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jueves, 21 de octubre del 2021

Del Halloween a la guerra

Que tire la primera piedra quien de niño no se haya disfrazado de la bruja Ágata, el monstruo de la laguna negra, la momia, hombre lobo, Drácula, Frankestein, fantasma o esqueleto. Que levante la mano el que no haya lanzado huevos podridos en puertas de casas y parabrisas. Que se retire ipso facto a su tumba oblonga el que no recuerde las películas de terror de Vincent Price, Boris Karloff, Peter Cushing, Bela Lugosi o al menos las de los bufones de Abbott y Costello.

Los setentas fueron toda una época, el terror clásico era televisado en matinés o en horarios vespertinos en los canales dos y seis, la celebración de la noche de brujas o Halloween era la expresión máxima de nuestros pavores infantiles, risibles hoy por la cantidad de efectos especiales.

La noche del 31 de octubre asumíamos apariencias terroríficas para pedir dulces de puerta en puerta y asustar a otros niños, podíamos salir a la calle despreocupados bajo la tutela de algún adulto con presencia discreta e invisible, las sombras eran nuestras pero había que regresar a casa antes de las diez.       

Los días previos las abuelas nos contaban leyendas de tradiciones orales como la siguanaba, los cadejos blancos y negros y la carreta chillona, narraciones que nos ponían los pelos de punta por su simpleza pero que estaban tremendamente enraizadas en la sabiduría popular y en la oscuridad de nuestros temores.

Nuestras mamás, cuidadosas y protectoras, nos comentaban que debíamos revisar los dulces antes de comerlos para detectar vidrios molidos u otras singularidades como excremento de perro o de gato. Uno nunca sabe de la existencia de lacras imitadoras de perversas costumbres como si San Salvador fuera el Harlem o el Bronx o algún suburbio de Los Ángeles. Afortunadamente nunca nos encontramos con esos copycats tercermundistas.

Llegábamos felices a nuestras casas cargados de dulces, exhaustos por haber caminado hasta el Hotel Camino Real, expedición única anual y colectiva, celebración de la niñez que repetiríamos durante varios años.

Surgió la guerra y el Halloween se materializó en la calle: cuerpos decapitados, muñones esparcidos, castraciones, tanquetas que se convertían en carretas chillonas, gritos y lamentos nocturnos como recordatorios de aquelarres. A la siguanaba la violó todo un batallón y al cadejo, al can de otro mundo, lo desollaron vivo para luego comérselo.    

Era el horror cotidiano de la guerra, la maldad colectiva, la insania a la que nunca hay que volver.

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