miércoles, 22 mayo 2024

Justo Armas toca su violín con la mano más tangible

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“Los tres me miraban con ansiedad. Me di cuenta de que contenían el aliento y sentí cierta simpatía por lo que habían tenido que soportar”… Graham Green (El agente confidencial).

Durante todo el mes de octubre sostuve -a través del chat- una charla muy amena acerca de la
literatura nacional con el músico y escritor Roberto Quezada, recibiendo de él algunos tics muy
enriquecedores.

Hablamos de la novela escrita por un autor nacional de extenso recorrido centroamericano, de la “fama” adquirida, pero que ha degradado sus escritos por no revisarlos antes de publicarlos.

Bien por el escritor, pero mal por la Dirección de Publicaciones e Impresos, pues según tengo
entendido el libro obtuvo no sé qué galardón y debían premiarlo imprimiéndolo.

Sé de algunos que han metido su texto para ser aprobado “por un consejo editor” y después
de varios años aún duerme el sueño de los justos esperando se “apruebe” su publicación.

A todos nos pasa, pero si viene de alguien que sabedor de que un conocido participa en el
certamen se atreve a decirle al jurado que sólo entrarán al concurso textos con menos de 100
páginas, eso sí está jodido.

No faltó el comentario hacia su novela Leon Cabalo, leída por mí hace más de una década,
cuyas líneas aún permanecen alojadas en algún rincón de mi cerebelo.

Y no extraña esa patraña. A mí me robaron un primer lugar en Cojutepeque. Uno de los
jurados (QDEP) decidió dárselo a la hija -quien vive en México- so pretexto de “dar oportunidad a
las mujeres”…

La interrogante es: ¿cómo sabía que el trabajo participante en el certamen era de una mujer?

Otro poeta, miembro de la Generación “Tronco metida”, en Soyapango, tampoco me dio el
premio por aducir que no era de ese municipio… en fin se ven cosas… por eso mi determinación de
no participar en “certámenes viciados”, pues el jurado pasa revista, pero no lee.

Un ejemplo anterior es lo del chico que plagió un libro completo de cuentos, y al ser
descubierto adujo que era un “performance”.

El violín de Justo Armas

Un sábado visité la casa del abogado Víctor Pinaud y la escritora Juanita Minero, después de
disfrutar un suculento almuerzo, nos tomamos un humeante café con su respetivo pan dulce.
Tras varias horas de exquisita conversación me invitaron a la presentación de la novela La
venada escrita por Minero.

Llegó el día “D” y me aboqué a la Biblioteca. Saludé a Juanita. Allí vi por segunda vez al
abogado Sergio Alfredo Flores Acevedo quien presentaba su novela La Cofradía del anillo, texto del
cual tenía referencias y que, si bien carece de edición, lo salva la trama muy bien estructurada.

Sergio me entregó el libro antes citado y ahora tengo en mis manos El violín de Justo Armas,
título atractivo para fines publicitarios y no sólo eso, también de “pegue”, por abordar el tema de
las pandillas, sin olvidarse de la guerra.

En literatura hay dos temas cuyas líneas no me atrevo a abordar porque además de desconocer sus aristas, tienen muchos laberintos de donde saldría más perdido que una cabra o quedaría “orate” para la eternidad. Dichos temas son la Teosofía o la Religión, vaya usted a saber por qué.

La técnica usada por Flores Acevedo es la novela Negra o Policíaca, creada hacia el siglo XVIII
por el escritor bostoniano Edgar Allan Poe (Boston, Massachusetts 19/1/1809-Baltimore,
Maryland, 7/10/1849); seguida por Arthur Conan Doyle (Edimburgo, Reino Unido 22/5/1859-
Crowbourough 7/7/1930); y Agatha Christy (Torquay, Reino Unido 15/9/1890- Wallingford, Reino
Unido 12/1/1976), como máximos exponentes, sin perder de vista los escritos de Stephen King´s
(Portland, Maine, 25/9/1947).

Marco Alcántara (Ex miembro del Batallón Atlacatl); Rubén Girón (Ex detective de la extinta
Policía Nacional); y Alirio Bracamonte (Sargento de la PNC), así como líderes de las ranflas
nacionales de las pandillas encierran esta trama que se pone interesante por el suspenso, la
filosofía, teosofía y el sarcasmo.

La investigación del delito, en la novela, está a cargo del Sargento Bracamonte, quien, al verse
atado de manos dada la simbología utilizada en la masacre de cuatro líderes de pandillas, se aboca
a don Rubén Girón y al cacique indígena Adrián Esquina (Lixco).

Adentrándome en el tema que nos ocupa visualicé la necesidad de proyectarle a Sergio Alfredo
un aliciente: no desmayar en la escritura y en la publicación de los mismos, pues pese a vivir en
una sociedad apática a la lectura, los que lo hacemos exigimos más que una simple trama, sin
descuidar la gramática, que es tan bondadosa.

En ese laberinto novelístico escrito por Sergio Alfredo se amalgama la religión, la filosofía, la
barbarie de las pandillas, la teosofía y la simbología Maya, así como las creencias de culturas
ancestrales que ponen los “pelos” de punta.

Además, se rescatan virtudes teologales, destaca cualidades humanas que separan al hombre
del “común de los mortales”, pero también muestra que la avaricia puede convertir al ser humano
en una “alimaña” hasta alcanzar bajos niveles de maldad.

Una de las cosas que valoro de esta novela es el atrevimiento de Sergio Alfredo Flores Acevedo
al tocar el tema de las pandillas, sus atroces asesinatos, sin olvidarse del narcotráfico afincado hace
años en nuestro país.

“Rubén Girón se acomodó los lentes y se acercó al presbiterio… descubrió la macabra escena
de un crimen… la sangre había chorreado, y con la paciencia de un relojero comenzó a explorar el
lugar… Al acercarse, la expresión fue de asombro, observó que del grueso cuello colgaba amarrado
con una pita de mezcal un corazón, que indudablemente era humano”…

La novela abarca la reaparición de miembros del ya conocido y extinto Batallón Atlacatl,
responsable de la masacre del Sumpul, quienes asesinaron a niños que aún eran amamantados por
sus madres.

En la misma se deja entrever que al no recibir “dadivas” del gobierno tras la desmovilización,
los ex BIRIA se dedicaron –no todos–, al secuestro, narcotráfico, y por qué no decirlo, tal vez sean
parte de los líderes “palabreros” en las llamadas Ranflas (estructura o clicas), y no sólo ellos lo han
hecho, imagino que también hay ex guerrilleros.

“Lentamente se acercó para observar la estructura del ídolo. Pidió una lámpara. Alumbró el
interior de la hueca figura y vio que en su base había un charco de sangre, también tres corazones.
Al examinar el lado de atrás fue sorprendido por otra grotesca escena en la que se encontraban
cuatro cabezas atravesadas por los lados temporales por un tubo de metal”.

Disfruto este tipo de literatura, pues además de abstraerme de la realidad cotidiana, observo
que hay tramas para muchos, la audacia estriba en cómo se abordan los temas existentes sin caer
en el “plagio”, ya que hay quienes se enojan y hasta ofrecen irse al cuadrilátero, de lo que se salvó
el escritor Alfonso Orantes, papá de María Cristina Orantes.

“Mientras observaba la ubicación de los cuerpos, con relación a la colocación de los objetos,
vio que mostraban tatuajes alusivos a alguna de las pandillas”…

El escenario en El Violín de Justo Armas es vasto, aunque las locaciones –en su mayoría– son
en San Salvador, también el Puerto de La Libertad, Cojutepeque, Chalatenango, la Residencial
Santa Elena…

No puedo ni siquiera imaginar el sentimiento de impotencia al enterarse una madre de que
uno de sus hijos ha sido plagiado, así como la crisis nerviosa sufrida.

“…Lo llevaban a hacer sus necesidades fisiológicas, le ponían una venda oscura para que no
ubicara donde se encontraba… Se había sentado en el colchón, con la espalda apoyada en la pared,
le habían cambiado las amarras por esposas de acero, en los pies y manos, las cuales estaban
apresadas hacia el frente”.

Para asegurarse de que el bien siempre triunfa sobre el mal, Sergio Alfredo hace uso de
algunos textos de las Santas Escrituras, pues en esa lucha, Dios es fundamental para el acopio de la
fe.

“Si revisa con adecuado interés, en el libro de Isaías capítulo 45 versículo 7 están estas palabras: “Yo formo la Luz, y también he creado la oscuridad; he creado la paz y he creado el mal;

yo, el Señor, he hecho todas estas cosas”. También en el libro de Amós Capítulo 3 Versículo 6 se lee
“…¿Habrá mal en la ciudad sin que el Señor lo haya creado?”

Cada línea de esta novela está impregnada de misterio, el cual se va dilucidando –como caja de
pandora– a medida transcurren los hechos, en donde se juega con los sentimientos más nobles del
ser humano, pues los grupos en pugna han perdido la sensibilidad hacia la vida.

“Observó el rostro taciturno de Marco Alcántara. Abordaron los vehículos en silencio. El
anciano estaba sereno, sentía compasión por el dolor del hombre, por la situación difícil en la que
se encontraba su hijo quien estaba siendo utilizado como señuelo de un plan siniestro y en medio
de una guerra sangrienta entre seres humanos que habían perdido el respeto por la vida”…

Esta es la novela de Sergio Alfredo, un abogado a quien lo veo despuntar como una promesa
de la novelística nacional, augurándole desde ya el éxito debido, aunque sí le pediría que le ponga
mucha atención a la gramática que es tan rica en adjetivos, verbos, sufijos y algo más, mientras
tanto yo me quedó disfrutando la Reina del Sur, a ver si le atino en el siguiente desenlace.

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Luis Antonio Chávez
Luis Antonio Chávez
Escritor, mimo y periodista. Ha sido traducido a más de una decena de idiomas y publicado varios libros de poesía.
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