta imposible cambiar el statu quo desde ahí.

Finalmente, está la hipodermis histórica, la capa más profunda y donde no es recomendable que llegue la aguja tatuadora, empero, en este país, los tatuajes, que son heridas controladas, no han hecho otra cosa que sangrar descontroladamente hasta el punto de generar infecciones y abultamientos impropios de la piel que se ha buscado mejorar haciendo extracciones y luego colocando implantes que, desde luego, hacen que por un tiempo se vea mejor el panorama, pero a la larga, es una medida estética insuficiente y borrar esos tatuajes se convierte en una especie de harakiri social que implica el aniquilamiento de lo que somos o hemos venido siendo.

Dicho eso, es posible vislumbrar la trayectoria de la sociedad como un montón de intentos fallidos por acabar con el pasado y una retahíla de esfuerzos infructuosos de renovación. Los cambios sociales movidos por la voluntad política y la esperanza utópica han sido sacudones que han borrado algunos trazos del tatuaje, pero han pasado las décadas y siempre ha llegado un gobernante o una coyuntura propicia para repintar lo que se desgasta.

Pasado, presente y futuro se dan cita en nuestras marcas, manchas y cicatrices. Lo que se hizo, se sigue haciendo y se hará. Cuando es indispensable un giro, un vuelco, un restart the game, si lo que esperamos es una sociedad distinta, pero cómo, esa es la pregunta y la respuesta que se escucha en las calles, en los centros de enseñanza, en la publicidad es un never look back. La supervivencia implica inteligencia y evadir las desgracias pintadas en las tres capas de la piel histórica jamás podrá ser la solución a los problemas que nos afligen. Hacen falta políticas y políticos audaces y no mercachifles que ganguean el futuro a una población herida que se hunde en un abismo y la juventud se rompe, se disgrega, se fuga y se conflictúa sobre sí misma y repinta lo que sus antecesores han estado dibujando como insomnes tatuadores del despilfarro y la muerte.

Hay que cambiar de rumbo para dejar de sangrar, hay que aprender a desobedecer las directrices que han manchado nuestro pasado con tinta y sangre, hay que ser valientes.

Pero bueno, de momento, ya se acabó este juego, game over.

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