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martes, 11 de mayo del 2021

Aquella fatí­dica madrugada de noviembre

Los militares entraron en la UCA con la voluntad de eliminar a su rector, Ellacurí­a, una de las figuras más relevantes de la teologí­a y de la filosofí­a de la liberación

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En el mes de agosto, durante mi estancia en San Salvador como profesor invitado en las Universidades Don Bosco y Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), leí­ la novela Noviembre, del escritor salvadoreño Jorge Galán (Tusquets Edirtores, 2016), que se inspira en el asesinato de seis jesuitas -Ignacio Ellacurí­a, Segundo Montes, Ignacio Martí­n.Baró, Juan ramón Moreno, Amando López y Joaquí­n Marí­a López y López- y dos mujeres ““Elba Ramos, empleada doméstica, y su hija Celina, de 15 años-, por el sanguinario batallón Atlacatl en cumplimiento de la orden del Estado Mayor del Ejército de El Salvador. Sucedió en la UCA la fatí­dica madrugada del 16 de noviembre de 1989.

La novela aporta luz sobre los hechos y se adentra en otros crí­menes impunes contra religiosos y religiosas de El Salvador como el jesuita Rutilio Grande, monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, y cuatro religiosas de Estados Unidos. Recoge el testimonio de Alfredo Cristiani, entonces presidente del paí­s centroamericano, que reconoce la autorí­a militar de los crí­menes de los jesuitas. El novelista se vio obligado a abandonar el paí­s por las amenazas de muerte recibidas. La obra se caracteriza por un insobornable compromiso ético, una profunda sensibilidad hacia el sufrimiento de las ví­ctimas y la valentí­a para denunciar a los autores materiales y a los responsables intelectuales, a quienes pone nombre. Ha sido galardonada con el Premio de la  Real Academia Española 2016 por ser “una novela y una construcción literaria llena de verdad histórica y humana”.

Leí­ el libro de Jorge Galán recorriendo algunos de los escenarios donde sucedió el óctuplo asesinato. Visité las aulas donde impartí­an clases los profesores. Conocí­ la residencia donde viví­a la comunidad de jesuitas. Toqué el césped del Jardí­n de Rosas donde se encontraron los cadáveres, así­ llamado porque en él plantó Obdulio, esposo de Elba, la trabajadora doméstica asesinada, y papá de Celina, su hija, un cí­rculo de rosas rojas y en el centro dos rosas amarillas en memoria de su hija y de su esposa. Entré en la capilla y me detuve ante sus tumbas. Visité el Memorial de los Mártires del Centro Monseñor Romero donde están expuestos algunos de los enseres personales de los muertos, entre ellos el libro empapado en sangre El Dios crucificado, del teólogo alemán Jí¼rgen Moltmann, que se encontraba en la estanterí­a de la habitación de Jon Sobrino y cayó al suelo al ser arrastrado el cuerpo de Juan Manuel Moreno hacia esa habitación. Es todo un sí­mbolo en plena sintoní­a con Ellacurí­a, que considera quien la realidad histórica de los “pueblos crucificados” el lugar social y hermenéutico de su teologí­a.

Los militares entraron en la UCA con la voluntad de eliminar a su rector, Ignacio Ellacurí­a, una de las figuras más relevantes de la teologí­a y de la filosofí­a de la liberación, y a sus compañeros jesuitas, prestigiosos intelectuales que analizaban crí­ticamente la realidad del paí­s centroamericano desde diferentes disciplinas: ciencias sociales, psicologí­a social, filosofí­a, teologí­a, teorí­a polí­tica, filosofí­a de los derechos humanos, etc. El múltiple asesinato, la autorí­a militar del mismo y la forma irracional como se produjo conmovieron a El Salvador, a América Latina y al mundo entero.

Mientras leí­a la novela y recorrí­a los lugares de la vida y de la muerte de los mártires me rondaba una pregunta: ¿Por qué los mataron? Y encontré varias respuestas.

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Para los sectores eclesiásticos salvadoreños aliados con el Ejército, la oligarquí­a y el poder polí­tico, el asesinato se debió a que los jesuitas se habí­an alejado de su misión pastoral y se habí­an implicado en la actividad polí­tica del lado de los guerrilleros revolucionarios. “¡Se lo tení­an merecido!”, pensaban para sus adentros.

Jon Sobrino, compañero de las ví­ctimas, que se libró de la muerte por encontrarse fuera de El Salvador, piensa de manera muy distinta: los mataron “porque analizaron la realidad y sus causas con objetividad. Dijeron la verdad del paí­s con sus publicaciones y declaraciones públicas. Desenmascararon la mentira y practicaron la denuncia profética. Por ser conciencia crí­tica de una sociedad de pecado y conciencia creativa de una sociedad distinta, la utopí­a del reino de Dios entre los pobres. ¡Y eso no se perdona!”.

No puedo compartir la respuesta de las sectores eclesiásticos conservadores, sí­ la de Sobrino, a la que añadirí­a: los mataron por haber vivido el cristianismo no como opio del pueblo, sino como liberación de los oprimidos, denunciar la triple alianza del poder polí­tico, económico y militar, trabajar por la paz y la justicia desde la no violencia y anticipar con su estilo de vida la utopí­a de otro mundo posible.  

 (*) Juan José Tamayo es director de la Cátedra “Ignacio Ellacurí­a” de la Universidad Carlos III de Madrid y  codirector de Ignacio Ellacurí­a: utopí­a y teorí­a crí­tica (Tirant lo Blanch, 2014). Columnista de El Paí­s, de España, donde originalmente apareció este artí­culo.

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