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sábado, 24 de julio del 2021

Los Detentes de La Royal

Murió Víctor Hugo Iraheta, quien compró “La Royal”, la tienda que fue el sustento de doña María García, madre de Roque Dalton. En esa casa, preservó la memoria del poeta y se dedicó a reparar relojes. Aquí hago unos apuntes sobre sus detentes / Fotos de E.Salamanca

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En mayo de 2011 yo no había leído marxismo y me había hecho amiga, pensaba yo, de un grupo de poetas que se hacían llamar anarquistas. Me vestía siempre con minifalda, tacones de aguja y me pintaba los labios de rojo. Lo más cercano a la disidencia en mí era renegar de mi educación en un colegio católico de señoritas españolas venidas a menos y mi desprecio por la patria liberal.

Pero, por alguna razón, esos muchachos y yo entablamos una especie de química intelectual y ahí estaba yo, un sábado de mayo de 2011, en tacones, subiendo unas escaleras frágiles en La Royal.

La Royal era una casa de esquina ochavada sobre la calle 5 de noviembre, en el barrio San Miguelito de San Salvador. En ella, Víctor Hugo Iraheta había montado su taller de reparación de relojes. ¿Quién usará relojes ahora?, pensaba yo, mientras me mostraban la casa. Llegamos a la bodega y algo me atravesó, como un rayo, relojes acumulados por años en una bodega. Relojes hermosos y abandonados. De verdad, el tiempo se había detenido ahí.

        ¡Son detentes! -gritó mi amiga Denise.

        ¿Qué son los detentes?

        Los relojes del Sagrado Corazón.

Ahora que los detentes volvieron al vocabulario cotidiano porque el presidente de México mostró uno en una de sus conferencias mañaneras, como amuleto contra el covid19. Ahora la gente los identifica más, pero entre 1950 y 1980, los detentes daban la hora y protegían contra el demonio:

        ¡Detente, Demonio, en nombre del Sagrado Corazón de Jesús!

Según la tradición católica, el detente es una invención del siglo XVIII, imaginado, ilustrado y confeccionado por monjas que atravesaron tránsitos místicos y a quienes se les reveló el misterio del corazón de Jesús. Detenía, como dice su nombre, al demonio.

Roque y yo tuvimos una crianza común: nos educaron en colegios católicos de señoritas españolas recién llegadas a El Salvador, él en el Colegio Santa Teresita del Niño Jesús, fundado, entre otras, por María Teresa Sabater, quien, en 1955, fundó el Corazón de María, que dirigió hasta su muerte. Pocas veces he revelado el nombre de colegio de señoritas españolas venidas a menos. Después, Roque y yo fuimos educados por jesuitas.

En mi colegio de señoritas españolas, la señorita Sabater me enseñó la religión católica, y calificaba mis exámenes con 10. Yo, entonces, me sentía gloriosa, santa precoz. Ella decoraba los exámenes ejemplares con mucho primor: con cromos de rosas y angelitos victorianos, angelitos de rizos rubios y morenos y alas con brillantina. Yo, debo aceptar, los amaba. Teresita Sabater murió en noviembre de 1989, diez días antes del asesinato de los jesuitas de la UCA durante la Ofensiva “Hasta el tope”. Al mismo tiempo que yo, muy niña, conocí la guerra.

Ahora conozco la guerra, y he leído marxismo, anarquismo, anarcomunismo y anarcofeminismo, y sigo repudiando la patria liberal, porque la nacionalidad, como escribió Roque, es “una cólera llameante”. Pero eso no me salva de mi cruce irreversible entre la tradición (traidora) y la vanguardia.

Por eso escribo sobre los detentes.

Aquí, el detente es importante porque “detiene” al demonio. O al tiempo.

Y entonces aparece eso que Roque Dalton hizo siempre con su vida: logró que su biografía explicara una época, un tiempo, y en días tan oscuros como los que pasamos ahora parece que nos mantenemos en el vórtice de sus poemas: “País mío no existes”. Vivimos tiempos mezquinos, crueles, que limpian con cinismo al mundo de pobres, que muestran las más precarias condiciones de vida y las fisuras (para mí barrancos) de un sistema económico que considerábamos hasta sacro. Nos demuestra que, como dijo Benjamin, seguimos en el estado de excepción-regla de “la tradición de los oprimidos”.

Entonces Roque, en los relojes acumulados de don Víctor Hugo, detiene al tiempo y sus poemas no hablan de su pasado sino de nuestro futuro. Odio recurrir a Walter Benjamin y la imagen delÁngel de la Historia”, en correspondencia con el Angelus novus, de Paul Klee, en sus Tesis sobre el concepto de Historia. Lo odio porque recurren a él como caja de sastre. Pero vamos a recurrir ahora al “Ángel de la Historia” como caja de relojero:

Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Allí donde nosotros vemos un encadenamiento de hecho , él ve una única catástrofe que acumula incesantemente una ruina tras otra, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer tanta destrucción. Pero, desde el Paraíso, sopla una tempestad que se ha enredado en sus alas y es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja hacia el futuro, al que le da la espalda, mientras que los montones de ruinas van creciendo ante él hasta llegar al cielo (“Tesis sobre el concepto de Historia”, en Iluminaciones, p. 312.)

Pero aquí viene mi giro dramático: Esos detentes acumulados en la bodega de un relojero están parados en una función de tiempo. No son las ruinas del Ángel de la historia. Son las ruinas de Augé: el tiempo, la humanidad, “no está en ruinas, está en obras” (El tiempo en ruinas, p. 19.). Relojes en obras. Relojes en reparación. Constantes. inconclusos. Nos detienen en el vórtice del poema para abrir, finalmente, el mecanismo del futuro.

Gracias, Víctor Hugo Iraheta, relojero, por conservar el tiempo de Roque Dalton.

ESCUCHA LA CANCIÓN RELOJ – FELICIANO (le gustaba a RDalton y a su generación/Autor Roberto Antonio Cantoral)

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(*) Elena Salamanca, es  escritora e historiadora. Ha publicado La familia o el olvido (El Salvador, 2017 y 2018), Peces en la boca (México, 2013 y El Salvador, 2011), Landsmoder (El Salvador, 2012) y Último viernes (El Salvador, 2008 y Suecia, 2010).

Es candidata al Doctorado en Historia en el Colegio de México. Es Maestra en Historia por El Colegio de México (2016) y Máster en Historia Iberoamericana Comparada por la Universidad de Huelva, España (2013).

Su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán y sueco y ha sido publicada en antologías en Hispanoamérica, Estados Unidos, Francia e Inglaterra.

En 2012, fundó, junto al artista Nadie, la Fiesta Ecléctica de las Artes, FEA, que durante cinco años reunió el trabajo de artistas salvadoreños y centroamericanos con voces y procesos peculiares.

Su obra vincula literatura, performance, memoria y política en el espacio público. Entre sus obras están Solo los que olvidan tienen recuerdos (México 2009; El Salvador 2012 y 2018); Landsmoder (2011); El descanso del guerrero. Un duelo amoroso para Roque Dalton (2017); Hiato (2017) y Letanías para Mélida Anaya Montes (2018).

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Escritora y académica salvadoreña
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