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martes, 30 junio 2026
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¿Sociología de la víctima o sociología del victimario? Un dilema teórico urgente (2)

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Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

En su intento por legitimar al pandillero (normalizando la desigualdad coercitiva y la narrativa que exalta al homicida constitucionalizado), la sociología del victimario considera que los actos y tatuajes alusivos al crimen no eran una amenaza delictiva, sino un signo corporal de identidad (estigma) que revelaba e imponía una superioridad cultural validada, en tanto estatus moral del significante y significado, y que eran los símbolos que anunciaban que quien los portaba era una persona que, por mérito propio y necesidad social, se debía obedecer a toda hora y en todo lugar. Lo anterior hizo de las víctimas una “subcultura en la sombra”.

En un giro de ciento ochenta grados, para la sociología de las víctimas el tatuaje que específicamente sublimaba lo criminal (ese estigma bendecido por las iglesias y los leguleyos en busca de clientes), tenía una relación directamente proporcional con el genocidio horizontal del que fueron objeto y sujeto, genocidio que puede definirse como un holocausto barrial tipo Auschwitz, en el que la “estrella amarilla” fue remplazada por dos letras o dos números que eran igual de temibles, pues terminaban en el mismo lugar: la victimización pasiva y activa que es teóricamente defendida por los sociólogos de los victimarios y sus representantes legales. Así, la sociología de las víctimas construye el conocimiento sobre el rastro del sufrimiento colectivo, el cual -como testimonio- es el referente ético, político y social de la narrativa crítica, por lo que el sufrimiento tiene una función epistemológica que construye la verdad que quedó ausente en los expedientes judiciales y los datos fríos.

Debido a que la victimización puede ser analizada desde dos líneas sociológicas antagónicas, la cuestión teórica urgente, desde la lógica de la moral transicional y la reinvención social, es privilegiar la sociología de las víctimas, sin dejar de ser objetivos ni holísticos, pues, en el caso de El Salvador, la gran delincuencia fue una conspiración que involucró a muchos actores que van desde los organismos de derechos humanos e iglesias, hasta partidos y medios de comunicación, y eso indica que no fue un problema de seguridad pública (unos ciento veinte mil asesinados y decenas de miles de expulsados), sino un hecho tan político-cultural como económico-social: todos se lucraban de las víctimas, todos chupaban su sangre y, en consecuencia, era necesario que no se cerrara la fábrica de muertos, y para que eso sucediera se necesitaba normalizar al victimario como sujeto social y político.

Por su lado, la sociología de las víctimas, recurriendo a la epistemología de las presencias, analiza la violencia poniendo como referente a aquellas, sacándolas del papel de ausentes. El holocausto barrial (hábitus teórico de los sociólogos negacionistas), fue el mejor ejemplo de una guerra social de pobres contra pobres, en la que los victimarios exterminaban con fuero constitucional, mientras las víctimas eran revictimizadas en los juzgados y misas, ya que “el debido proceso” y el “yo pecador” siempre protegieron (liberaron) al victimario, sin necesidad de pasar por el confesionario o el juzgado, con la coartada de exigir que se le comprobara una culpabilidad perfecta.

Acudir a la sociología de las víctimas implica decodificar el interaccionismo simbólico objetivado en su verdad pragmática, para definir el significado que éstas le daban a las cosas y personas con las que, en la intimidad, interactuaban en desventaja, lo que las llevó a una mala adaptación cultural: aprender a vivir con la delincuencia (en tanto problema irresoluble, o que debía ser irresoluble, según los sociólogos de los victimarios) y, si se daban los escenarios propicios y el momento oportuno, aprender a vivir de ella, redefiniendo significados con la narrativa de los depredadores morales de la sociedad que patentaron nuevas formas de victimizar y nuevas formas de crueldad.

Sin duda, los sociólogos de los victimarios (sociólogos de las ausencias y de los sofismas hiénidos) fueron quienes justificaron -y siguen justificando- el holocausto barrial, y esa fue una estrategia de arribismo teórico, pereza ideológica, cobardía social y perversidad axiológica que constituye un epistemicidio, en tanto margina los conocimientos y sentimientos de las víctimas. Para decirlo con las palabras de Goldhagen, son los sociólogos de los victimarios los que “ponen el pie en la puerta” para que la vieja sociedad del miedo no se cierre. Ahora bien, si quien asesina con sus propias manos es el autor material, quien justifica, promueve y legitima ese delito es el autor intelectual del homicidio. Por ello, el dilema teórico urgente -y cuestión moral importante- es decidir si vamos a teorizar con la sociología de las víctimas o con la sociología de los victimarios, y esa decisión hay que tomarla valorando estos criterios de autoridad: la verdad pragmática de la población (la cotidianidad del imaginario), y el pensamiento crítico originario que transforma la realidad, luego de descifrarla.

Los sociólogos de los victimarios no sólo destruyen a las víctimas, sino también borran su historia y, con ello, borran la memoria histórica. Criticar por criticar puede parecer, al reflejo, un acto de rebeldía o de romanticismo académico, pero no lo es, ni tampoco es un signo del pensamiento crítico, sino que es anarquía cognitiva, es pensamiento reaccionario y pedestre que frena los cambios y las transformaciones sociales usando como excusa “la neutralidad valorativa”. Sobre esa excusa que linda con lo rústico, si Galileo Galilei hubiera sido sociólogo habría dicho: Eppure, la neutralità rispetto ai valori non è mai neutrale”.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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