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miércoles, 20 de octubre del 2021

Terremotos, huracanes, tsunamis… y frustraciones polí­ticas

El Salvador, con lo chiquito que es, cualquier mal se convierte en catástrofe. Hoy tembló horrible; en segundos no me moví­, pero la cosa no paraba y cuando comenzaron a hacer ruido las ventanas, salí­ corriendo del estudio para el jardincito interno de mi casa, y la tierra debajo de mi aún temblaba.

Es la tierra trémula, el valle de las hamacas… Ideas que bien nos han puesto personalidades españolas. Uno aquí­ debe dormir con un ojo cerrado y el otro bien abierto.

En ocasiones tengo la sensación de vivir en el corredor de la muerte o al pí­e del patí­bulo. ¡Da igual! Recién leí­ de alguien inocente que estuvo más de 20 años en el corredor de la muerte…

Después dicen que somos, como mí­nimo, unos pesimistas y que no debemos ser así­, pero es contradictorio para mí­, haberme educado con aquel pensamiento martiano que dice: Hombres recogerá quien siembra escuelas, para levantarme dí­a a dí­a a escuchar la noticia de la necesidad de cada vez más cárceles. Frustra.

Terremotos, huracanes, tsunamis… son poca cosa en comparación a los desastres polí­ticos y sociales que vivimos; a la frustración y a la desesperanza acerca de nuestro porvenir como paí­s y sociedad, cuando los jóvenes se sinceran y te dicen que sólo hay dos caminos: el norte y las maras.

Hombres que matan a sus mujeres delante de los hijos; mujeres que mandan a matar a sus maridos, amantes incluidas; madres embrujadas que machetean a sus hijos; hijos que matan a cualquiera con tal de estar en las maras como única salvación. ¿Hasta dónde vamos a llegar?

Se nos habí­a olvidado, pero volvimos a la era en que los soldados y policí­as también matan… Y si no, para dónde.

El hombre que gritó y reclamó desde el púlpito: Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar"… horas después caí­a muerto de un balazo al corazón a la hora de la eucaristí­a. Monseñor Oscar Romero, con impunidad en asesinato, está hoy en afiches muy cerca de los altares y hasta en el principal salón de Casa Presidencial, pero aún está ausente en el corazón de la justicia nacional.

El gran impostor que inauguró su gobierno diciendo que serí­a guiado por el ejemplo de Romero, hoy huye a refugiarse bajo las naguas de otro falso sueño, cuando aquí­ de lo que se le acusa es de corrupción.   

Nada… No puedo terminar este lamento sin decir que peor que cualquier terremoto, tsunami o huracán es la impunidad constante y sonante (como Don dinero, poderoso caballero), que ha sumido a El Salvador en tanta desesperanza polí­tica y social. Reconozcámoslo y démosle vuelta al calcetí­n. Enderecemos nuestra historia.

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