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miércoles, 04 de agosto del 2021

La novela policial latinoamericana: memoria y realidad

“Acogiéndome mínimamente al enigma, he desarrollado una serie en la que cada vez tiene menor importancia saber quién ha matado a quién, sino cómo, por qué y para qué se mata a alguien”. Manuel Vázquez Montalbán

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Al mismo tiempo que en el siglo XX surge lo que se conoce como la novela latinoamericana, emerge el género policial o negro, que al igual que aquella busca definir un mundo real, acercando al lector a la problemática local, rescatando un lenguaje más cercano y popular.

Los grandes escritores latinoamericanos: Borges, Cortázar, Onetti, Sábato, Fuentes, Rulfo, Vargas Llosa, García Márquez, Donoso…, perfilan la realidad, narrando con sus diferentes estilos y formas literarias una cosmovisión actualizada de unas sociedades y de un hombre en crisis.

Esa visión común, que en algunos casos se adentra en conflictos de crimen e intriga, hace que establecer una frontera entre los géneros y hablar, en el caso de la novela negra, de un subgénero puede parecer despreciativo.

La novela, abarque el contenido que sea, la historia que encierre o el estilo en que se narre, es siempre novela. Lo que suele suceder es que esta encuentre nuevos caminos y se adapte, cosa que en el caso de la novela negra actual llevaría a la denominación de neo policiaco.

Las primeras influencias

Fue a principios del siglo pasado cuando comenzaron a surgir en las grandes urbes latinoamericanas, especialmente Buenos Aires, México y Río, las primeras traducciones de Conan Doyle, Chesterton, Maurice Leblanc y, especialmente, las obras de Edgard A. Poe (“Auguste Dupin, el primer detective de la historia de la literatura”. J.L. Borges). Historias poco creíbles para el público, ya que estaban ambientadas en ciudades lejanas y en situaciones protagonizadas por personajes dotados de conocimientos científicos y filosóficos, cuyo intelecto los hacía desentrañar los misterios y enigmas desde el análisis. Es decir que en estas obras se carecía de acción, cosa abundante en los territorios americanos, y en general estaba todo relacionado con las clases acomodadas de la sociedad europea y/o estadounidense.

En el espacio entreguerras comienza a aparecer otra literatura policial detectivesca que sigue el paso de los pulps originarios de Estados Unidos, y que a un precio reducido y una edición llamativa lograba llegar a un público popular.

Es así que se conocen otros creadores como Edgard Wallace, Dickson Carr, S.S. Van Dine, y Agatha Christie, en colecciones que mezclaban lo policíaco y la aventura.

En esta etapa el lector trataba de anticiparse al investigador, descubriendo al culpable que, generalmente, aparecía hacia el final del relato.

El género cambia radicalmente a raíz de la aparición a mitad del siglo XX de los cuentos y novelas de dos de los más grandes maestros estadounidenses: Dashiell Hammett y Raymond Chandler, y su antecesor Erle Stanley Gardner, quien reclamó para Hammett la paternidad del género.

Y para ello, utilizaron en sus relatos, algunos escritos en plena recesión estadounidense, una nueva forma de lenguaje y un nuevo punto de vista. Un nuevo lenguaje que los separaba estilísticamente de las publicaciones populares y un punto de vista más cercano a la sociedad en decadencia inserta en una época convulsa, donde imperaba la corrupción, el gansterismo y el matonismo, y donde las clases dominantes aumentaban sus influencias en lo político y en lo económico, ante una policía cómplice y una justicia partidaria.

Son ellos, junto a otros como más adelante Ross Mac Donald,  Donald Westlake o Chester Himes, los que marcan un nuevo estilo y un nuevo personaje: el del investigador o detective “duro”, cortante, irónico, y en ocasiones marginal, movido por el dinero, aunque lo suelen perder los principios y algunas mujeres. line-break">

Como indica Donald Westlake, este detective es: “probablemente de procedencia obrera”. Y añade: “Es un integrante nato de este mundo lleno de dudas, en desorden y carente de sentimentalismo”. “Y las clases altas, acusadas de una guerra que las benefició, no salen bien paradas en estas historias”.

Ya los enigmas como base de sus argumentos quedan diluidos ante la existencia del crimen, y donde este adquiere la verdadera importancia, no el desenlace del mismo.  Allí asoma entonces la violencia de la sociedad y el trasfondo de una justicia que no siempre es acertada, moral y éticamente.

Y este, el “hard boiled”, es el germen de la novela que empieza a construirse en Latinoamérica.

En las historias de detectives hay dos clases: los de pellejo duro, que siempre están borrachos, charlan por los codos y lo hacen todo por instinto, y los fríos, secos, científicos, que examinan cosa por cosa con el microscopio”. “ Laura “. De Vera Caspary, 1er. título de colección El séptimo Círculo 1945, dirigida por J.L. Borges y Bioy Casares.

OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS

Esta literatura “importada” crea las primeras colecciones y antologías de novela policíaca, especialmente en México, Argentina y Chile. Tal es su influencia que algunos escritores locales utilizaban seudónimos en inglés o francés para lograr un público acostumbrado a autores de esos orígenes, y mimetizaban el estilo.

El origen de la novela policial latinoamericana se podría situar entonces en la primera mitad del Siglo XX, con casos como las publicaciones dirigidas por Antonio Helú en México y, especialmente la colección argentina “El Séptimo Círculo” dirigida por Jorge Luis Borges y Bioy Casares, donde se incluyen autores argentinos, entre los que se cuentan los directores con “Seis problemas para Don Isidro Parodi”, de 1942, donde la ciudad se convierte en protagonista, con sus paisajes modernos, salvajes o apocalípticos.

Es lo mismo el que labura/ noche y día como un buey, / que el que vive de los otros,/ que el que mata, que el que cura/ o está fuera de la ley …» Cambalache, tango de E. Santos Discépolo de 1934.

Anteriormente, a finales del Siglo XIX y comienzos del XX se habían existido algunos antecedentes con autores como el uruguayo Horacio Quiroga, el argentino Eduardo Holmberg y el chileno Alberto Edwards, pero estos se constituyen en hechos aislados, alejados de un planteamiento y de una realidad continental.

No es casual que en los inicios de esa novela negra con voz propio hayan participado algunas de las más brillantes plumas de la época, ya que lo que se buscaba, además de unas señas de identidad propias, “una intención literaria y desmitificadora”, como indica el escritor cubano Leonardo Padura. Añadiendo que esa creación esté alejada de los modelos ajenos, “que produjeron más pesares que aciertos…más imaginación que diálogo con la realidad”.

Es por ello que a esta literatura negra la podemos llamar “fronteriza”, porque se mueve entre autores de diferente signo creativo, y trasciende las fronteras de países al tratar temas comunes.

Una realidad que era muy lejana de las americanas del norte o europeas, ya que la confianza en el sistema político y en la actuación de los estamentos policiales es no solo totalmente diferente, sino que además es negativa. Es por ello que la novela negra latinoamericana está muy vinculada a los movimientos sociales, a los abusos del poder tanto de las dictaduras o las democracias, y su conexión constante con la violencia, la corrupción y el crimen.

Pero además cuenta con un componente fundamental que es la memoria.

El filósofo alemán Walter Benjamin nos recuerda que la memoria no debe verse como una herramienta para rastrear el pasado, sino como un espacio donde se materializa el pasado, es el teatro donde el pasado se hace presente.

En el mecanismo de denuncia de esta literatura la memoria rastrea en el pasado para hacer aflorar la denuncia sobre el sistema, cosa que, ocasionalmente, no se podía realizar en el momento histórico. Sirve como referencia los libros que abarcan los años negros de las dictaduras del Cono Sur, y que vieron luz bien en el exilio de algunos creadores o bien en el retorno a estados más democráticos.

Esta relación diferencial entre literatura y política no solamente es una creación vinculada exclusivamente al crimen, sino que representa un compromiso con la memoria a través de un estilo literario ambicioso, usando un lenguaje propio y unos escenarios reconocibles.

Leonardo Padura también indica que las primeras señas de este fenómeno se dan “cuando dos autores tan peculiares y olvidados como Rafael Bernal e Ignacio Cárdenas Acuña escriben en México y la Habana “El complot Mongol” y “Enigma para un domingo”, en los que la violencia llega a hacerse incluso verbal, de un modo hasta entonces poco visto en español.

Pero el salto definitivo y que une al unísono autores diversos y de diferentes países se da hacia finales de los años 60 e inicios de los 70 del siglo pasado. Desde algunas obras de autores del llamado Boom latinoamericano como Vargas Llosa o García Márquez, pasando por el mexicano Rafael Ramírez Heredia, el argentino Osvaldo Soriano y el brasileño Rubem Fonseca, se comienza a articular otra manera de contar las historias, dando lugar a lo que podemos llamar neo policíaco, aunque en algunos casos los nombres “chirríen” entre algunos ortodoxos.

En el caso particular cubano, dentro de una realidad social y política diferente, destacan Justo Vasco y, particularmente, el uruguayo radicado en Cuba Daniel Chavarría que, a diferencia de sus colegas, narran historias de espionaje y contraespionaje desde una perspectiva original y revolucionaria. Más adelante se unirán a ellos figuras como Rodolfo Pérez Valero, Amir Valle y Lorenzo Lunar, con un lenguaje más crudo, describiendo con total verosimilitud los entresijos de la cambiante sociedad cubana, a los que se agrega posteriormente Pedro Juan Gutiérrez, exponente de un realismo sucio.

Pero es a partir de las décadas siguientes, de los 70 y 80, que desde diferentes lugares de la geografía latinoamericana comienzan a aparecer autores que coinciden con lineamientos estructurales y de estilo, iniciando una nueva forma de novela policíaca.

Los argentinos Manuel Puig, Mempo Giardinelli y Ricardo Piglia, mexicanos como Jorge Ibargüengoitia, Vicente Leñero o Paco Taibo, a quienes se une Elmer Mendoza, el chileno Luis Sepúlveda y su compatriota Ramón Díaz Eterovic y los uruguayos Mario Levrero y Omar Prego, son una muestra de un movimiento que narra, desde una perspectiva común, el abuso y la corrupción, así como el deterioro político y económico de la sociedad. Coincidente, en muchos casos con la denuncia de situaciones pasadas como en el caso de las siniestras dictaduras del Cono Sur o las salvajes represiones en México.

Vicente Leñero aclara que: “En un país como el nuestro, donde los autores de los crímenes no se descubren nunca, no se puede hacer una novela con un inspector o investigador que lo descubre todo”. Para agregar: “Los policías son gente corrupta que encuentra un culpable, pero no desata las amarras del misterio”

Y el también mexicano Paco Taibo, promotor e impulsor del género, añade que en sus ingredientes existe “una visión hipercrítica de la ley, compuesta por el sistema carcelario, judicial y policial, como una estructura eminentemente represiva y que ofrece injusticia

Para el nicaragüense Sergio Ramírez “la novela negra europea da por descontado que un reo estará en la policía el tiempo que marca la ley y luego lo pondrán a disposición judicial", de tal forma que "el imperio de la ley impera sobre la estructura de la novela". En cambio "en América Latina hay que partir de policías corruptas", donde el investigador no puede confiar en el aparato institucional, y la novela es "cada vez más negra, más oscura", señala.

Paralelamente el tema del narcotráfico y su convivencia con el mundo político, el tráfico de personas y la prostitución están presentes en esta nueva narrativa.

Una narrativa que denuncia el pasado y el presente, y que plantea dos elementos claves que son la memoria y el miedo, como indica el escritor brasileño Moacir Amancio, ya que “estas novelas surgen del miedo que la gente tiene de la policía y de los poderosos”, o cuando esa policía en lugar de transmitir justicia transmite terror.

Así como los estados construyen historias y las manipulan, la literatura elabora relatos alternativos que confrontan esos relatos, dando a conocer otras voces, otras víctimas, otros criminales. Y es esa la tarea de la novela negra en Latinoamérica.

Y algunos de sus mejores exponentes

  • Argentina

Osvaldo Soriano, Ricardo Piglia, Mempo Giardinelli, Pablo de Santis, Raul Argemi, Carlos Salem, Gulletmo orsi, Claudia Piñeiro, Guillermo Saccomanno, Ernesto Mallo, Leonardo Oyola, Marcelo Luján, Maria Ines Krimer, Florencia Etchévez, Jorge Fernandez Diaz, Horacio Converin, Carolina Cobedo, Juan Sasturain…

  • Brasil

Rubem Fonseca. Patrícia Melo, Liuz García-Roza

  • Chile

Ramón Diaz Eterovic, Luis Sepúlveda, Alberto Edwards, Roberto Bolaño, Poli Delano, Roberto Ampuero, Carlos Franz, Arturo Fontaine

  • Colombia

G.García Marquez, Mario Mendoza, Laura Restrepo, Santiago Gamboa, Jorge Franco Ramos,

Hector Abad Fancioline

  • Costa Rica

Daniel Quirós

  • Cuba

Leonardo Padura, Ignacio Cárdenas Acuña, Abel Prieto, Justo Vasco, R. Pérez Valero, Amir Valle, Lorenzo Lunar, Rebeca Murga, José Latour, Pedro Juan Gutierrez

  • El Salvador

Horacio Castellano Moya (n. Honduras), Rafael Menjívar

  • Guatemala

Rodrigo rey Rosa, Dante Liano

  • México

Rafael Bernal, Paco Taibo, Radael Ramírez Heredia,Juan Hernández Luna, Rolo Diez(*) Elmer Mendoza, Jorge Ibarguengoitia, Bernardo Fernández, Gabriel Trujillo, Guillermo Arriaga, Jorge Zepeda Patterson, Francisco G. Haghenbeck , Alberto Chimal,  Iris García Cuevas,

  • Nicaragua

Sergio Ramírez

  • Peru

Mario Vargas Llosa, Mirko Lauer, Fernando Ampuero, , Jorge Salazar, Goran Tocilovac, Santiago Rocangliolo, Diego Trellez, Carlos Garayar, Alfredo Pita, Isaac Goldemberg

  • Uruguay

Daniel Chavarría (*), Renzo Rosello, Hugo Burel, Fco. Fernandez Giordiano, Mercedes Rosende , Hiber Conteris

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Jorge López Alba
Escritor y periodista, colaborador de ContraPunto
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