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viernes, 3 julio 2026

Testimonio del asesinato de Luis Alfonso Monterrosa: Leo Dan

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Por Manuel Luna

El siguiente relato, me fue entregado por Napoleón Sayas quien fue capturado junto con Juan Benavides, (ambos sobrevivientes) y Luis Alfonso Monterrosa (Leo Dan) este último asesinado en la captura, por soldados del regimiento de Usulután en un operativo integrado por agentes de la Guardia Nacional. Un asesinato que ha quedado impune y conmocionó a los habitantes de esta ciudad, así como los de la maestra Ana Duarte, el Profesor Mauricio Trejo, el profesor Reynaldo Barrillas Moran, Jesús Bran, y el dramático asesinato de Ramón Castellón, (Porita) crímenes perpetrados por escuadrones de la muerte que actuaban entre las filas de las autoridades o en otros casos coludidos con estas. Y como escribe Napoleón Sayas: Dios hizo el milagro de vivir para contar esto.

RELATO SOBRE EL ASESINATO DE MI AMIGO LUIS ALFONSO MONTERROSA (LEO DAN. Q.E.P.D)

Sucedió un viernes 6 de junio de 1980, Leo trabajaba y estudiaba en San Salvador, viajaba a Usulután los viernes por la tarde para pasar el fin de semana con la familia, estudiaba en la UCA la carrera de sociología, ya estaba en su último año para terminar sus estudios, según me comento.

Eran las 7 de la noche, yo estaba sentado, a un costado de la puerta de esquina de la casa de Don Enrique Santos dueño de la mecánica y de los juegos mecánicos, cuando apareció Leo quien venia de la cancha de basquetbol de jugar, ya que en esa época organizaban torneos de baloncestos de ambos sexos.

Leo me dijo que, iba a ducharse, para que lo acompañara nuevamente a la cancha porque iba haber un partido de mujeres y le gustaba mirar a Maritza Regalado que era excelente jugadora, era la nieta de Jorge Regalado, conocido como el Loco Regalado.

Estábamos en la cancha, cuando llego Mauricio Quinteros (Tortolita) quien tenía un puesto de telas para confeccionar pantalones en la esquina Handal y Sobrinos, insinuó que fuéramos a departir un par de copas, aceptamos y nos fuimos cerca de la Colonia Masferrer, por ahí tenía su casa el profesor Escolán, que impartía la materia de biología en el INU.

Al llegar encontramos al profesor con Juan Benavides, (hijo de don Pedro Benavides) que daba clases de música en el Kinder Nacional y ejecutaba el piano en la iglesia el Calvario.

Para esos días el gobierno en turno del presidente Romero, había decretado estado de sitio. Al terminarse la bebida, ellos decidieron comprar más, salimos de la casa hacia expendio: Leo, Juan y yo, quedándose únicamente Tortolita con el profesor. El acuerdo era que Juan y Leo regresarían de nuevo a casa del profesor y yo me iría hacia mi casa.

Estábamos despidiéndonos en la esquina de la Escuela Basilio Blandón, cuando aparecieron los soldados combinados con la guardia nacional, y nos pusieron a la pared con las manos en la cabeza y exigiéndonos las cedulas de identificación, Leo les entrego la cartera y la revisaron encontrándole, un tema bibliográfico propio de su carrera de estudios, que mencionaba al FAPU (Frente de Acción Popular Unificado) y ese fue el motivo para asegurar que éramos subversivos, eran casi las diez de la noche, cuando nos llevaron caminado, ya capturados.

Nos llevaron, al puesto de la guardia, y nos han hecho entrar, los guardias despertaron al teniente Mata que estaba al mando de esta guarnición.

Escuchamos que dijo bien molesto – ¡y solo por esto me despiertan, hijos de puta! -Los hubieran matado donde los encontraron-, y luego comenzaron golpearnos y nos decían que comenzáramos a rezar porque nos iban a matar a los tres.

Nos sacaron a la calle. De Leo decían que era un líder guerrillero, porque no se le entendía lo que decía. Todo esto sucedía en la pared donde estuvo la Auxiliadora, esquina opuesta a la tienda de zapatos ADOC y, nos apuntaba con los fusiles simulando que nos iban a disparar. Yo estaba estudiando bachillerato y les explicaba a los guardias que mi papá, era fiscal de planta de los juzgados donde trabajaba, pero ponían de ejemplo al hijo de Morales Erlich, miembro de la junta de gobierno, que se incorporó a la guerrilla.

Por último, el que estaba a cargo de la patrulla de soldados, un cabo, decidió lo que harían con nosotros y anotó nuestros datos personales y la dirección, advirtiéndonos que si contábamos lo sucedido nosotros y nuestras familias nos asesinarían.

Nos llevaron caminando hacia el sur escoltados por soldados, los guardias se quedaron en su guarnición y llegando a la abarrotería del Mercadito, nos gritaron alto, solo presentía los disparos por la espalda de los G-3, habiéndole dado un empujón a Leo, pensé que era a él, que habían decido asesinar y nos dijeron a Juan y a mi, que nos iban a dejar ir, -dijeron- ¡cuidado en contar, porque correríamos la misma suerte que él. Recuerdo las últimas palabras que escuche de Leo, que me dijo: El Islan Señor-.

Así nos dejaron ir con Juan, caminamos esas cuadras que fueron las más largas caminadas de mi vida, para llegar a mi casa. Esa noche Juan durmió en mi casa. Llegamos, mi madre estaba muy afligida esperándome, y como a los veinte minutos se escucharon unos disparos y no me creyó mi mama cuando le dije: – acababan de matar a Leo.

Al siguiente día, al amanecer, fuimos con Juan, a ver el rumbo por donde nos traían la noche anterior y ya estaban otras personas alrededor, del cuerpo ya sin vida frente al INU, Leo estaba totalmente desnudo, con el calzoncillo en la mano, boca abajo, y con dos disparos aún costado en la parte atrás de la cabeza, con un rotulo de cartón en la espalda que se leía: Escuadrón de la muerte. Dios hizo el milagro de vivir para contar esto

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Manuel Luna
Manuel Luna
Poeta, profesor de literatura y de talleres de escritura, pertenece a esa generación de “escritores de la diáspora salvadoreña de la guerra” que se exilian en México durante el conflicto armado en El Salvador (1980-1992).

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