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jueves, 29 de julio del 2021

Mi celebración de navidad 2020

Mis papás me lo enseñaron no en una lección intelectual --no era eso lo suyo--, sino en su forma de vivir y celebrar, que la navidad era una oportunidad para alegrarse y ser felices, independientemente de las vicisitudes que a uno le hubiera tocado enfrentar a lo largo del año, o en algún mes o día en particular

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Me gusta la navidad. En especial, disfruto el ambiente navideño en lo que supone tener un árbol iluminado dentro de la casa y luces en el marco de la puerta, ventanas o dondequiera que sean visibles. Los últimos días de noviembre, me preparo, con la complicidad de mis hijos y mi sobrina Alisson, para el ritual que va desde armar el árbol con las piezas que lo componen hasta desenredar las guías de luces y decidir cómo las colocaremos. Cuando inicia diciembre, en mi casa ya hay un ambiente navideño que termina en enero, después del día de los Reyes Magos.

Esto viene de cuando yo era niño y mis papás –Teresa y Armando– creaban un ambiente navideño que no sólo era para sus hijos, sinos también para sus vecinos. Las luces en el marco de la puerta y en el árbol de navidad –una rama de cafeto– simbolizaban la atmósfera de alegría que se había creado en nuestro hogar, atmósfera que se repetía en los hogares de nuestros vecinos y envolvía a mi querida Colonia Dolores. Desde entonces, quedaron grabadas, en mis gustos, hábitos y convicciones, la pasión por las luces navideños y la idea de que la navidad es, ante todo, una invitación para crear, ahí en donde a uno le toca en suerte vivir, un espacio de alegría compartida no sólo con la propia familia, sino con vecinos y amigos de la comunidad.

Mis papás me lo enseñaron no en una lección intelectual –no era eso lo suyo–, sino en su forma de vivir y celebrar, que la navidad era una oportunidad para alegrarse y ser felices, independientemente de las vicisitudes que a uno le hubiera tocado enfrentar a lo largo del año, o en algún mes o día en particular. O sea, la alegría navideña no estaba reservada sólo para años bonancibles, o de vacas gordas. O sólo reservada para las familias cuyo bienestar era evidente: quienes vivían (o vivíamos) en casas de adobe o lámina no daban (no dábamos) la espalda a la alegría de la navidad. Las épocas poco bonancibles –de las que las poblaciones populares de El Salvador, como la de la Colonia Dolores de ese tiempo, han conocido muchas– no eran impedimento para que, como en los terremotos del 1965, el terremoto de 1986 y la década de la guerra civil, la gente buscara la forma de crear las condiciones, aunque fuese precariamente, para celebrar la navidad. Y el árbol iluminado no podía faltar como centro de esa atmósfera de alegría en el hogar.

Eran tiempos aquellos –las décadas de los 60,70 y 80– en los que el centro de la celebración navideña era el hogar y la comunidad en la que uno vivía. Lo bonito de cada adorno y de los colores de las luces, incluso en las familias más humildes, era compartido con quienes tenían trayectorias de vida y sueños semejantes. Y lo que resultaba de ello era un fortalecimiento de los lazos familiares y comunitarios que hacía un bien a cada persona en particular. Lo que vino después fue el desplazamiento del centro de la celebración navideña desde los hogares y las comunidades hacia los centros comerciales y las plazas y parques convertidos también en espacios de consumo masivo.

Criterios discutibles de ahorro familiar en los gastos de energía, sumados a la arremetida empresarial para atraer a las personas de todas las edades, y en familia, a los centros comerciales, dieron pie para el ahogamiento de lo mejor y más genuino de la celebración de navidad, como lo es la creación un ambiente de alegría en el seno del hogar y la propia comunidad de residencia. Miles de familias dejaron de contemplar su árbol navideño y sus luces, y las de sus vecinos –que se apagaron–, para salir en tropel a contemplar árboles y luces en los centros comerciales y plazas abarrotadas. Se erosionó una costumbre que, más allá de las creencias de cada quien, permite (o permitía ahí donde se ha perdido casi irremediablemente) que la sonrisa sincera, la simpatía y el compartir lo que se tiene (frijoles con queso, tamales, pan con pollo, gallina, carne rellena o pavo) se hagan presentes en la vida de nuestros seres queridos.

Es una costumbre que se ha erosionado, pero que no ha desparecido del todo. Y es una lástima que, en las circunstancias actuales del país, y del mundo, no se haya visto la manera de recuperarla de manera amplia y hacerla actuante en las dinámicas sociales. Hubiera sido bueno, desde criterios sociales de bienestar, que se fomentaran celebraciones de navidad que devolvieran a los hogares y a las comunidades la centralidad que nunca debieron perder, pues las aglomeraciones consumistas son un caldo de cultivo para una nueva propagación del coronavirus. La recuperación-recreación de la tradición de las Salguerinas en Pillarno (Asturias, España) es una prueba contundente de que hay formas de celebrar la navidad que no pasan por los centros comerciales o el consumo desaforado. No se tiene por qué ser infelices aun en las peores condiciones, pero no se tiene que identificar felicidad con ostentación, despilfarro o consumismo desenfrenado.

Esta identificación no le ha hecho ningún bien a la sociedad salvadoreña de las últimas tres décadas. Se ha afianzado tanto en la mentalidad y hábitos de muchos que creen que siempre ha sido así, es decir, que no hay otra manera de celebrar la navidad. Sí la hay, y es una que reposa en la atmósfera de alegría creada ahí donde uno vive con sus seres queridos, con lo que se tiene a disposición para adornar e iluminar el espacio en el que a cada cual le ha tocado en suerte protegerse de la intemperie.

Consciente de la tragedia que, en este 2020, ha dejado sufrimiento, desolación y muerte en millones de hogares en el mundo, he mantenido la costumbre de colocar mi árbol y adornar con luces la puerta de mi casa. Al hacerlo, he pensado en todas esas personas que han muerto por coronavirus y en sus familias. También en quienes se han jugado la vida para cuidar a sus semejantes (especialmente, el personal médico y de enfermería, y el personal policial y militar). He pensado en Rebeca y lo duro que fue para ella la experiencia de la enfermedad. Es imposible que pueda decirle que entiendo lo mal que la pasó, porque para ello tendría que haber estado en su lugar. He pensando en las preocupaciones de Judith con sus padres; en Chico Valencia y su crítica afección en la garganta; en mi prima Dinora que también pasó por la dura experiencia de la infección por coronavirus.

Cualquiera podría decir que son suficientes motivos para no celebrar la navidad en lo que esta tiene de más genuino. Sin embargo, creo que hay, al menos, un motivo para sí hacerlo. Y es el siguiente: crear un espacio de alegría en el hogar y en nuestras comunidades puede verse como una forma de agradecer, por todo lo bueno que hicieron por nosotros, a quienes se nos anticiparon en el recorrido hacia la Otra orilla y a quienes, a costa de su bienestar y seguridad, hicieron lo que estuvo a su alcance para cuidar de sus semejantes. Así es como entiendo mi celebración de navidad en este 2020.                   

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Luis Armando González
Columnista Contrapunto
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