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miércoles, 3 junio 2026
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Escrito en una servilleta: Profesores en fase de desconfianza: el reloj biométrico como tobillera electrónica (1)

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Escrito en una servilleta: Profesores en fase de desconfianza: el reloj biométrico como tobillera electrónica (1)

Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1

Tobillera electrónica: dispositivo de monitoreo que se usan para supervisar a personas bajo arresto domiciliario o con medidas cautelares. Funciona enviando datos de localización de los reos en fase de confianza a las autoridades y activan alarmas (descuentos) si el preso infringe la restricción preestablecida (franja horaria).

En el discurso, la universidad afirma que su deterioro se debe a factores externos de corte ideológico, y eso pudo haber sido cierto en las últimas tres décadas del siglo XX (ahogo económico y persecución sistemática), pero, en la actualidad, eso no tiene fundamento y, más bien, el sordo deterioro académico en la UES, es el resultado de sus políticas internas, burocratizantes y burocráticas, que refuerzan el sometimiento absoluto de lo académico a lo administrativo, lo cual es una aberración desde todo punto de vista. La universidad pública le ha venido dando continuos tiros de gracia a la educación universitaria, con la complicidad de los profesores que, en una suerte de democracia electoral suicida, acceden a cargos administrativos en los que evidencian, tanto la desafinación cognitiva que los signa y persigna (desafinación que resuelve el buen sobresueldo del cargo y sus prestaciones) como su incompetencia notoria en materia de educación superior.

El último tiro de gracia: imponer un reloj biométrico para “medir-vigilar” la labor de todos los docentes (en horas fijadas en una franja de tiempo, y no en productos académicos), precarizando la profesión docente, al despojarla, violentamente, de su pertinencia y esencia como ejercicio social e histórico que siempre va más allá de horarios y funcionarios. Según las autoridades universitarias, el estancamiento de la calidad académica lo resuelve un reloj biométrico que contabiliza “horas-nalgas” (homogenizando lo que no es homogéneo, si se valora el tipo de aportes), equiparando la educación, subsumida formalmente a la vieja lógica fabril, con la elaboración de “choripanes” (entre más minutos en el carrito, más choripanes), y eso evidencia un desconocimiento notorio de lo que es la educación superior, y cómo ésta se potencia a partir de la flexibilidad y libertad de acción. Hay que aclarar que lo que sí es imperdonable, son las llegadas tardías a las clases.

El único indicador (y que no es contemplado en el ranking de clasificación de las universidades) que un reloj biométrico puede “mejorar” (está claro que el de las investigaciones y publicaciones no se verá positivamente afectado) es el del: número de horas que los profesores pasan sentados-confinados en su escritorio. No se necesita mucha reflexión para adelantar la conclusión de que, esa medida burocrática, tendrá el siguiente efecto nocivo: los profesores fantasma, totalmente improductivos, que laboran a desgano (haciendo el mínimo esfuerzo), o que pasan buena parte del tiempo incapacitados (grupo que, por cierto, tiene múltiples e inexplicables beneficios institucionales) seguirán haciendo lo mismo que han hecho (nada), sólo que el reloj les dará una coartada perfecta; y los profesores que sí cumplen con sus funciones, y lo hacen más allá del horario, con sus propios recursos, y son un ejemplo de entrega incondicional, son los que han sido vulnerados en su dignidad y profesionalismo con la decisión de homologarlos con “los otros”, pues eso no sólo es anti-académico, sino también una cobardía y un ataque al hecho educativo, debido a que la educación se basa en la confianza, y los profesores que sí cumplen -que son la mayoría- van a ser tratados como sospechosos de oficio.        

Las premisas anteriores pretenden argumentar que: la decisión de imponer un reloj biométrico, no sólo es absurda y oscurantista, sino también antagónica con la producción académica, tanto científica como humanista, diferencia que hay que debatir, pero para clasificarlas, no para jerarquizarlas, pues hay aportes literarios, por ejemplo, que tienen más impacto que algunos libros publicados con la etiqueta de investigación científica, sin serlo. Cuando se trata de la productividad, diversidad, complejidad y calidad de la docencia universitaria, en el sector público, escoger entre: un reloj biométrico que controla-vigila y horarios flexibles sustentados en la disciplina-motivación, no es un dilema, es un absurdo y un atentado contra la educación, en tanto tal, y, además, es una muestra de que, quienes dirigen la universidad, no son las personas idóneas, no sólo porque caen en la dinámica oprimido-opresor (desafinación cognitiva), sino porque hacen de la burocracia: el impune victimario de la educación, al convertir la universidad en una maquila erudita que cuenta horas presenciales, o sea en un encierro del cuerpo y alma de lo académico.

Es evidente que las autoridades universitarias ven y tratan a los profesores como “profesores en fase de desconfianza”, y hacen, del reloj biométrico: “la caja negra” que encierra el cuerpo y el espíritu; y la tobillera electrónica que se activa para que ninguno se salga del campus, en tanto símil de encierro monástico y escolástico. Los que garantizan la condena, desde la torre de vigilancia de las planillas, usan como fusil el descuento salarial, cuyas balas castigan las “llegadas tarde” (en la franja horaria de las horas-nalga), pero no paga viáticos ni horas extra, las cuales son un privilegio de los empleados administrativos y de los cargos elevados.         

Varios sociólogos (como Bourdieu y Boaventura), han hecho hincapié en que el factor vital del hecho educativo, son sus protagonistas (profesores y estudiantes), y lo son cuando hacen de la disciplina, su mística (eso potencia lo autodidacta: saber aprender); de la enseñanza-aprendizaje, un proceso de descubrimiento para el conocimiento compartido que no hay que encerrar en el aula (saber-hacer, saber-transformar) ni en paradigmas inamovibles; y del hecho educativo, un acto de ruptura-apertura de paradigmas que readecua constructos teóricos que, bajo la forma de crítica epistemológica, se emancipan al negarse a ser burocratizados o reducidos a la memorización. En todo caso, el uso del reloj biométrico -la tobillera electrónica- forma parte de la estrategia de “encerrar” a las personas en grandes y contiguos hábitus (de forma real y/o simbólico, en tanto interaccionismo mediado por “otras” personas o cosas), siendo los más célebres; la prisión, la galera, los campos de concentración, la maquila, la fábrica, la televisión, los call center, los celulares, y, sorpresivamente, la universidad pública.

Foucault, habló de la sociedad del encierro, pero no visibilizó los custodios. En el caso de la educación universitaria, el carcelero es el reloj biométrico que hace las veces de pulsera electrónica y, si queremos ponerle un rostro, hace las veces de “la llorona” que anda en busca de sus empleados perdidos. Sin duda, las autoridades universitarias ven el campus (en el que toman decisiones, de este tipo, sode forma inconsulta) como un espacio de encierro en el que: una larga fila de Sísifos empujan, colina arriba, la roca de la burocracia, por toda la eternidad de la franja horaria, pero nunca alcanzarán la cima (productividad y creatividad académica), porque ese es el lado perverso de la condena que hay que sufrir diariamente.   

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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