Por Napoleón Viera Altamirano
Acaba de apagar lentamente su lámpara el poeta Julio Enrique Ávila, quien tuvo a su cargo la dirección de El Diario de Hoy por mucho tiempo, de 1941 a 1944. Como se trata de un poeta, hemos caído sin sentir en la conmovida evocación que de la muerte hacen los que comulgan en parecidos altares.

Para nosotros bastaría, y ya es una satisfacción que nos llena, hacer referencia a aquella participación de Julio Enrique Ávila en nuestras labores, pero no quedaría mal si recordamos a nuestros amigos de toda América, que Julio Enrique Ávila, era, al morir, miembro honorario de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente de la Real Española, y de otras numerosas instituciones culturales; que fue Sub-Secretario de Educación en el gobierno del Ing. Araujo (del Partido Laborista), y Ministro de Relaciones Exteriores de la República, en los períodos de más sobresalto político que sucedieron a la caída del Presidente Maximiliano Hernández Martínez y que, además de ser poeta y político, fue un gran hombre que amaba la tierra y que dio empuje a una vigorosa empresa industrial. Deja varios libros de versos entre los cuales recordamos con especial complacencia “El Poeta Egoísta”, “El Mundo de mi Jardín” y “El Vigía sin Luz”. En las revistas literarias de los últimos años, publicadas en España y Centro América, se encuentran numerosas producciones suyas.
El Diario de Hoy nació en los mismos días en que ya el General Maximiliano Hernández Martínez, dejaba sentir su mano de hierro.
Desde el primer momento de vida de nuestro periódico empezamos a padecer tropiezos y a perfilar una posición que tendría que ser de absoluta discrepancia en materia política, cultural, social y centroamericanista, con el régimen.
A los pocos meses de fundado, el Diario sufrió una suspensión y su Director, el que estas líneas escribe, fue sometido a juicio por una imaginaria sedición y pudo escapar gracias a la intervención de numerosos amigos, dos de ellos en el propio gabinete del Presidente Hernández Martínez, y de otros entre los cuales, espontáneamente, tomó parte Julio Enrique Ávila. Ya colocados en el plan de opositores, pudimos mantener nuestra labor de absoluta independencia a pesar de la censura, del estado de sitio, de los policiales que nos vigilaban constantemente y de los chismes de todos los aduladores del mandatario a quienes molestaba en alto grado la posición de El Diario de Hoy.
Nunca nos quejamos – aunque nos asistía el derecho – de los abusos con que nos malhería el mandatario. No cometimos el error que a veces cometen con todas las características del desplante, quienes siendo opositores de un régimen tienen a mal que un régimen se defienda. Nosotros no perdíamos oportunidad de causarle molestias al Presidente Hernández Martínez, de hacerle el vacío, de enajenarle la atención pública cada vez que nos era posible y de incitar a la rebelión a las gentes de armas con quienes tratábamos relaciones. Era más que natural que el mandatario dictador nos correspondiese con la misma moneda.
EL GRITO QUE ENTRABA EN EL CORAZON

Ya para 1940, poco tiempo después de haberse realizado la reforma constitucional que dio principio al descontento público por la permanencia en el poder del Presidente Maximiliano Hernández Martínez, se suscitó una nueva crisis para el periódico, el que fue suspendido por varios días hasta que, mediante la intervención amistosa de amigos del mandatario que no querían la muerte de El Diario de Hoy y entre los cuales figuraba Julio Enrique Ávila, pudo lograrse su reaparecimiento con el nombre de “CENTRO-AMÉRICA”, Este cambio sirvió como de un manto de aceite en el oleaje de animosidad del dictador, pero como nosotros precisamente habíamos fundado el periódico para servir a Centro-América, este cambio no constituyó ni mucho menos una afrenta dolorosa: se nos llenaba de gozo el espíritu cuando oíamos gritar el nombre de Centro-América por el canillita que llevaba nuestro periódico en las manos. Sentíamos como que la patria salvadoreña entera se llenaba de luz desde el Paz hasta el Goascorán, con ese nombre mágico ahora manoseado por los más pequeños y torpes intereses, incomprensiones y rivalidades. Los niños voceadores se identificaron con el nombre de tal manera que, aun cuando el periódico volvió a publicarse con su nombre propio, ellos siguieron gritando ¡CENTRO-AMÉRICA!, con igual ufanía que el primer momento y así alcanzamos a oírlo todavía cuando tres años después se incendiara el país entero por la lucha política.
Más tarde, el 31 de julio de 1941, después de otros numerosos días de suspensión del periódico, el reaparecimiento para el público sólo fue logrado gracias a la intervención a nuestro favor de Julio Enrique Ávila. Al llegar a este detalle conviene que expliquemos el éxito de aquella generosa embajada: El presidente Hernández Martínez era amigo de Julio Enrique Ávila por la sencilla razón de que nadie podía ser enemigo de aquel señor de las letras, del trabajo y de la bondad, que llevaba en la frente el laurel del poeta y en las manos la destreza del hombre de acción. “Mi amistad con Martínez – nos confesaba Julio Enrique Ávila- es muy fácil de entender: mi lucha por los ideales patrios se libra en planos alejados de la política partidista. Por otra parte yo no le he pedido ni le debo favores, y esta amistad entre los dos me ha servido para ser el embajador de mis amigos perseguidos y molestados por el régimen”. Fue en estos momentos cuando Julio Enrique Ávila asumió la Dirección de El Diario de Hoy, hasta el 13 de marzo de 1944, cuando la dictadura se venía abajo, abriendo un nuevo capítulo en la vida política salvadoreña.
Ahora que el amigo se nos va, no podemos menos que conmovernos con su recuerdo bañándolo de cariño y gratitud, porque su cooperación en aquellos momentos difíciles se debió solamente a su vinculación intelectual con nosotros. Él sabía o intuía lo que este Diario iba a hacer por El Salvador y Centro América, y mientras otros nos adversaban y combatían él nos acompañaba con espontánea adhesión en nuestro camino. Cuando cayó el régimen de los trece años, Julio Enrique Ávila fue llamado para un alto cargo en el Gobierno, responsabilidad a la cual él correspondió en una forma inteligente y digna, y cuando los servidores de la tiranía que tuvieron habilidad suficiente para paladear ventajas a su sombra, se habían convertido en héroes y se sumaban al oleaje de incomprensión que golpeaba, sin efecto alguno, el pedestal de este Diario, Julio Enrique Ávila siguió a nuestro lado como en los primeros días de nuestra lucha.

Gravemente enfermo durante largo tiempo, sus últimos días fueron de apartamiento de los “mundanos ruidos”.
De tiempo en tiempo, si no le íbamos a ver o no venía, nos llamaba por teléfono para anunciarnos algún envío. La última de sus producciones fue para nuestro Diario. Como su muerte no se esperaba tan pronto, no pudimos ir a verle ya con esa intención llena de tristeza con que vamos a despedirnos de un amigo, sin poder decirle adiós. Pero aunque ya no le veamos más, ni nos llegue desde su hogar su voz al través del hilo telefónico, hemos de mantenernos en contacto con él. Seguiremos discurriendo sobre el milagro de la poesía, evocando la figura de los que la han alcanzado con más elevación y hondura, y de tiempo en tiempo nos sentaremos a la mesa a compartir el pan y el vino de una amistad imperecedera.
N. V I E RA A L T A M I R A N O
El Diario de Hoy, 8 de diciembre de 1968



