Por: René Martínez Pineda
En su poema, “Oda al tiempo”, Neruda dice: “el tiempo se hizo número… la luz fue numerada. Nos pasamos la infancia contando piedras, plantas, dedos, arenas, dientes, la juventud contando pétalos, cabelleras”, sin saber que después nosotros seríamos un número más, agrego yo. La ciudad se hizo número, nosotros somos un número infalible de identificación, pero todavía carecemos de una identidad plena. Somos un número, somos un código de barras, somos un algoritmo, somos un no-ser, somos la manía de contarlo todo, y hemos sido adiestrados para contar sin que nosotros contemos.
Sin embargo, la sociología del número político afirma que contar, cuenta, cuando se hace desde una perspectiva crítica y por las razones teórico-políticas correctas. Ahora bien, una cosa es contar papeletas haciendo cálculos electorales felices -viendo a la persona como voto-, y otra, muy distinta, es contar conciencias ciudadanas para que las personas cuenten más allá de la urna; una cosa es convertir la ciudad en número, y otra, muy distinta, es que el número se convierta en persona y en ciudad a través de la identidad social de los cuerpos-sentimientos fundidos en un patrimonio cultural tangible recuperado.
Contar diez personas en una protesta, y luego contar dos mil en otra, es relevante en términos absolutos (si esos números sólo se relacionan entre sí), aunque no lo sea en términos relativos. Lo anterior le da pertinencia a la sociología del número político –como concepto matemático que expresa una cantidad con relación a la unidad de cómputo, que puede ser el Estado, el gobierno o la población total- que permite la cuantificación del respaldo popular para impulsar la cualificación gradual de la realidad, sin cosificarla.
Para la sociología del número político, contar es elemental en los procesos de reinvención de un país, en función de que los resultados sean coherentes y estén asentados en una teoría sociológica emergente. Para esta vertiente, el número político es la racionalidad material de lo posible y la concreción tangible de la motivación social, ya que la cuantificación que no cosifica es una reflexión práctica sobre la necesidad y eficacia histórica de la movilización colectiva.
Así, la sociología del número político se encarga de observar, medir y, después de ello, convertir en número lo dándose, sin cosificar a las personas ni convertirlas en un número sin identidad sociocultural. De lo que se trata, entonces, es de convertir en número viviente la realidad de la acción política que se reinventa en torno a las iniciativas públicas, la reinvención de la identidad, los cambios jurídicos idóneos y la gobernabilidad, en tanto éstas áreas son actos necesarios a ser comprendidos y asumidos como propios por la población, para que la idea de un nuevo orden político no se pierda en el laberinto de la confusión, la apatía, la soledad colectiva y la desinformación inherente a los datos aislados.
En esa lógica, el número político es la estrategia que le da relevancia a la acción gubernamental, y es el que decodifica los procesos políticos en la hojarasca de la correlación de fuerzas que produce, reproduce (o des-produce) la estructura de poder político en las coyunturas. En ese sentido, el número político es una etnografía de la acción gubernamental que permite conocer los tiempos de pausa, aceleración y desaceleración para reacomodar el proceso de reinvención social que es cuestionado por los reaccionarios de doble moral, como la iglesia, los viejos líderes políticos y los académicos negacionistas.
Sin duda, el número político no cosificador, es la piedra angular de la intervención positiva en la sociedad, en tanto es una parte intrínseca de los mecanismos de poder que le dan legitimidad a la autoridad política. Hay que tener presente que la racionalidad política de todo gobierno puede ser captada y valorada a partir de las etnografías políticas usadas, en busca de contar para que las personas cuenten. Analizar las personas en clave de número político, urdir metas cuantitativas de lo cualitativo, y hacer el ajuste continuo de los comportamientos colectivos, como número-conciencia, para lograr dichas metas, se puede ver como una forma de legitimidad fundada en la continuidad del Estado de derecho en favor de las víctimas.
La noción de un gobierno que cuenta, para que las personas cuenten, tiene una larga tradición en la reflexión sociológica que cree que ésta ayuda a mostrar y demostrar, por mencionar un caso, que traducir a un número político la realidad, es una forma de habilidad política sustentada y, por tanto, es una forma de poder y de conocimiento autorizado, siempre y cuando las personas no sean convertidas en un número per se. Y es que un gobierno que valora el número político, un gobierno que cuenta, para que las personas cuenten, da poder colectivo a las acciones gubernamentales, debido a que le da legitimidad a los datos que nunca se deben minimizar. Contar, para que las personas cuenten, le da poder colectivo al Estado de cara a que deje de ser una enorme e impersonal burocracia pública y de cara a que convierta los datos en información sobre las personas y territorios.
Y es que la cuantificación de lo cualitativo es un hecho sociológico, traducido a objeto de gobierno, cuando las personas convierten en número la realidad social sin que ésta se cosifique, pues eso es sólo un recurso sociológico y político para ir monitoreando, desde la cotidianidad, lo hecho y lo por hacerse como refundación histórica comprendida por los beneficiarios. En ese sentido, contar para que las personas cuenten lleva a debatir públicamente los temas más espinosos de la transformación social (que por lo general son de carácter cultural), y da la posibilidad real y oportuna de conocer y reconocer las situaciones problemáticas hasta que se vuelvan tangibles y abordables en las tablas e indicadores estadísticos.



