Por René Martínez Pineda.
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Foucault, analizó el lugar de encierro, específicamente capitalista, en los tiempos de la plusvalía absoluta (la fábrica), la cual concentraba a los obreros, repartía, ordenaba y vigilaba el tiempo -con el pito de entrada y salida-, y hacía del tiempo-espacio, un factor de acumulación a destajo. Sin embargo, Foucault no estudió, en detalle, cómo operaban, en lo simbólico, los vigilantes del encierro: pitos, relojes marcadores y descuentos que garantizan que, bajo sospecha, los obreros rinden más. La lógica formal (a más horas, más mercancías) de controlar el tiempo en los lugares de encierro (sin derecho a protestar), se refuerza con el perfeccionamiento de los aparatos de control, los que convierten a la persona, en número, hasta estructurar un denso sistema algebraico con variables inseparables (hora-persona). No obstante, en el mundo de la educación, el número de horas (y, peor aún, el número de horas en una franja rígida) no es una variable directamente proporcional al producto académico e incidencia educativa, no importan los argumentos burocráticos esgrimidos para hacer prevalecer la jerga numérica.
Es irónico que quienes cuestionan la efectividad y pertinencia del reloj biométrico, en la educación universitaria pública, piden otro tipo de control (basado en aportes académicos: investigaciones, libros de texto, programas culturales, publicación de artículos de opinión académica, literaria o humanista, etc.), en el que le darán más horas de trabajo a la institución, sin que sean vulnerados en su dignidad profesional al considerarlos “profesores en fase de desconfianza”. Sería más irónico que las autoridades universitarias no tomaran en cuenta lo anterior, pues se supone que lo estratégico es lo académico, no lo administrativo.
El reloj biométrico es una caja negra, una tobillera electrónica que, cual símil de los reos en libertad condicional, moldea y deforma personas (profesores), a quienes se les informa que, no importa su historial profesional y aportes, son considerados “profesores en fase de desconfianza”, debido a que, para el oprimido-opresor, son “los siempre sospechosos de todo”. La universidad que se burocratiza, a sí misma, burocratizando la educación, está recorriendo el camino para convertirse en una fábrica de títulos, en los que no importa la calidad, sino la cantidad; en los que no importa la experiencia acumulada, ya que siempre hay que empezar de cero, lo cual es una ignominia cuando se habla de la labor docente.
El mejor ejemplo es el “programa de acreditación de maestros”, en el sentido que: si un profesor sin experiencia, ni publicaciones, ni aportes relevantes a su disciplina, aprueba el curso (con evaluaciones anti-aprendizaje), y otro, que sí tiene todo lo anterior, no lo hace, el que es “acreditado” para dar clases es el primero, y cada vez que hay que refrendar dicho programa, se empieza de cero, con lo que se invisibiliza la experiencia y aportes (ni Kafka se atrevió a semejante metamorfosis), debido a que, en la lógica de los burócratas de la educación, siempre hay que empezar de cero, lo que sólo es válido cuando se entra a un nuevo paradigma. Cada mes de uso del reloj biométrico, les dará a los profesores un sobreseimiento provisional, no uno definitivo, y ello implica que el encierro es perpetuo.
El reloj biométrico tiene dos polos: rostro y nombre, y no es capaz de deducir su inherente incompatibilidad con el hecho educativo, no deduce que es un absurdo masificar al individuo, o convertirlo en una fracción de tiempo. El lenguaje cosificador del reloj está compuesto de minutos y horas: los minutos tarde, son sinónimo de descuento; las horas de más, no ameritan premio, porque el control funciona como capataz, sí y sólo sí, tiene inviolablemente definidas las fronteras temporales, cuya transgresión sólo es tal cuando sirve para descontar.
Con la burocracia del reloj biométrico, el profesor es convertido en una masa cuyo perfil se define por los que no cumplen su trabajo. Los profesores, son convertidos en, “horas“, y la docencia, en una extensión del fordismo, aniquilando la disciplina, confianza y mística laboral. Cada vez que el profesor pone el rostro frente al biométrico, es un triunfo de la burocracia que sodomiza lo académico, debido a que la máquina será la que determine quién trabaja y quién no, en una suerte de paradoja de la entropía.
La universidad pública de “control” de lo formal, con “lo último” de la tecnología, es un retroceso académico, una metamorfosis grotesca de la educación. Y así, la universidad pública se convierte en el nuevo lugar de encierro y amenazas, y las autoridades juegan el papel de dueñas de los cuerpos-sentimientos en fase de desconfianza. En esa lógica, la universidad ya no estará sustentada en la calidad académica, ni en el hecho educativo, éste será relegado, por lo administrativo, a la periferia, bajo la forma de trabajo textil controlado por la irracionalidad, esa que se interesa por el control, no por la disciplina y aportes académicos, y que tiene como vellocino de oro: el reloj biométrico, en tanto símil de la pulsera electrónica que monitorea a los reos en fase de confianza.
Hay que aclararle a los que tomaron la decisión (quienes pueden amenazar con abrirle expediente disciplinario a quienes cuestionan una medida que, en su opinión, afectará negativamente la educación y a los estudiantes), que “el control” es una domesticación de corto plazo que no forma profesionales, los deforma para homogenizarlos, mientras que la disciplina es de largo plazo, es productiva, infinita y formadora de vocación. Con la disciplina y mística, propiciada por condiciones de flexibilidad, el profesor ya no es un hombre encerrado, es uno comprometido con la institución y, sobre todo, con sus estudiantes.
Si lo que las autoridades quieren “controlar” es quienes no cumplen con su trabajo y pasan ausentes del campus (todos saben quiénes son, pero no toman medidas con ellos), bien podrían haber optado por: colocar el reloj biométrico para que verifique las 40 horas semanales de trabajo, sin una hora fija de entrada y salida cuya intención es aplicar descuentos, no otorgar premios. Esa sugerencia no borra o limpia la infamia burocrática, es cierto, pero la hace más digerible mientras se trabaja una propuesta que mida aportes académicos, no horas-nalga, sin dejar de considerar las especificidades de cada carrera. Es evidente que una propuesta de ese tipo (una suerte de punto medio), no debe ser permisiva con las llegadas tarde a las clases, y mucho menos con aquellos que no las dan.
La respuesta que den las autoridades universitarias al cuestionamiento del uso del reloj biométrico (con los rígidos parámetros establecidos) argumentada en que deteriorará la calidad académica, tiene dos opciones: “abrirle expediente a quienes hacen el señalamiento” y que son quienes trabajan disciplinadamente; o reflexionar para idear una medida de control apegada a las característica de la educación superior, lo cual sería una muestra de interés genuino y un acto de racionalidad democrática. En mi opinión, el control docente debe tener como referente la producción académica, y eso implica más horas de las 40, pero que no se le ate con una franja horaria, porque los aportes más relevantes se escriben en cualquier lugar (menos en un escritorio), y a cualquier hora, incluso de madrugada. Sólo así, volveremos a ser el referente de la educación superior a nivel regional.



