Por: Nelson López Rojas
A las dos de la mañana, mientras la selección de Ecuador intentaba dormir antes de uno de los partidos más importantes del Mundial, un grupo de aficionados mexicanos se reunió frente al hotel de concentración. Cantaron, gritaron, lanzaron fuegos artificiales e hicieron todo lo posible por impedir que el rival descansara. ¿Te resulta familiar, amigo lector? Al día siguiente aparecieron quienes defendieron la práctica. «Es fútbol», dijeron. «Siempre se ha hecho». Y esa última frase terminó pareciéndome mucho más detestable que los propios fuegos artificiales.
“Siempre se ha hecho” es una de las frases más despreciables que puede pronunciar una sociedad. Con ella justificamos tirar basura, colarnos en una fila, estacionarnos sobre la acera o convertir una celebración deportiva en un acto de intimidación, como si el paso del tiempo absolviera aquello que nunca debió ocurrir y hasta se normaliza.
Lo ocurrido tras la victoria mexicana tampoco fue una fiesta. Una mujer lanzó su bebida contra un aficionado ecuatoriano; reporteros terminaron empapados por vasos que volaban desde las gradas; hubo destrozos en las calles y aficionados convencidos de que impedirle dormir al rival formaba parte del espectáculo. El fútbol dejó de ser un juego para convertirse en una excusa para el desmadre, y eso, eso, debería preocuparnos mucho más que el resultado del partido.
Ya vendrá algún pipilito nacionalista a decir que ese es un problema exclusivamente mexicano. Cambiemos el escenario y veremos que la diferencia quizá no sea tan grande. Imaginemos, por un momento, que el próximo Mundial se jugara en El Salvador. Todos creemos que el gran desafío sería construir estadios, ampliar la capacidad hotelera o mejorar la conectividad aérea. Yo sospecho que la FIFA descubriría muy pronto que nuestro principal reto no es la infraestructura, sino la convivencia con los microbuseros que le echan el carro a cualquiera.
Imagino a los inspectores recorriendo el país con sus carpetas llenas de protocolos. ¿La capacidad hotelera? Check. ¿Los accesos? Check. ¿La seguridad? Check. ¿Centro histórico? Check. ¿Gentrificación? También check. ¿Entonces qué les preocupa? Que todavía hay gente que aparta parqueos con sillas plásticas.
Bastaría que la selección de Brasil llegara al estadio Cuscatlán y encontrara una silla del Dólar City atravesada en media calle con un cartel que dijera: “Reservado”. Sospecho que ni la FIFA se atrevería a moverla.
Los turistas vendrían creyendo que el espectáculo está en la cancha, pero terminarían descubriendo que ocurre en las gradas. Verían caravanas bloqueando calles, pólvora estallando en los redondeles y a alguien explicando que todo aquello «es parte de nuestra cultura». Esa frase volvería a aparecer. Siempre vuelve. Así semos. Y entonces entenderíamos que el verdadero problema nunca ha sido organizar un Mundial. El problema es el pequeño dictador que todos conocemos.
Es el pasajero que se pone de pie apenas aterriza el avión, aunque la tripulación haya pedido permanecer sentado. El que sale de la fila diez empujando maletas cuando todavía están descendiendo las primeras filas. El conductor que acelera cuando un peatón intenta cruzar. El que ocupa cuatro asientos con una mochila, bloquea una grada para conversar, estaciona sobre la acera porque «solo serán cinco minutos» ante el rótulo de “no estacionar” o el que escucha videos a todo volumen en un restaurante. Nunca se considera irrespetuoso y se cree más vivo que los demás.
Por eso el episodio entre México y Ecuador nos resulta tan familiar, pues no revela algo exclusivo de ese país, sino que exhibe una tentación muy nuestra de creer que las reglas son negociables cuando estorban nuestros intereses y que el espacio público es de quien se impone primero.
Se habla mucho de cómo El Salvador ha reducido la violencia y se ha convertido en un país más seguro. Los indicadores muestran avances importantes y sería absurdo negarlos. Llegan turistas, inversionistas y nómadas digitales atraídos por esa nueva realidad. Sin embargo, existe una violencia que no se registra, la violencia del pequeño dictador. Esa que no mata, pero desgasta. La del ciudadano que convierte el espacio público en propiedad privada y el derecho propio en privilegio.
Construir carreteras, hospitales o aeropuertos es difícil, pero construir ciudadanía lo es mucho más. Podemos atraer inversión y organizar grandes eventos internacionales y todo eso importa, pero el verdadero desarrollo comenzará el día en que entendamos que hacer fila no es una agresión, que una grada no es una sala de estar, que una acera no es un parqueo y que celebrar una victoria no requiere humillar a nadie.
Las grandes dictaduras son fáciles de reconocer, pues tienen uniformes, discursos y palacios; las pequeñas son mucho más discretas. Se esconden en una silla plástica reservando un parqueo, en un carro atravesado sobre la acera, en una grada bloqueada o en un vaso lanzado contra un desconocido después de un partido de fútbol.
Quizá el último gran caudillo de América Latina ya no gobierne desde un palacio presidencial, quizá haga fila con nosotros. O quizá no, porque nunca espera su turno.
Un Mundial no revela únicamente el nivel futbolístico de un país, revela su carácter, expone sus virtudes y sus mañas, sus contradicciones, sus pequeños dictadores que creen que las leyes son sugerencias. Así semos.
Esta sería la oportunidad de descubrir cómo nos vemos cuando el mundo nos está observando. Durante años, los salvadoreños hemos dicho que somos distintos, trabajadores, luchadores y luchonas. Es debatible, pues conozco a tanta gente que a las 3 de la tarde ya no trabaja porque está en modo automático. Ahora imaginate si van a quedarse a limpiar el estadio tal como los japoneses. Debatible. Y, cuando llegue el momento de celebrar, ¿seremos capaces de hacerlo sin convertir la alegría en desorden? Aunque me gustaría creer que sí, y aunque me gustaría imaginar pupusas, banderas y abrazos, sin obstáculos bloqueando la calle y sin que los aficionados se peleen, no aseguro nada.



