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miércoles, 3 junio 2026
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Escrito en una servilleta: El brevísimo lapso

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René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Para no pasar por un ignorante sin epistemología ni pedigrí, los sociólogos de la gastroenteritis oral disfrazan, como preguntas de convento pulcrísimo, sus ideas reaccionarias; visten, de erudición filológica, la tozudez trepidante de citar mil autores, uno tras otro y sin tomar aire, para tapar su anemia cognitiva; se escudan en la rígida y remotísima historiografía bíblica, para no tener la obligación de transformar la realidad terrenal con sus propias manos, y ahora mismo. A escondidas -porque los huevos están caros y el frío lo empequeñece todo- los sociólogos de papel se dejan sodomizar por las antenitas de la cucaracha incipiente, y negra, que pernocta en la gaveta inferior de su escritorio, ese virginal claustro en el que no merodea la tinta de la calle.

Por la noche, cuando la vida se ve color de piel, deambulan por un hotel enrarecido los templarios de la narrativa victimaria sin escroto bautizado, pregonando la democracia perfecta de las muertes imperfectas que, en silencio, abonaron el coeficiente de Gini, y afirmando que el pasado de sangre no era tan malo como lo aseguran las lágrimas de las familias que ya olvidaron cómo se hace la señal de la santa cruz.

A la hora de la ceniza de lo que nunca ardió, resaltan como errores de ortografía en el mar muerto del sarcasmo de mal gusto, los doctores del arsénico que tienen la formación de un matarife de la cultura y no saben si suicidarse o masturbarse viendo una foto de sí mismos; y resaltan los poetas que lloran porque la metafísica de la verga (¡uy! que palabra tan fea esa: “metafísica”) es más omnipresente que la física teórica del lirismo que sueña con pajaritos sin dispositivo intrauterino.

Disfrazando, como dudas razonables, sus torcidas objeciones sobre la seguridad pública y los paquetes escolares, y con una pose de indignación neonazi, los sociólogos sin historia relevante me preguntan, a quemarropa: ¿qué has hecho de la sociología purísima que habita en el pasado decimonónico para no tener que transformar el presente? ¿por qué denunciás el placentero cretinismo libresco que pulula en los congresos internacionales en los que, un brindis de whisky equivale a una insurrección de los ofendidos? ¿Quién sos vos para cuestionar la hermosa revolución sin cambios revolucionarios que se vanagloria de su himen intacto, a pesar de haber parido mil traidores, diez Celestinas y un plebeyo de las ventajas comparativas? ¿Por qué espantás el sueño de la Bella Durmiente de la gobernabilidad que, con sus bajos ronquidos, prohíbe las rebeliones electorales en febrero y la ruptura de los viejos paradigmas en junio?

Y después, en el brevísimo lapso de la culminación masturbatoria de la mente con disfunción, se preguntan: ¿Qué será de los buenos modales al comer en la mesa del negacionismo? ¿qué será de las palabras que son tan buenas, pero tan buenas, que hacen de la violencia el debido proceso de los que litigan en el cementerio de la democracia bipartida? ¿Qué será del lagrimeo baladí de los materialistas religiosos y del ronroneo traicionero del perro casto que, buscando un hueso, merodean en la oficina del director para tomar posesión de ella, por las malas? ¿Qué será de la sociología virginal que recita: “mi madre es una rosa, mi padre es un clavel de la anaciclosis, y yo soy un botoncito funcionalista que acaba de nacer”? ¿Qué será de la Cenicienta que muestra la lactante desnudez de la estratificación social que separa a los traidores, de los traicionados, en la cama de la privatización del alma?

Pero, a palabras necias, oídos que se los lleva la corriente de los corrientes que se ríen, como hienas vacías, cuando se hunden en el miasma del ridículo axiológico. Y ante eso, el silencio es el mayor escándalo para refutar las réplicas que, con conocimiento de efectos, son travestidas como observaciones que no observan más allá del párpado de la negación. Y ante aquello, mejor no digo nada, porque en boca cerrada no entran historiantes deshistoriados, y porque los devotos del poema de amor, y los sociólogos infectados con sangre martirizada, estamos en el lugar en el que debemos estar: en las calles y en la utopía social que no está hecha de palabras; estamos en el lugar en el que nos obliga a estar la memoria colectiva, para que podamos reconstruir la parábola de la sociología que se comió al lobo feroz, para que no sedujera a la Caperucita en la zona roja de la epistemología de las ausencias. A mí me dan lástima, lástima pura, los sociólogos de hotel y los poetas de la farándula tercermundista que se empeñan en sacarse los ojos, aunque no críen cuervos, y en untar de mierda (mierda ontológica, para que no hieda tanto, ni sepa tan mal) las flores de la insurrección de la dignidad social –qué palabra tan vomitiva esa otra: “ontológica”-; y se empeñan en hacer mullida la joroba de la sociología de los pericos, y en anestesiar el agrio dolor que, como artritis lumbar, se montó en la espalda de los trabajadores desde que fuimos condenados a ganarnos el pan con el sudor del reloj biométrico.

Aunque los sociólogos del octavo círculo del infierno interpongan falacias, no puedo evitar estar en el lugar que la madrugada me pide estar, para hacer de la sociología un compendio de palabras tremendamente humanas e inmunes al veneno del cobarde que, para terminar de joder, es un oportunista de mente minimalista. Los sociólogos de la revolución de los paradigmas deben fundirse en el insomnio del suicidio altruista; edificar teorías críticas en vecindades sólidas; e hilvanar metáforas inobjetables que reivindiquen las presencias en la narrativa de las víctimas, para que éstas impidan que se le ponga fin a la historia y al poema de amor, de Roque, antes de que le duelan los bostezos. A los sociólogos que preferimos el movimiento a la petrificación historiográfica, nos hieren las camisas sin botones; oímos los ladridos de las boletas de empeño por la noche; sentimos cómo arden las lágrimas del hambre en la esquina de la muerte; sabemos cómo duelen los dientes que olvidaron masticar pan recién horneado debido a las extorsiones; sabemos cuánto pesan los ojos del niño sin computadora; olemos cómo duele el sexo en la primera noche de burdel; sabemos cómo aturde el bramido del tren sin rieles; sabemos cómo enferman a las ciudades las estatuas de los victimarios legitimados; sabemos cómo mutilan el pensamiento crítico, los programas de Historia de El Salvador en los que no existe el siglo XXI, ni los hombres llueven sobre las balas.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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