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miércoles, 12 de mayo del 2021

No solo los mareros crean violencia

Nuestra tendencia es demonizarlos  y a culparlos por todo, por costumbre: las extorsiones, los asesinatos, los 20 años de ARENA los 10 del Frente, la dolarización, el calor, etc. Pero, ¿nos habremos detenido a pensar que no solamente “los bichos” son los culpables de la violencia en el paí­s? ¿Serán acaso otros entes los partí­cipes de la violencia? ¿Seremos nosotros los creadores de la violencia?

Luis Armando González en su libro “Violencia social, prevención de la violencia y escuela” esboza distintas definiciones de la violencia y a la vez explica la complejidad de dar una definición única. Les pregunté a mis alumnos que era la violencia y según ellos se debe incluir golpear, insultar, denigrar, ver de menos, maltratar fí­sica o emocionalmente, no tener una mente abierta hacia lo diferente, manifestar ira, odio o frustraciones, la falta de respeto y ni siquiera hay tolerancia.

Esta semana me puse a observar las diversas muestras de violencia con detenimiento y me doy cuenta que somos nosotros mismos los generadores de la misma. Y es esa violencia que generamos la que se repite: le grito a mi hijo en la casa y este exteriorizará su desencanto de alguna forma en la escuela donde el maestro lo reprimendará sin piedad y éste regresará a casa al cí­rculo vicioso y así­ sucesivamente.

En concreto:

– Me regalaron una tarjeta para Vidal´s. El empleado me recibe y me dice que el corte de cabello y barba cuestan $17.50. Me pareció excesivo pero la tarjeta de regalo tení­a $15 y me dije a mí­ mismo que dos dólares estaban dentro de lo que podí­a gastar. Al cobrar, el empleado me dice que le firme un recibo por $5. Le recuerdo que él me habí­a dicho $2.50 y no 5. Me argumenta que me hicieron un tratamiento distinto y que ese valí­a más. Y firme. Me niego y viene la gerente a remediar la situación diciéndome que, tal como me habí­an informado, el precio era ese. Sin embargo me dice que me van a hacer el favor de arreglarme el precio. Me niego. Le dije que no quiero favores, sino que quiero pagar lo acordado. Al final accedió a aceptar su error, se disculpó y me prometió informar mejor a los clientes.

– Mi cuñada, al enterarse que su hija de 18 años habí­a mandado dinero a un extorsionista, le propinaba tal paliza que se escuchó donde yo estaba, dos pisos arriba. Parecí­a aquel cuento de Salarrué donde el tata le pega a su hija violada.  Bajo. Le digo firmemente que deje de golpearla pues los golpes no solucionan nada. Abrazo a mi sobrina y le digo que la quiero. Y la quiero, a pesar de sus errores.

– Un conductor imprudente se estacionó bloqueando a otro en el estacionamiento de la institución donde trabajo. El desafortunado conductor que habí­a sido encajonado por el imprudente comenzó a tocar su bocina como si estuviera en un concurso de ruidos. Bajo. Me conmisero con él y le pido que deje de pitar, pues el hecho que está frustrado no le da derecho de quitarle la paz a docenas de personas a quienes importunó con su ruido.

– Un proletario que depende de su quincena para subsistir espera pacientemente, el lunes 18, su pago del 15. Horas después baja la dueña de la finca a decirle que no hay dinero y que venga después. El hombre tuvo la dignidad de expresar su descontento diciéndoles que le pudieron haber dicho eso al llegar a cobrar, no horas después.

– La señora de la esquina que vende comida, al ver que llegamos 4 personas, en carro, inmediatamente le sube el precio a la comida y se aprovecha de estos que “sí­ tienen” porque el odio de clases existe y persiste.

Cinco ejemplos puntuales que generan violencia de todo tipo. Estos hechos no son aislados e implican una necesaria reflexión nuestra y de todos los involucrados. Hay que decir algo o las cosas seguirán igual. Hay que conseguir que la gente paulatinamente cambie sus costumbres violentas y las conviertan en comportamientos socialmente estables.

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Nelson López Rojas
Columnista Contrapunto

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