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miércoles, 04 de agosto del 2021

Romero y la pericia del asesino

En este artí­culo se habla de tres asuntos esenciales que arrojan luz al caso del crimen de monseñor Romero: el arma, la munición y la lesión provocada

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En el asesinato de los sacerdotes jesuitas, sucedido la madrugada del 16 de noviembre de 1989, intervino la cadena de mando de la Fuerza Armada al más alto nivel, la modalidad del crimen presenta una intervención institucional y una forma de encubrimiento que raya en el descaro de una élite militar y polí­tica cuyos integrantes siguen hoy dí­a justificando dicho crimen. El desplazamiento de unidades especiales a la zona del crimen y la utilización de armamento de uso privativo de la fuerza militar del gobierno y órdenes superiores debidamente registradas son marcadores comprobados por expertos analistas, escritores y abogados. Este carácter supone un crimen con las caracterí­sticas de terrorismo de Estado.

En el crimen contra monseñor Romero las cosas son mucho más complejas, se trata de un asesinato en cuya conspiración y ejecución intervino una cantidad borrosa de actores””militares activos y retirados así­ como también civiles en misión operativa y financiadores vinculados al gran capital de aquellos años””quienes, aunque se hayan valido de diversas instancias oficiales, operó bajo la modalidad de “escuadrón de la muerte”, esto vuelve el caso sumamente difí­cil para esclarecerse en los niveles de autorí­a intelectual más allá de Roberto d´Aubuisson o de cualquier otro lugarteniente que haya sido identificado hasta hoy en el caso. Es obvio que la cadena de mando no comienza ni termina en un solo hombre, máximo cuando se trató de una decisión tan difí­cil como el asesinato de un arzobispo católico de las credenciales de Óscar Arnulfo Romero.

En esta ocasión voy a hablar de tres asuntos esenciales que arrojan luz al caso del crimen de monseñor Romero: el arma, la munición y la lesión provocada.

El arma que se utilizó para matar a monseñor Romero ha ocupado muy poco la atención de los reportajes. Las investigaciones periodí­sticas se han centrado fundamentalmente en dos o tres personas relacionadas con la autorí­a intelectual y la parte operativa del crimen y en diversos “testigos de excepción”, especialmente después que la Comisión de la Verdad presentara su informe De la locura a la esperanza, hasta nuestros dí­as. Esto ha llevado a marginar una gran cantidad de elementos que vistos con detenimiento permiten comprender mejor el carácter encubierto del crimen y por consiguiente la complicidad generalizada de quienes sin duda ocupaban cargos de primer nivel en el aparato de Estado y el poder económico de aquellos años, no solo del acusado principal.

Dado el momento en el que se viví­a y la complicidad de los aparatos policiales y militares, que polí­ticamente eran un mismo brazo armado de la dictadura, poco o nada se hizo en su momento desde la aplicación de las técnicas balí­sticas para profundizar en el tema del arma. Esto tiene mucho que ver con el modelo de justicia criminal salvadoreño que sigue vigente, cuya mayor deficiencia se encuentra en las técnicas cientí­ficas para la investigación del crimen.

El sistema de justicia penal como el resto de la sociedad salvadoreña ha enjuiciado los hechos criminales básicamente a partir de la ponderación de testigos presenciales o referenciales, lo antes dicho es un rasgo antropológico de nuestra sociedad, factor que ha propiciado la impunidad debido a la fragilidad que suponen los testigos en sociedades inseguras como la salvadoreña. El no haber indagado en otras zonas del crimen contra monseñor Romero ha limitado nuestra capacidad de conclusión. Se suele perder de vista que una prueba cientí­fica puede conducir a otras hipótesis y a esclarecimientos relacionados con los autores intelectuales. El asesinato de monseñor Romero propiciará una indagación de carácter histórico inexcusable que se irá construyendo con el paso de los años por diversos investigadores y este tipo de análisis irá dando nuevos aportes.

Tres asuntos deben ser tratados con pericia: 1. el tipo de fusil utilizado, 2. las caracterí­sticas de la munición y 3. la lesión provocada. Las principales fuentes utilizadas hasta hoy para delinear algunas explicaciones al respecto han partido de la pericia forense realizada en el cuerpo de Romero y el dictamen sobre la herida sufrida””que incluye la recuperación de fragmentos de proyectil””y la agenda decomisada el 7 de mayo de 1980, cuando se capturó en la finca San Luis de Santa Tecla, a Roberto d´Aubuisson, Álvaro Saravia y a otros militares salvadoreños y unos cuantos civiles cuyo pasado es bastante oscuro.

Para buscar la fuente de referencia documental, veamos en primer término la agenda. En la agenda decomisada al capitán Álvaro Saravia se hace referencia a requerimiento de armas y otros pertrechos claramente alusivos a actividades paramilitares. Lo que llama la atención es la alusión a adquisición de dos fusiles Bushmaster y un Robert´s con mira Escalayk y munición del tipo .223. Dicha agenda, según versiones de la época, fue incautada por la CIA, un tema que generó abundantes debates cuando la Corte Suprema de Justicia tuvo acceso a una copia en la época que el Partido Demócrata Cristiano acusó a Roberto d´Aubuisson de ser autor del crimen mientras el tribunal de la causa jamás vio el documento original.

Las fuentes en las que se origina la existencia de dicho documento es la inteligencia norteamericana, así­ como la mención hecha por algunos militares salvadoreños que intervinieron en la captura aquel 7 de mayo de 1980 o conocieron de este hecho por otras razones y la copia que obtuvo la Corte Suprema de Justicia cuando se buscaba realizar la extradición del capitán Álvaro Saravia (lugarteniente de Roberto d´Aubuisson), quien supuestamente se encontraba para esos dí­as en Estados Unidos. Es probable que la clasificación del documento original que hiciera la inteligencia norteamericana, se debiera a que en la misma se observen datos que comprometen a instituciones y/o personajes de otras latitudes en el asesinato del arzobispo. Lo cierto es que este grupo paramilitar que fue capturado en mayo de 1980 estaba relacionado con la mención de armas para francotirador en dí­as cercanos a la muerte de Romero.

Ahora nos detendremos en las armas. El Bushmaster es una carabina derivada de la familia de fusiles M-16, conocidos también como carabina M-4. Se trata de una familia bastante dinámica de armas, que va desde lo que es considerado como arma de “uso civil” y de “uso militar”. Dicha consideración bélica no es más que la expresión de una cultura de la violencia dominada por el mercado de armas.

El dinamismo y la masiva venta de estas armas ha permitido la aplicación de una escala de calibres bastante flexibles que pueden ser alimentadas con cargas de calibre 22 y todas sus variables, y la reconocida munición .223 Remington (5,56 mm x 45) utilizada para la guerra de Vietnam en los equipos AR-15/M-16.

Dada la evolución experimentada en la producción de estas municiones a partir de la experiencia de quienes han ejercido el deporte de matar animales, este tipo de municiones se fue desarrollando hasta ser aplicada para derribar incluso a un oso polar como a un alce de un solo tiro, en lo que se conoce como “caza mayor”. Este rasgo destructivo del proyectil en animales cuyo peso y fuerza es superior al de un ser humano promedio nos debe llamar mucho la atención.

La modificación del proyectil para lograr una mayor precisión, que supone la acumulación de energí­a cinética””energí­a que surge en el movimiento de la masa de un cuerpo desde el reposo””y por consiguiente una mayor fuerza de impacto que puede superar las ciento cincuenta libras de energí­a en la boca del cañón (uno de los valores más pequeños puesto que la modificación del armamento puede generar una energí­a mucho mayor, incluso superior a las mil libras en la boca del cañón). Hablamos de armas que, aunque se clasifican como “armas civiles”, tienen un poder destructivo incluso mayor que algunas armas de uso privativo de fuerzas militares.

El poder de la energí­a cinética del proyectil que impactó en monseñor Romero, dobló el peso de su cuerpo sobre su espalda “”quien una vez en el suelo fue asistido por la hermana Teresa de Jesús Alas””. La hemorragia le provocó la muerte en pocos segundos. En este primer instante, el desarrollo de la lesión advierte lo que antes apuntábamos, el poder destructivo del proyectil y la zona de impacto. Los asesinos sabí­an muy bien por qué estaban utilizando esta arma y no un G-3 u otra de mayor calibre, que tanto abundaban en las unidades militares y escuadrones de la muerte.

La precisión del arma de caza y la fragmentación del proyectil permiten no solo una lesión devastadora sino una mejor ocultación del rastro dejado, es decir el extraví­o del llamado proyectil testigo que conduce al arma, al fabricante, al comprador, al autor directo”¦a los asesinos intelectuales.

El asesino directo de monseñor Romero debió utilizar con bastante probabilidad un arma y munición que suele utilizarse en un deporte como la caza, ya sea para pegar a un blanco fijo o en movimiento. El asesino no necesariamente debió ser un militar aunque sí­ un experto tirador, en todo caso un experto tirador con conocimientos de técnicas en disparos implementados en la caza mayor. Este detalle es uno de los más “misteriosos”, sutilmente ocultado, incluso por la declaración del testigo Amado Antonio Garay””motorista que condujo el vehí­culo en el que viajó el francotirador que disparó contra Romero””, cuya versión analizaremos posteriormente, en su calidad de testigo de “excepción”, quien se sitúa en la escena del delito y participa en el mismo en calidad de coautor.

Para algunos deportes el alcance de un proyectil de la serie del 22 puede rondar los trescientos metros, de tal suerte que cincuenta metros es una distancia de disparo efectivo, aunque no necesariamente el proyectil haya alcanzado su mayor potencia de impacto a esa distancia, es decir, que el arma y la bala pueden tener condiciones para pegar a distancias mayores sobre objetivos más pesados, no dejan de ser idóneas para impactar efectivamente en blancos menores y a distancias menores.

Ahora veamos el otro fusil mencionado en la agenda del capitán Álvaro Saravia. El fusil Robert´s con mira Escalayk, utilizado también en el deporte de cacerí­a con proyectiles que oscilan entre el calibre 22 y el 25 es el que más se acerca en caracterí­sticas del arma utilizada en el crimen de Romero. Cuando se trata del deporte de cacerí­a, las caracterí­sticas requeridas en ambas armas, es decir, el fusil Robert´s y la que ya hemos mencionado anteriormente, el Bushmaster, son básicamente las mismas, el asunto trascendental es la pericia del tirador.

Hay cazadores que labran la punta de la bala para que la fuerza del impacto provoque un daño severo a la presa al tiempo que el proyectil se fragmenta, aunque diversos expertos advierten en ello una fragilidad en la orientación del disparo, es decir en la efectividad de lo que comúnmente se denomina punterí­a. Todas esas pericias son dominadas por aquellas personas que practican el deporte de tiro.

Esas armas en poder de un grupo de militares y civiles que han sido relacionados con la muerte de monseñor Romero tení­an un propósito claro: ser precisos y no dejar evidencias de balí­stica fáciles de encontrar en el cuerpo de la ví­ctima. No hay pues en ello casualidad, por el contrario, existe una muy bien estructurada base de datos que nos permiten advertir que los asesinos, al realizar los actos preparatorios del crimen y estimar las evidencias a las que se podrí­an enfrentar en caso de ser investigado el crimen por expertos, trabajaron técnicamente en ocultar sus rastros, no solo en la forma encubierta en que se organizaron, sino también en los procedimientos técnicos de que se valieron para ejecutar el crimen, es decir, el tipo de arma y munición.   

La distancia desde el punto donde se posicionó el tirador y el altar mayor de la capilla de La Divina Providencia situada en la colonia Miramonte de San Salvador, donde se perpetró el crimen, es reveladora. Cincuenta metros es una distancia estándar utilizada en el tiro al blanco con calibres 22 para carabina, conocido como de fuego central. La distancia que hay desde el altar mayor, donde estaba monseñor Romero y el lugar donde se ubicó el tirador no supera los cuarenta metros.

El tipo de arma, calibre y distancia, antes mencionados son los adecuados para un experto tirador que muy probablemente estudió el lugar y practicó el tiro de cincuenta metros antes de llegar frente a la capilla aquel lunes 24 de marzo de 1980. Estas evidencias y los hallazgos derivados de la agenda del capitán Álvaro Saravia son concordantes.

Ahora observemos la lesión sufrida por monseñor Romero. Las lesiones producidas por las armas de caza son más graves que las producidas por otro tipo de armamento de infanterí­a ligera. Este es un dato interesante para el análisis del caso. La medicina forense, en la especialidad de heridas por arma de fuego (balí­stica de las heridas) ha podido demostrar esta tesis.

La balí­stica de las heridas nos permite apreciar que cuando se implementa munición de caza, sin importar el calibre, las heridas provocadas generalmente no son diferentes a pesar del calibre que se utilice, y son severas. Incluso, las heridas en la cabeza provocadas por proyectiles de caza son más destructivas que las provocadas por munición militar, salvo sus excepciones cuando se trata de alto poder destructivo o por esquirlas provenientes de explosivos, pero en nuestro análisis estamos ablando de fusilerí­a.

Es importante tomar en cuenta el estudio relacionado a la cantidad de energí­a que el proyectil deja en el cuerpo lesionado. Las lesiones tienen la huella producida por el poder de impacto pero también por la caracterí­stica del proyectil. Lo decisivo no es la cantidad de energí­a cinética que el proyectil acumula en su viaje desde el cañón, sino la que transfiere al cuerpo lesionado. El principio se explica así­: “Si una bala penetra en el cuerpo pero no sale, toda la energí­a cinética va a ser empleada en la formación de la herida”””Vincent J.M. Di Maio/”Heridas por arma de fuego”.

Cuando la bala no sale del cuerpo la lesión será con bastante probabilidad mayor. Como sabemos, el proyectil que hirió de muerte a monseñor Romero, no salió de su cuerpo, pero además se fragmentó en sus entrañas, esto explica la masiva hemorragia sufrida por él.

Hay otro factor que no debemos perder de vista: el ángulo de desví­o del proyectil. Cuanto más grande es el ángulo de desví­o del proyectil al golpear el cuerpo así­ tenderá a balancearse, la fuerza de su arrastre aumentará y por consiguiente perderá más energí­a cinética, lo cual generará, como hemos explicado, una lesión mayor en el cuerpo impactado, lugar donde descarga su energí­a cinética.

La bala que penetró el cuerpo de monseñor Romero ingresó por la zona conocida como lí­nea clavicular anterior (centí­metros arriba del corazón), a seis centí­metros del esternón. El proyectil se desví­a a su derecha y lesiona la aorta ascendente. La bala se fragmenta y la parte más grande se aloja en el quinto espacio intercostal derecho, en su arrastre lesiona los vasos del mediastino, provocando una hemorragia interna. Es muy probable que por eso se diga en diversos escritos que la bala ingresó de arriba hacia abajo, ello se explica en la curva que describe la autopsia: pega arriba del corazón y baja en diagonal lesionando gravemente órganos vitales.

Las consecuencias del impacto también tienen que ver con otras caracterí­sticas del proyectil, como el calibre, construcción y configuración. Si son de punta roma, si se trata de un calibre para cazar, o si es explosivo o no. Hay una valoración errada cuando se confunde la fragmentación de un proyectil con el de su estructura explosiva. No todos los proyectiles que se fragmentan son explosivos, importancia medular en este asunto. La fragmentación puede deberse a diversas causas. Las balas de .22 o incluso las de .223 (5,56 x 45) suelen fragmentarse cuando chocan con partes óseas de un cuerpo no necesariamente por ser explosivas.

Los hallazgos de fragmentos de bala en el cuerpo de monseñor Romero no indican el carácter explosivo del proyectil sino la fragmentación suscitada por el impacto, insisto: no debemos confundir lo explosivo con lo fragmentario, lo primero puede producir lo segundo pero esto último no necesariamente es el resultado de lo primero.

El informe forense dice que se utilizó una bala blindada, esto es bastante dudoso pues es sabido que el proyectil blindado o encamisado tiene una mayor posibilidad de penetración y pocas probabilidades de deformarse, en otras palabras es más potente en su constitución, por eso hay quienes deforman la punta de la bala blindada dejando una porción de plomo al descubierto para que se deformen y provoquen una mayor transferencia de energí­a en el cuerpo impactado. Los especialistas admiten que el blindaje de una bala evita que se fragmente con la misma facilidad que uno que no lo es. Los proyectiles que suelen fragmentarse con mayor facilidad son los de punta hueca, es decir los semiblindados que son conocidos como tipo DUM DUM.

Existe pues una enorme gama de balas expansivas, que son prohibidas por los tratados de Ginebra para conflictos armados, que pueden ser fabricadas o modificadas por el mismo tirador para que produzca tales efectos, es decir para lesionar gravemente y especialmente para ocultar al máximo cualquier dato que a partir de la bala nos lleve al fabricante o a las huellas dejadas por el arma utilizada al momento que el proyectil pasó raspando las estrí­as del cañón.

De acuerdo a lo consignado en el expediente judicial que llevó el Juzgado Cuarto de lo Penal de San Salvador de aquellos años (ahora Cuarto de Instrucción), la entrada de la bala dejó un orificio de cinco milí­metros de diámetro. El juez Atilio Ramí­rez Amaya que conoció de estas primeras diligencias, concluyó que de este informe y el análisis realizado a tres esquirlas del proyectil se pudo colegir que su calibre podí­a ser .22 o una de sus variables. Quien hizo este trabajo balí­stico fue la extinta Policí­a Nacional cuyo informe no se encuentra en el expediente.

Un proyectil de grueso calibre hubiese atravesado el cuerpo de monseñor Romero y difí­cilmente hubiese lesionado el corazón por el efecto de revote, menos aún por fragmentación. Hipótesis colegida a partir de la técnica balí­stica de las heridas.

¿Conocí­an los autores del crimen estos detalles del armamento y sus consecuencias y otras minucias que conciernen a la disciplina de tiro? Indudablemente que sí­. Por ello mismo se utilizó ese armamento y no otro. Un tirador adiestrado pudo incluso calcular a cincuenta metros un disparo en la zona intercostal y presumir el desví­o de la bala a partir de su ángulo de rotación y por consiguiente la fragmentación, de la manera que un jugador de billar define con suficiente antelación los impactos en cadena y las troneras donde ha de meter esta o aquella bola. Esa es la pericia de nuestro asesino.

No debemos olvidar que los francotiradores estudian no solo el viento, la humedad y otros factores externos que inciden de forma directa en el desplazamiento de la bala, para calcular su trayectoria y el efecto de desví­o al momento del impacto, incluso fabrican sus propias balas o modifican las industriales, presuponen la gravedad de la lesión que han de producir, todo para lograr su objetivo.

Estos detalles nos llevan a suponer con suficientes razones, que los actos preparatorios en el asesinato de monseñor Romero son mucho más complejos de lo que solemos suponer, más que una mera reunión de un puñado de bandidos y mucho menos de psicópatas, es un crimen organizado polí­ticamente con suficiente antelación.

Las consecuencias de una hemorragia pueden ser calculadas por un experto tirador, no se debe perder de vista que la balí­stica de las heridas cierra un ciclo pericial que comienza en el conocimiento del “oficio”, y es antes de cargar el arma.

La autopsia estableció que la muerte de monseñor Romero fue causada por una hemorragia interna. Se indica que en el tórax se encontró un aproximado de tres litros de sangre coagulada. Suficiente para matar a un hombre en pocos segundos.

La muerte de monseñor Romero es un ataque a una figura extraordinariamente polémica, su asesinato fue preparado y ejecutado por expertos, en cambio, las ví­ctimas de las comunidades, o incluso otros sacerdotes, seminaristas, catequistas, y feligreses de aquella época, que sufrieron el ataque mortal de la dictadura militar, fueron asesinados con métodos menos refinados, con la brutalidad de la tortura, el secuestro, el ametrallamiento, el lanzamiento de cuerpos en precipicios, el desmembramiento; en la muerte de monseñor Romero encontramos el rastro cuidadoso de un asesino calculador, de un cazador.

Este crimen requirió de una pericia especial, de una fineza muy calculada y fue  concertado por una élite con abundantes recursos materiales y financieros. El secreto que ronda este caso solo puede mantenerse con las babas del poder.

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Berné Ayalá
Columnista Contrapunto
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