jueves, 12 de mayo del 2022
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Pecado social y luto nacional

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Por Benjamín Cuéllar

Dos días después de la conmemoración del 42 aniversario del martirio de monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez se sufrieron, en doce de los catorce departamentos del país, 48 horas de terror y angustia por la sangre que corrió a montones. Más de setenta hogares se cubrieron de luto durante ese corto período; mis condolencias para esas familias. Así, de nuevo, las maras demostraron en manos de quién está realmente el control de buena parte del territorio nacional. Esa es la realidad innegable independientemente de la exagerada, permanente y costosa propaganda del actual oficialismo. También los anteriores a este, se llenaron la boca presumiendo de combatir la criminalidad y lograr lo que nunca en El Salvador se ha alcanzado: impedir que la muerte violenta sea el pan amargo de cada día para sus mayorías populares. Todos… ¡falsarios!   

Roberto Saviano en “Gomorra”, libro de su autoría sobre la mafia napolitana, escandalizado dio cuenta de una cifra de asesinatos producto del accionar de esta durante un cuarto de siglo. De 1979 al 2004 fueron poco más de 3660. En nuestra dolorosa y trágica realidad, del 2009 al 2013 se superaron las 3330 víctimas ultimadas únicamente por pandillas, según la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Alrededor de 300 menos que las producidas por la camorra italiana en 25 años. Si se considera la cantidad de las generadas acá durante el lustro referido y se multiplica por cinco, podríamos hablar de 16 610.

Otros atroces números. Tras la guerra interna finalizada en enero de 1992, durante el trienio de 1995 a 1997 el promedio anual de muertes violentas producidas sobre todo con armas de fuego fue 7211; es decir, más de 21 600 personas ejecutadas. Asimismo, según el informe público de la Comisión de la Verdad, el Socorro Jurídico Cristiano “Arzobispo Óscar Romero” reportó la mortandad del último año de la preguerra y del primero del conflicto armado entre los ejércitos gubernamental e insurgente. En 1980 fallecieron violentamente, considerando solo los datos registrados y corroborados por el citado organismo, casi 12 000 personas y en 1981 sumaron arriba de las 16 200. Una cuenta fatal de más de 28 200. Agréguenle las supuestas 30 000 víctimas sacrificadas en enero de 1932.

Con o sin guerra y por razones políticas o no, a lo largo de esos seis años mencionados en el párrafo anterior asesinaron en el país a casi 80 000 hombres y mujeres, niños y niñas, adolescentes y jóvenes, personas de la tercera y la cuarta edad, personas LGBTI+, personas de origen salvadoreño y de otras nacionalidades… Habría que agregar las que perdieron la vida en el camino, huyendo de la muerte lenta. En medio de esa letal diversidad, hay dos denominadores comunes: el de las víctimas y el de las causas que las producen.

En cuanto a las primeras, por lo regular son parte de las mayorías populares a las cuales se entregó alguien hasta el martirio en defensa de su dignidad. Él, Ignacio Ellacuría, planteó que estas “se encuentran marginadas frente a unas minorías elitistas que, siendo la menor parte de la humanidad, utilizan en su provecho inmediato la mayor parte de recursos disponibles”; asimismo, “no están en condiciones de desposeídas por leyes naturales o por desidia personal o grupal, sino por ordenamientos sociales históricos que las han situado en posición estrictamente privativa y no meramente carencial de lo que les es debido, sea por estricta explotación o sea porque, indirectamente, se les ha impedido aprovechar su fuerza de trabajo o su iniciativa política”.

Y en relación con las causas que han producido, producen y seguirán produciendo sangre y hambre entre este doliente país, están aquellas que el arzobispo Romero denunció: el pecado social. Se trata, coincidiendo con Ellacuría, de “la ofensa a Dios en esta desigualdad social que viven nuestros países”. Pero, además de los ricos que ofenden a Dios con dicha inequidad, aseguró el ahora santo, también tienen culpa “los perezosos” y “los marginados que no luchan por conocer su dignidad y trabajar” para ser mejores; “todo aquel que se adormece y está tranquilo” –manifestó– creyendo que otros le realizarán “su propio destino, está pecando también”.

La gente se dio cuenta de que “los mismos de siempre” no resolvieron los problemas estructurales que atropellan su dignidad humana y los castigó en las urnas; también ha comenzado a darse cuenta de que tampoco “los metamorfoseados” que abandonaron esos partidos políticos y hoy presumen ser otros, se los solucionarán. Entonces, es tiempo de dejar atrás la esperanza en tantos falsos profetas para despojarnos de la pereza y comenzar a organizarnos a fin de superar el pecado social que nos aplasta y el luto nacional que nos agobia.  

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Benjamín Cuéllar
Salvadoreño. Fundador del Laboratorio de Investigación y Acción Social contra la Impunidad, así como de Víctimas Demandantes (VIDAS). Columnista de ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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