miércoles, 11 de mayo del 2022
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Viviendo con Ómicron

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El catedrático universitario y escritor salvadoreño, Nelson López Rojas, narra sus experiencias "viviendo con Ómicron"

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Por: Nelson López Rojas

Ha pasado casi un mes desde que llamé al 132 para informarles que había salido positivo en una prueba de antígeno. Me dijeron que en 24 horas llegaría. Es ya febrero y sigo esperando el kit de medicamentos y el documento que debo presentar al trabajo. Llamo. Me dicen que lamentan que no haya llegado la medicina a mi casa pero que lo van a reportar. Esta es la décima vez que llamo y me dicen que tenga paciencia que abrirán un reclamo.

La vida se pasa en un instante y te cambia de repente. El 12 de enero me sentí mal en el trabajo y por los síntomas sospeché que podría ser el COVID. Fue así. Fui a un laboratorio privado y di positivo. Comenzaron los 3 días más oscuros de mi vida adulta. La temperatura llegó a 38.8 sin tregua. Ni las compresas frías ni los medicamentos amainaban la fiebre. Me pareció jocoso cuando un amigo me dijo que él pasó tres días viendo a la Santa Muerte al lado de su cama en el hospital y, aunque yo no la vi, las alucinaciones y pesadillas me atormentaron por tres noches consecutivas. La tos seca y la falta de aire eran reales. El día 4 mejoró mi situación. He olvidado muchas cosas y las secuelas de la tos y falta de aire persisten.

La grabación en el 132 me pide que mantenga la calma, que evite el pánico y que no me automedique. Afortunadamente no soy de los que mantiene la calma y fui inmediatamente al ISSS de Antiguo Cuscatlán donde me dijeron que regresara el siguiente día a las 6 de la mañana o que fuera a un hospital. Un amigo me dice que el de Santa Tecla está a reventar con tanto caso y que mejor vaya a Santa Anita. No me siento bien. El sol apremia. La señalización es nula y entro por la puerta principal. Subo no sé cuántas gradas para que me dijeran que debo ir a emergencias a la vuelta de la cuadra. Sudando por el sol y por la fiebre llego y me dan un número: 64. La fila de pacientes de emergencias respiratorias era tal que tenía que sentarme bajo el sol. Había al menos 50 personas delante de mí y decidí, en lugar de esperar, pasar por una farmacia e ir a mi casa a automedicarme. El siguiente día salgo para la clínica a las 6 de la mañana. No me dan medicina pues debo esperar el kit del gobierno. Me sigo automedicando.

El sistema de subsidios por incapacidad es una burla. Piden que uno se mantenga en casa pero debe ir a su empleador para que le firmen y sellen el documento, exponiendo a cuanta gente se me cruce por el camino. Después de validarlo con el empleador debo llevarlo a las oficinas administrativas del Seguro donde me dan otro número: R287. Van por el 230. Por suerte ya el período de incubación y contagio había pasado, sino hubiera contagiado a la gente que pacientemente esperaba su turno para pasar. Paso. Es el 2 de febrero. Me dicen que me van a pagar el 25 de febrero. Me dicen que me pagarán el 75%. ¿Y si dependiera exclusivamente de mi salario para sobrevivir?

Veo a las decenas de personas y me pregunto si a ellos les llegó el kit pues sé de conocidos a quienes les ha llegado el siguiente día y a otros no; si ellos reciben ayuda de su empleador o si fueron obligados a trabajar desde casa aun cuando están enfermos; o si sus familiares les mandan remesas para paliar la situación. Me pregunto también por qué no hay un sistema más efectivo para que la empresa le pague al empleado y que el ISSS le pague directamente al empleador. Ojalá llegue ese día donde dejemos la burocracia tercermundista y hagamos lo mejor para que los que sufren por alguna calamidad, sufran menos.

Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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