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jueves, 24 de junio del 2021

Roque Dalton: Unos dí­as después de la fuga

Mi tí­a Orbe cerró la puerta y nos hizo pasar al corredor, que en medio tení­a un pequeño jardincito y unas grandes macetas de cemento. De pronto, de un cuarto sale mi padre"¦

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Los recuerdos retenidos en la memoria son algo borrosos, pero impactantes con el transcurso del tiempo. 

 Nosotros: mis hermanos, mi mamá y yo, viví­amos en la casita contigua a la Tienda “La Royal”, que era de mi abuela paterna y donde también ella viví­a. Allí­ pasábamos toda la semana, de lunes a viernes porque Roque y yo í­bamos al Colegio Centroamérica. Los fines de semana o nos í­bamos a Sonsonate o a la casa de mi tí­a Cholita, en la Escalón. Tí­a Cholita (Soledad Morales) era hermana de mi abuela materna y una de las grandes costureras de entonces. 

Bueno, el caso es que por aquellos dí­as de 1964, yo tendrí­a unos 7 años, mi “mamá Marí­a”, que así­ le decí­amos a nuestra abuela, se mostraba nerviosa; a mi mamá no lo recuerdo en la casa, hasta momentos después. A cada rato mi abuela nos poní­a a rezar frente a un altar de la Virgen que ella tení­a en una esquina; en otra esquina tení­a a otro santo, que quizás era San Antonio. 

Mi abuela era muy, muy discreta”¦ Pero la vimos llorar. Quizás la consolamos y nos dijo que tení­amos que rezar mucho por mi papá; que los policí­as lo habí­an capturado, pero que no podí­amos decir nada porque más daño podrí­amos causar. Así­ que prometimos no decir nada a nadie. 

Todas las tardes después de llegar del colegio, que dirigí­an unas “señoritas Echegoyén”, nos salí­amos a jugar a la calle, a un costado de la “5 de Noviembre”. Una tarde de esa pasó un camión cargado de policí­as y yo agarré un puñado de tierra y se los tiré, haciendo con boca un sonido de explosión. Mi hermano, al darse cuenta, me regañó y yo en mi inocencia decí­a: “Si no les dije nada”¦”. 

Mi abuela también me regañó y nos hincó a rezar. Después de aquello recuerdo la presencia de mi mamá. Ella nos dijo que nos preparáramos, que nos vistiéramos porque í­bamos ir a visitar a la tí­a Orbe, que también era hermana de mi abuela materna y que viví­a a pocas cuadras de nosotros. Su casa estaba a una cuadra de donde hoy está el teatro municipal Roque Dalton, en San Miguelito. El caso es que llegamos a donde mi tí­a Orbe, a dónde í­bamos también con frecuencia, y todo normal”¦ 

 Mi tí­a Orbe cerró la puerta y nos hizo pasar al corredor, que en medio tení­a un pequeño jardincito y unas grandes macetas de cemento. De pronto, de un cuarto sale mi padre”¦ Nos quedamos mudos. Tení­a bigote y pelos en la barba, poquitos porque era medio lampiño. Pero la cara y los brazos los tení­a con decenas de pequeñas cicatrices. Nos abrazamos todos, mi mamá, mi papá y nosotros, sus hijos”¦ 

Nos contó que habí­a estado corriendo por entre los montes y que por ello tení­a tantas cortadas. Recuerdo también que mi papá nos enseñó un pedazo de lámina de acero. Era como una pequeña reglita de unos pocos centí­metros que habí­a logrado arrancar al catre donde dormí­a en la celda, en la cárcel de Cojutepeque. 

En aquella cárcel estaba como desaparecido, es decir, el gobierno de entonces habí­a negado tenerlo preso. Mi padre aprovechó que las paredes de la cárcel estaban rajadas y ayudado por aquella laminita de acero (que nunca más supe de ella, aunque recuerdo haberla visto después en Praga), logró separar los ladrillos de adobe y por ahí­ fugarse. 

Fue aquella una de las veces que mi padre evadió la muerte y la traición.

(Publicado originalmente el 28 de abril de 2010 en: http://jjdalton.blogspot.com/

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