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miércoles, 2 septiembre 2026
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Sin mareros no hay emoción

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Por: Nelson López Rojas

Vos sabés que estas columnas son para levantar ronchas, como lo decía el puertorriqueño Eduardo Lalo. Y antes que me funés, no, no abogo por el retorno de los mareros.

Todo el mundo anda violento, cada quien a su manera, con sus propias armas y su propio nivel. Ya no necesitamos guerras ni maras para hacernos daño; hoy nos basta un teléfono, un automóvil, una oficina o una relación de pareja y, voilà, semos violentos.

Está la violencia evidente, la que reconocemos porque deja rastro. Y está la otra, la que aprendimos a tolerar porque no se nota: el jefe que escribe a las diez de la noche para pedir los informes a las siete de la mañana; el compañero homofóbico que humilla; el marido que revisa el teléfono; la pareja que castiga con la ley del hielo; el funcionario que trata al ciudadano como estorbo; el conductor que convierte una parada de bus en una ofensa personal.

No siempre queremos matar al otro —bueno, a veces sí—, pero la mayor parte del tiempo simplemente queremos recordarle quién manda. «A Dios se lo dejo todo», dice la doña que quiere que Dios haga el trabajo sucio que ella no se atreve a hacer. No se venga, pero quiere que alguien se vengue por ella, su Dios. No castiga, pero desea el castigo. Hasta la piedad se convierte en violencia al desearle el mal al prójimo.

El domingo pasado, un amigo salió con su familia al supermercado. Un bus de la ruta 39 estaba recogiendo pasajeros. Detrás venía un motociclista que parecía estar librando una batalla contra el tiempo. Pitó una vez. Luego otra. Y otra. Finalmente lo sobrepasó rápido, furioso y molesto, como si mi amigo hubiera conspirado personalmente contra su destino. No había ocurrido nada, nada. Un bus había parado. Eso era todo y el mechacorta le pitó la vieja.

A otro colega, un motociclista le rayó el carro y decidió seguirlo para asustarlo. Un rayón produjo una persecución; una molestia, una pequeña agresión encontró respuesta en otra pequeña agresión. Así funciona buena parte de la violencia cotidiana que no necesita comenzar grande, solo encontrar a alguien dispuesto a continuarla.

En 2019 escribí «No solo los mareros crean violencia». Demonizar a los mareros nos permitía explicar la violencia colocándola completamente afuera. Las extorsiones, los asesinatos, la inseguridad, todo tenía un culpable perfectamente identificado. Y cuando un país encuentra un culpable para todo, evita preguntarse qué parte de la violencia produce él mismo.

Durante años nos acostumbramos a culpar al marero, al gobierno de turno, al pobre, al rico, al vecino, siempre a alguien más y eso nos permitía sentirnos inocentes. Siete años después, y en un país donde la violencia criminal ha cambiado radicalmente, debemos preguntarnos qué hacemos con nuestra propia violencia. Cualquiera puede parecer civilizado cuando obtiene lo que quiere. La verdadera prueba comienza cuando alguien nos contradice, cuando alguien se equivoca, cuando alguien nos hace esperar, cuando alguien nos dice que no. Cuando un bus se detiene delante de nosotros.

Desde afuera —y peor si es desde el extranjero— es fácil mirar un país sin maras y concluir que tenemos un país sin violencia. Sí, pero eliminar una forma de violencia no elimina las demás. La reducción de la violencia criminal puede ser real, importante y bienvenida y, al mismo tiempo, podemos seguir siendo una sociedad donde abundan la humillación, la intolerancia, el abuso, la agresividad y la necesidad de imponerse sobre el otro.

Le recordé a mi colega aquella frase de otro buen amigo: «Podés ser feliz o tener la razón. Pero no ambas». Seguimos sin soportar que el mundo nos contradiga ni siquiera durante diez segundos. Queremos que todo se mueva a nuestra velocidad, que todos contesten inmediatamente, que todos se aparten y que todos cedan. Queremos tener la razón y, sobre todo, que el otro reconozca que la tenemos. El matón ya no necesita una pandilla detrás: le basta el volante, el cargo, el dinero, el apellido o la certeza de que nadie se atreverá a contradecirlo.

La violencia, como todos sabemos, se reproduce. Le grito a mi hija y ella lleva esa rabia a la escuela. El maestro lo reprende con la misma violencia que recibió en casa. La niña vuelve a casa cargada de frustración y el círculo comienza otra vez. No hace falta una mara para fabricar violencia, pues la familia, la escuela y una sociedad incapaz de gestionar su frustración bastan.

También hemos perfeccionado la violencia psicológica que consigue que la víctima termine preguntándose si la ofensa realmente ocurrió o, peor todavía, que termine creyendo que fue culpa suya. Los gringos le dicen gaslighting; nosotros llevamos mucho tiempo practicándola sin necesidad de ponerle nombre.

Lo curioso es que todo esto ocurre mientras contamos la historia de que somos una sociedad cada vez más civilizada y pacífica. Que somos el país más seguro del mundo. Que tenemos teléfonos inteligentes, doctores con IA, estudiantes con laptops y —casi— un metrocable moderno. Pero seguimos perdiendo la cabeza porque alguien se detuvo delante de nosotros en el tráfico y somos incapaces de esperar a que un bus termine de recoger pasajeros.

Una sociedad civilizada no se define únicamente por su capacidad para encerrar a sus criminales o reducir los homicidios, sino por la capacidad de sus ciudadanos para no convertirse en tiranos cada vez que algo no sale como quieren, y cuando disminuye la necesidad de humillar, controlar, atropellar, intimidar y someter al otro.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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