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viernes, 24 de septiembre del 2021

La independencia como problema: El Ateneo de El Salvador y la celebración del (Bi)Centenario

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Por Rafael Lara-Martínez

Siempre se ha hermanado el ideal de la libertad con la sed de sangre de los vencedores (J. Dols Corpeño, Revista del Ateneo, Año II, No. 14, diciembre de 1913 y 1914: 71).

I. Preámbulo

“La independencia como problema” analiza la visión que los socios fundadores y primeros miembros de una organización cultural salvadoreña —el Ateneo de El Salvador (diciembre de 1912)— nos ofrecen de la doble independencia centroamericana: la primera emancipación de España (1821) y la segunda de toda potencia extranjera (1823). Igualmente, el ensayo reseña el enfoque de esta generación sobre la vida independiente del istmo. Este círculo olvidado de intelectuales celebra el primer centenario del primer grito de independencia (1811), así como el de la independencia con un mayor decoro que el Bicentenario en el 2011. Si en la actualidad la pompa cívica dispone la conmemoración patria, los ateneístas y sus contemporáneos nos muestran una visión más trágica y reflexiva de la historia.

Si la independencia ocurre por una simple contingencia, sin luchas populares ni resolución política firme, la vida independiente la dictan guerras fratricidas y matanzas que opacan toda ilusión de libertad. El artículo rescata la producción cultural de una generación olvidada, clave para nuestro presente que se apresta a festejar el segundo centenario (2011), a la vez que restituye una conciencia pacifista irreconocida.

La propia existencia de esta generación pacifista la destierra una hegemonía liberal —una “instrucción cívica y moral práctica” gubernamental— que la considera “anti-patriótica” (Guzmán 1914: 194)[1]. En la inventiva histórica liberal, “las ideas extremas de los partidos socialistas y antimilitaristas” que se arraigan en “las masas populares” menoscaban “el sentimiento innato, el dogma inmortal del amor a la patria” (ibid.: 141 y 167). Igualmente se juzgarían los ideales indígenas comunales, ya que el principio “eterno” de la propiedad privada engendra la “idea” misma de “patria”.

En cambio, en “tiempos de paz”, para los reformadores, la disparidad entre “20.3% que absorbe al Cartera de Guerra y Marina” contra el “5.65% de la Cartera de Instrucción Pública” requiere construir un “equilibrio económico” (Suay 1911: 7 y 10). “Aspiremos para que tengamos cada día menos necesidad de grandes ejércitos, los que, en realidad, no han tenido desde hace 90 años que somos independientes, más misión que la de destrozarnos entre hermanos” (ibid.: 12). Más que una nación unida en su anhelo libertario, “La independencia como problema” rastrea las raíces de un país dividido a muerte desde sus comienzos fundacionales.

II. Del olvido cívico…

Hacia la fundación del Ateneo de El Salvador sucede un “renacimiento intelectual” en el país (Año 1, No. I, 1/diciembre/1912: 1). “Después de un eclipse de varios años, debido al período de desorganización que hemos atravesado”, se percibe una “favorable oportunidad” para discutir la cuestión nacional de manera seria y razonada. Sus primeros socios creen que “el poder de la ciencia” sobrepasará las “estériles e infecundas luchas”, las políticas sangrientas (Año 1, No. I, 1/diciembre/1912: 1)[2].

La conciencia de un desastre histórico intenta revertir su esfuerzo hacia la labor conjunta de todos los “hombres de ciencia, de letras y de arte, que hasta ahora han vivido aislados” (lugar citado). “Bajo los nobles auspicios del Jefe de la Nación Salvadoreña”, Manuel E. Araujo (1911-1913, fechas de mandato presidencial), la utopía consiste en inaugurar un espacio público de expresión en el cual la discusión argumentada sustituya los conflictos armados.

Desde “El Primer Certamen Literario del Ateneo de El Salvador”, una de las temáticas más reiteradas interpreta el sentido que posee la independencia centroamericana en ese principio de siglo (Año I, No. 12, octubre/1913: 381-382). La respuesta más tradicional la expone la conformación de una religión laica para uso del estado y cultura oficial.

En esta línea conservadora, el panegírico reemplaza el pensamiento crítico que hace de la independencia un problema. Bajo la misma rúbrica clasifican varias poesías famosas que componen Patria de  Francisco Gavidia,  odas, biografías y discursos incluidos en los Juegos Florales del Centenario de la Insurrección de 1811 (1911) y El libro de los Juegos Florales (1921), al igual que la “Oda a Centroamérica” de Alfonso Espino: “Cantar tu Independencia, ¡oh, patria mía!/entonar ditirambos de alegría” (Gavidia, versión definitiva, 1974: 241-376. Espino, poeta doblemente laureado, 1921; Año IX, No. 84, septiembre/1921: 1521-1526 y Año X, Nos. 85-87, 1921: 1598-1601).

A esta tendencia también pertenecen las semblanzas de los próceres, las loas a la libertad, los himnos (a la bandera) y un sinnúmero de trabajos que al reseñar “El Salvador a través de la historia” le prescriben el título de “hija predilecta de la Federación” (Salvador R. Merlos, Año VI, Nos. 57-68, enero-diciembre/1918: 1206)[3]. Hay una exaltación de la patria —un ascenso glorioso a la libertad— sin más contrariedad que los célebres “sacrificios” de hombres ilustres, los próceres, y algunos de sus prosélitos populares.

Esta corriente instituye un civismo fervoroso. Pero al proponer una creencia patriótica ciega, su principio pasional traiciona “el poder de la Ciencia” sometido a demostraciones historiográficas, al igual que a posibles contra-argumentos (Dols Corpeño, Turcio 1914: 10). El olvido cívico —lo que el civismo olvida en sus loas piadosas— es exigir razonamientos metódicos y antítesis que deduzcan sus flaquezas. En esta omisión surgen tres socios del Ateneo —Adrián M. Arévalo, José Dols Corpeño (primer presidente; pseudónimo de José Dolores Corpeño)  y Abraham Ramírez Peña— con sus respectivas propuestas sobre la independencia como problema.

 A la convención republicana en boga, con atinada lucidez, los tres miembros no contraponen la invención de un nuevo mito de apoteosis. Si el civismo refiere una gesta heroica popular dirigida por próceres iluminados —José Matías Delgado, según la historia oficial, pero “al lado de los monárquicos” y sin “destacarse antes de la proclamación de independencia”— la historiografía marxista se vuelca a la búsqueda de prohombres populares de izquierda, Pedro Pablo Castillo, cual lo sugiere Alejandro Dagoberto Marroquín (para Delgado, véase: Durán 1961: 13. Para los próceres populares: Marroquín 1974: 73-76). Ambas posiciones contrapuestas —historia conservadora oficial y revisión marxista— mantienen en común la idea de una proeza memorable por la fundación de la patria. En cambio, los ateneístas aducen la ausencia de todo proceso de independencia y, peor aún, un descalabro fratricida subsiguiente a la “fábula liberadora” de 1821[4].

A diferencia de otras regiones de Latinoamérica, en El Salvador es imposible reconstruir un transcurso incesante de luchas independentistas. Entre el primer grito (1811) —el segundo intento abortado por lanzar otro grito de independencia (1814)— y su doble declaración final (1821 (independencia de España) y 1823 ( independencia de toda potencia extranjera)) no existe una continuidad. Según los ateneístas, se presenta un hiato infranqueable, un dilatado letargo independentista sin líderes obvios ni voluntad popular. Entre esos siete a diez años de sopor (1811-1814-1821-1823), florece la indiferencia. El desmayo patriótico lo comprueban las escuetas “anotaciones cronológicas” que realiza los historiadores Francisco J. Monterey y Miguel Ángel García  para los años 1815-1820[5]. Acaso la idea de una lucha continua por la independencia sería un mito fundacional, republicano y liberal.

La visión más trágica de los ateneístas —quizás más realista al recordar matanzas independientes cuyo año emblemático lo cifra 1863— es irreconocida por una razón filosófica hegemónica, bastante tradicional. “En nuestro Estado no podemos admitir otras obras de poesía [e historia] que los himnos a los dioses y los elogios de los hombres grandes” (Platón 1973: 289). El civismo habita “la ciudad del silencio y del olvido” (Ramírez Peña 1912: 99).

III. …a la independencia como problema

III. 1. José Dolores Corpeño

Si no existe proceso de independencia y la libertad imprevista expresa “sed de sangre”, Dols Corpeño se pregunta por las razones del “espejismo de mil ochocientos veintiuno” y del “cauce sangriento [que] se abrió en tierra centroamericana” debido a esa “contingencia” (Dols Corpeño 1914: 14). He aquí resumida su posición crítica que el propio presidente en turno, Manuel E. Araujo caracteriza de “alta aristocracia del talento” (“Alocución dicha el 3 de julio de 1913”, citado en Dols Corpeño 1914: 3).

El espejismo de mil ochocientos veintiuno —asonada que «casualmente», sin un gesto heroico, saludamos como nacimiento de la Patria— [es una] ficción deslumbradora de soberanía [cuya] fatalidad [produjo] matanzas y debates fratricidas [en pueblos que] jugaban a la libertad, como jugar a las muñecas [con] sus manos manchadas de sangre. [Si deseamos testimonio vivo], fijemos los ojos en la huella triste que señala en los campos el paso de la discordia y de la matanza. Pidamos una palabra a esas pirámides de calaveras que se alzan en las llanuras (Dols Corpeño 1914: 14, 19, 26 y 36; ensayo laureado)[6].

Ya eran eco lejano los acontecimientos reseñados [de 1814] cuando vino intempestivamente el amanecer de la Patria soñada […] el acta de Independencia […] no sintetiza el ideal supremo de los próceres de 1811, porque no se adoptó la resolución firme y categórica de declarar la forma de Gobierno, sino que se dejó a la deliberación de un Congreso […] los hombres de 1821 no estaban posesionados de la doctrina republicana y abrigaban temor a la  democracia. Tampoco era firme su propósito de libertad […] el espíritu monárquico vivía latente en la sociedad […] cuatro meses después tuvo Centroamérica su primera caída, al consumarse […] su anexión a México […] y guió ese atentado la aristocracia monárquica de Guatemala […] tras un violento forcejeo el 24 de junio de 1823 se logró sellar la segunda independencia [la cual] comprobaba la falta de unidad y la anarquía en los principios […] la Constitución Federal decretada el 22 de noviembre de 1824 [establecía] hermosas teorías el Presidente de Centroamérica, Manuel José Arce en abril de 1825 [se convirtió] en manzana de la discordia y quizás causa del sangriento desbarajuste […] es el ejemplo de la tiranía y la inconsecuencia [del] incremento del sangriento separatismo [seguido por la dictadura de] Mariano de Aycinena […] éste en su esfera y Arce en otra, sentaron el precedente de la guerra civil, de 1827 a 1829, una época horrenda (Dols Corpeño 1914: 53-57, 60 y 64)[7].

Su visión trágica dibuja una tortuosa línea cronológica de eventos adversos. Nos conduce de una independencia accidental que llega de afuera sin un gesta heroica (1821), la recaída en la sumisión imperial mexicana (1822), la segunda independencia que titubea en sus principios políticos rectores (1823), la tiranía de Arce y Aycinena como preludio funesto al fratricidio separatista (1825-1829), el paréntesis caudillista de Francisco Morazán quien también se impone por la violencia guerrera en Gualcho (1828-1838), el ascenso de Rafael Carrera (1839), la sangrienta “agonía” morazánida en el Espíritu Santo y San Pedro Perulapán (1839) hasta la separación inevitable (1840-1842). Esta cronología la corona “nuestra decadencia” que “de pueblos de pensadores y patriotas” descendimos “a pueblo de bárbaros”[8].

III. 2. Abraham Ramírez Peña

Por su parte, Ramírez Peña estropea la celebración del “Centenario del Primer Grito de Independencia (1811-1911)” al evocar los “estragos” bélicos del período independiente (1910: 13 y1911). Mientras todos los intelectuales que inventan una religión laica se visten de gala para recitar loas a la patria, su postura pacifista les recuerda el sino trágico de la soberanía nacional.

La cronología de Dols Corpeño —suspendida en el descalabro de Morazán (1840-1842) — Ramírez Peña la proyecta dos décadas después, la cual prosigue el sino fatídico de Centroamérica con las matanzas guatemaltecas y salvadoreñas, bajo el comando de Rafael Carrera y Gerardo Barrios (1863). El corolario “colateral” de la independencia son guerras fratricidas y despiadadas —“desastrosas carnicerías humanas […] en el transcurso de un siglo de vida revoltosa”— en las cuales con toda honra se descuartiza al enemigo, al “hermano” centroamericano (Ramírez Peña, 1910: 95 y 182).

Estamos próximos a cumplir cien años de vida independiente, y ¿qué hemos hecho durante tanto tiempo?  Destruirnos mutuamente […] ¿Cuál será el legado que el siglo viejo dejará al nuevo?  El recuerdo de tantas guerras sangrientas en las cuales el hermano mató al hermano, el padre al hijo y el hijo al padre […] Nuestra historia patria [es] reseñas horripilantes de combates que fueron verdaderas matanzas. En el parte que el general Santiago González comunicó al ministro de la guerra el día 28 de febrero de 1863 se leen estos párrafos: “el campo de Coatepeque, al anochecer del día 24 de febrero era un vasto osario: el campo enemigo cubierto de cadáveres y heridos, el cielo ennegrecido por la pólvora, la desolación y la muerte por todas partes”. Más adelante dice: “La mortandad que sufrían las tropas guatemaltecas era espantosa” […] causaba verdadero horror el campo de Coatepeque a la vista no sólo del número de muerto, sino también por el estado de ellos: por todos lados se encontraban miembros humanos, ya una cabeza, ya un brazo, una pierna, hombres divididos en dos partes, estragos cauzados por nuestra artillería, que con tanto acierto dirigieron los oficiales Biscouby y Vassel dignos de recomendación” (RamírezPeña 1910: 11-12 y 40-41).

Lo notable de la postura pacifista de Ramírez Peña contrasta con las posiciones  más convencionales que —en defensa de valores liberales y unionistas clásicos— olvidan que 1863 representa una devastación. Si por convenio “patriótico” la matanza —que despedaza enemigos conservadores y separatistas— se percibe como “memorable jornada […] en que quedaron aniquiladas hordas impositoras”, parecería que todo valor ideal resulta inmune a la práctica social, a la violencia, por la cual se realiza (Juan Gomar Año IV, No. 33, enero/1916: 620). “Conquistar laureles inmarcesibles en los campos de Coatepeque” significa coronar al vencedor gracias a la mortandad del vencido mutilado (Pedro Flores Año VI, Nos. 57-68, enero-diciembre/1918: 1214).

Por ese acto de festejo ante el estrago guerrero, se empaña la permanencia absoluta del concepto de libertad que tanto se añora. El legado inmediato de esas masacres —la orfandad generalizada, el bandolerismo, la fechoría como medio de ascenso social y proveedora de servicios legales, la identidad nacional como disfraz— lo describe la mejor novela de Ramírez Peña, Cloto (1916).

Las cifras de muertos en combate —sobre cuya “preciosa sangre […] como alfombra rojiza […] se celebra la victoria con la tradicional diana”— la estima el ensayo “El sitio de San Salvador en 1863” de Gilberto Valencia Robleto (Año XXXII, No. 164, diciembre/1944: 50-64; cita en 51-52). Carrera pierde unos “1600 hombres” el 22 de febrero; “al día siguiente […] más de 2300 bajas”; “el día 24, más fatídico para Carrera [se acumulan] cadáveres putrefactos de 5500 guatemaltecos”. Por esa matanza, se cumple “heroísmo y sagrado deber en aras de la patria” los cuales se festejan el “día 29 […] con banquetes y bailes […] ocho días de fiesta”. De sumar tales cifras totalizarían unos nueve mil cuatrocientos cadáveres en tres días, “viéndose doquiera los miembros de cuerpos; cabezas, brazos piernas, fragmentos de cráneo” (Valencia Robleto)[9].

Los estudios antropológicos posteriores ilustran la tragedia demográfica indígena que significan las guerras fratricidas las cuales se extienden por varias décadas del siglo XIX. La detallada monografía de Panchimalco que realiza Alejandro Dagoberto Marroquín ofrece información valiosa sobre los cambios poblacionales en ese municipio para los años 1807 y luego para 1860-1890 (Marroquín, 1959: 97-98). Estos únicos datos para el siglo antepasado obligan al antropólogo a contradecir tesis en boga relativas a «la famosa “consunción”» de “la población indígena […] causada por la política de los españoles a raíz de la conquista” (Marroquín, 1959: 97). Por lo contrario, las cifras de finales de la época colonial demuestran que “no hubo ningún déficit” poblacional hacia el final de ese período (ibid. P. 97).

En cambio, el declive estadístico sólo puede documentarlo para el período que abarca de 1807 a 1860. Esta reducción demográfica la explica “el reclutamiento forzoso de la mayoría de los jóvenes [indígenas] en edad militar [cuyo] destino era servir de carne de cañón […] en las guerras fratricidas [lo cual] nos lo confirma la tradición [oral de] los ancianos del pueblo” (ibid. 98)[10]. En contraste con otras regiones de Latinoamérica, en El Salvador, la violenta vida independiente —“las guerras intestinas que abundaron tanto durante el siglo XIX”— ocasiona una disminución poblacional indígena más adversa que la provocada por la colonia (lugar citado).

III. 3. Adrián M. Arévalo

Arévalo remata esta percepción crítica de una vida independiente sometida a masacres. Su novela histórica Lorenza Cisneros narra “el nuevo tutelaje que los nobles guatemaltecos quieren imponerle a mi Patria”, por lo cual se necesita una segunda independencia (1823) luego de la anexión al México monárquico (Arévalo 1912-13: 20). Relata también el anhelo fallido que representa Francisco Morazán (1792-1842) el cual culmina en “la marcha al Oriente del Estado”, y “la tremenda carnicería” en la que “rodó el cuerpo de Jorge Llerena”, prometido de Lorenza (Arévalo 1912-13: 60)[11]. “Morazán cayó porque quería la Unión a balazos” (Arévalo 1916: 40)[12].

Ella y su padre —“Juan Vicente Cisneros, Jefe Supremo del Estado”— no conciben más alternativa que “sepultarse en el fondo del olvido” (Arévalo 1912: 72). Emigran a una retirada población —quizás al mismo Perulapán o por el Espíritu Santo— “lejos de las bajas intrigas” capitalinas, luego de que “con la muerte de la Federación Centroamericana nace el reinado de los cuervos” (1840) (ibid. 73). En el in-silio (exilio interior), “la hija del enemigo acérrimo de la tiranía” —prometida eterna del “Brigadier Jorge Llerena”— “llora sus esperanzas muertas” (ibid. 74).

Este autor es el único que le concede a la mujer un papel activo en la política, incluso durante la guerra. Si Lorenza Cisneros enlutada se dedica a velar las tumbas de su padre y de su prometido, en El 63. Episodios Nacionales Histórico-Novelescos (1916), la fémina actúa como consejera, apoyo vital para el ejército de Barrios y, al cabo, al empuñar armas, personal militar diligente en la defensa de la capital salvadoreña liberal contra la invasión conservadora de Carrera.

Sin embargo, como mentora íntima de Barrios, la mujer nunca logra una posición administrativa de prestigio. “Si en mi mano estuviera a Beatriz [de Dorantes] la nombraría Ministro general del gobierno que presido”, reconoce el mismo Barrios (Arévalo, 1916: 22). Aún para la causa liberal, la esfera política regente se halla reservada a lo masculino. Como combatiente ella muestra la misma crueldad que sus colegas del sexo opuesto, al quemar vivo al enemigo guatemalteco. En nombre de la autodefensa y de la república liberal, unos “veinte soldados” invasores arden borrachos en una cabaña (ibid. 151). El terror de los invasores lo combate la barbarie de las defensoras, cuyo hondo lamento expresa no consumir vivos a más guatemaltecos en las llamas.

Achicharrar a los malditos chapines que caigan en la trampa, cuando ya estén bien borrachos. —¡Qué idea más peliaguda! […] saliendo bien la cosa, no importa como dices, pegarle fuego a la tal casa, que por cierto está bastante vieja, ya que sus llamas tostarán a unos veinte miserables. Qué lástima que no sean más […] momentos después, grandes llamas se alzaban esparciendo su luz siniestra por aquellos alrededores en donde los invasores había sembrado el terror y el espanto (Arévalo, 1916: 150-151).

Arévalo retoma la interpretación pacifista de Ramírez Peña al recordar la misma fecha emblemática del descalabro independiente en el istmo, 1863. En su segunda novela citada, El 63, la vida independiente se denomina “la danza macabra” (ibid. 87). Las guerras por la “misión unionista” —viceversa, por la separatista— concluyen en “fértiles campiñas [en Coatepeque], dando abundantes frutos, gracias a la sangre guatemalteca derramada en ellas de manera lastimosa” (ibid. 87).

Todo ideal de unión y libertad se ahoga en la hecatombe, aun sea por autodefensa. “No es dable pasar rápidamente de la lucha [fratricida] a la unión pacífica y sincera” (Conferencia de Paz Centroamericana, Washington, D. C., noviembre de 1907, citado en Ramírez Peña 1910: 148). El proyecto unificado de nación lo asfixian disputas homicidas[13]. Tal cual lo confirma el testimonio de un soldado raso que lucha hasta el descalabro liberal, el verdadero ideal consiste en vengar la muerte de su padre y la tristeza de su madre al

matar, matar más, ¡matar siempre y sin misericordia el mayor número de enemigos!  “Vengaré a mi padre –se decía a sí mismo el intrépido mancebo–  ¡Oh sí! lo vengaré aunque me cueste la vida!  ¡Pues qué!  Haber fusilado al autor de mis días esos canallas!  ¡un pobre viejo!”… en todas mis correrías logré matar veinte enemigos, herir cinco y hacer prisioneros seis. Por supuesto, los últimos fueron pasados por las armas; los heridos se murieron a la postre: por todos, pues, ¡sólo fueron treinta y uno los de mi cosecha!  Estoy satisfecho: mi padre ha de haber visto desde el cielo que, si más se me hubieran puesto a tiro, me los soplo sin remordimientos para vengar cumplidamente la muerte que le dieron a él, al pobre viejo, ¡que ya a penas podía con la fe de bautismo!… (Roque Baldovinos 1890/2008: s/p).

Esa matanza afecta no sólo a dos países hermanos enemigos, sino a una misma nación dividida en posiciones políticas en pugna. “Es verdad que no sólo fueron guatemaltecos los que pusieron sitio a San Salvador, para derrocar al General don Gerardo Barrios y acabar con nosotros: la mayor parte de los sitiadores fueron salvadoreños y muy legítimos guanacos” (Roque Baldovinos 2008: s/p)[14].

Desde sus inicios, la nación salvadoreña se halla seccionada en bandos enemigos que se combaten a muerte. El ensayo de Valencia Robleto revela la división interna de la nacionalidad salvadoreña  por la alianza del “Doctor Dueñas” con Carrera, quien cuenta con el apoyo de “todos los demás generales y notables de Santa Ana, Sonsonate, Santa Tecla […] los Guirola, Orellana, Duke, Gallardo, los Sol, Cáceres, Olivares, Alcaine, Liévano, Escalón, Dubón y los generales Choto”, así como por la traición del general Santiago González a cargo de Santa Ana (No. 164, diciembre/1944: 55-57).

“Caudillaje y tiranía” reinan “en el campo libre, campo de lucha de la codicia y de la desvergüenza humana, de la matanza y de los debates fratricidas” (Dols Corpeño, 1914: 19). Ante la mortandad, en unión borgeana de los opuestos, no se sabe quién es traidor, quién es héroe. Y “la Gloria” republicana nos confiesa: “he visto sus manos manchadas en sangre. ¿Cuál es Caín?  ¿Cuál es Abel?  ¿Cuál es Judas?  ¿Cuál es Jesús?  —No sé… Profundo silencio” (Dols Corpeño, 1914: 30)[15]. Lo insigne se confunde con lo villano, ceñidos ambos por una oscura violencia bajo la cual hechos y valores “son pardos” (proverbio popular, “de noche todos los gatos son pardos”, léase, “bajo la violencia generalizada, todos los valores son pardos”).

Años antes que el Ateneo inicie el debate sobre la independencia, Alberto Masferrer (1901/1996) anticipa la perspectiva pacifista que no celebra ese evento sin recordar su legado trágico. Para el maestro, hay dos corrientes complementarias fluyendo de manera paralela: “ríos de oro y ríos de sangre” (lugar citado). La primera vertiente desemboca en el civismo y en la celebración heroica de las gestas por lograr la formación de la patria salvadoreña. La segunda se concentra en la herencia de guerras y matanzas post-independentistas.

Si la autonomía política es un “bien”, una promesa dorada, la vida autónoma inaugura incesantes masacres que se legitiman en nombre de ideas abstractas tales como la unión, la libertad, la república, etc. Esta discrepancia entre los arquetipos ideales y la realidad histórica crea, según Masferrer, el fratricidio entre las nacionalidades centroamericanas y la tiranía como forma de gobierno. Su resultado lo expresa la “faz revolucionaria de nuestra historia” en la cual el poder alterna por la lucha armada sobre el rival (Masferrer 1996). Sea liberal o conservadora, la nación acaba en el militarismo que justifica el alcance de la libertad por la fuerza bruta.

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[1]. Para evaluar la importancia de “instrucción cívica y moral práctica”, considérese que todos los autores pacifistas que el presente artículo redescubre permanecen en el olvido del canon literario nacional. Pese a su ideal por recolonizar el país con población europea del Mediterráneo, a Guzmán lo honra el nombre del actual Museo Nacional de Antropología (MUNA), como si su anhelo por eliminar lo indígena y blanquear racialmente el país se hallaran a la orden del día, o, al menos, fuera de toda crítica.

[2]. La utopía de una “Nación que pertenece a todos” por el “auxilio de la Ciencia” y del “Arte”, inaugura el Libro Araujo, Dols Corpeño Turcio 1914: 10.

[3]. Pero admite que “el Sol del Unionismo” implica “fresca sangre”, a saber, “derramar la sangre” (Merlos, 1918: 1206-7), sin atreverse a asociar este hecho con matanzas que enturbian los ideales.

[4]. La independencia como “ficción deslumbradora”, “espejismo” y demás sinónimos, la defiende Dols Corpeño 1914: 10 y 14.

[5]. El término lo aporta el título del trabajo de Monterey 1943/1977: 49-60; lo secunda García 1952: 307-308.

[6]. Lo secunda García, 5 de noviembre (1914: 49), “nuestras fratricidas luchas [comienzan en] El Espinal [con la oposición] de Delgado a la incorporación de Centro América a México”. La anexión la apoyan Santa Ana y San Miguel, departamentos salvadoreños que San Salvador debe obligar a aceptar la autonomía. Otros apologista de Delgado, Martínez Suárez (1911: 37) califica la batalla en “el hacienda El Espinal” de “la primera que se libró entre hermanos […] precedente de discordia, funesto para el porvenir”. Según Durán, 1961: 200, era la “primera acción sangrienta entre hermanos”.

[7]. López Vallecillos, 1967: 375-36, “Arce [de] carácter fuerte y caprichoso [y] de proceder violento, dictatorial”. En contraste, leemos la loa cívica de Próceres (Castro, 1911: 75) para la cual Arce es “noble soñador, caballero andante de la libertad”.

[8]. Sobre 1825-1829, véase: 5 de noviembre, 1913: 27; véase también, No. 106, marzo/1926: 4103-4 que reproduce  un documento de 9 de mayo de 1829 acusando a Arce de hacer “la guerra […] destrucción y muerte” para perpetrarse en el poder lo cual señala “su hora triste” de benemérito a cuadillo, al igual que Dols Corpeño, 1914: 69. En contraste a la posición pacifista del Ateneo, pueden leerse los versos militaristas de uno de los fundadores de la literatura nacional salvadoreña,  Francisco Gavidia (1974 : 255), los cuales invocan a la guerra, siempre “justa”. “¡Oh pueblo!, alza tu brazo/Y lucha y vence, o muere,/antes que profanadas e iracundas/huyan las santas sombras y nos dejen”.

[9]. El mismo autor evalúa en “más de 18.500 hombres” el ejército de Carrera que invade El Salvador en julio/1863  (Valencia Robleto Año XXXII, No. 164, diciembre/1944: 55). Sobre su “cuadro horripilante, sombrío, aterrador”, se erige “gloria y laureles inmarcesibles” de Barrios y sus generales (ibid. pp. 53 y 51).

[10]. Este declive demográfico indígena Marroquín lo censura de su trabajo canónico sobre la independencia, el cual se concentra en elaborar una apología del pueblo salvadoreño mestizo (Apreciación, 1974). Marroquín concluye identificando la nación salvadoreña con una sola cultura y una raza, de suerte que su propuesta antropológica crítica se reviste de un sesgo biológico conservador. “En la medida en que crece y se desarrolla la cultura mestiza, más se aproxima la era de su triunfo con el cual El Salvador llegará a ser una auténtica república […] de hombres libres [sin] limitaciones mezquinas del interés económico o desigualdades provocadas por la distinta pigmentación de la piel” (1974: 105). La emancipación salvadoreña sería un acto de unificación racial indo-hispano, antes que de orden estructural como lo pretende la teoría marxista clásica. Su negación de casi toda población salvadoreña negra la desmiente la documentación primaria. “Había un gran motín o molote de pardos […] muchos mulatos del Barrio de abajo y a quienes cabeseaban o capitaneaban el Negro Franco Reyna, Juan de Dios Jaco y Tiburcio Moran” (García, 1940: 16 y ss.).

[11]. ¿Se trata de San Pedro Perulapán o Espíritu Santo, 1839?. “La sangre de San Pedro Perulapán y el Espíritu Salto en 1839”, la confirmaría Dols Corpeño (1914: 67).

[12]. Durán (1961: 374): “Morazán humill[ó] a los conservadores y desemboc[ó] en la dictadura”. Ambos autores se contraponen a la exaltación que Gavidia realiza de Morazán en su incitación militarista y en la loa de la acción guerrera, véanse los versos citados en la nota 9.

[13]. Si resulta cierto que “el cariño y estimación que el pueblo salvadoreño, principalmente el de la capital, profesó al General Barrios y a su esposa Adela, consistió en que para ellos no había distinción de clase”, sus presuntos descendientes traicionan los principios de igualdad al anhelar posiciones aristocráticas (Arévalo, 1912). En Ricardillo (1961) de Enrique Córdova, doña María de la Paz organiza una fiesta “para dar muestras de su gran linaje y deslumbrar a la concurrencia”, a quien atiende sentada en “sillones forrados de terciopelo rojo y brazos dorados. En la pared lucían dos retratos al óleo: el del General Barrios y el del fundador de la familia de la engreída doña María de Paz […] teniendo al lado un atril con el libro en letras azules que contenía el árbol genealógico” (Córdova, 1961: 81-82). Todos los ideales del liberalismo en Barrios se diluyen en sueños de ostentación conservadora de la familia Paz. La gesta republicana se reduce a la búsqueda de ascenso social de los sucesores, quienes deberían conservar su legado.

[14]. La saga militar de Barrios la restituyen documentos primarios que reproduce la Revista del Ateneo (Nos. 111-112, Año XIII, agosto-septiembre/1926: 4362-4390 y 4429-4458): su viaje a Nicaragua a combatir contra William Walker (1856), el inicio de lucha por el poder a falta de enemigo común, el intento de insurrección contra el presidente salvadoreño Rafael Campo y la enemistad con Dueñas (junio/1857), senador durante la  presidencia de Miguel Santín del Castillo (febrero/1858), el conflicto entre el poder laico y el religioso (septiembre/1861), la misa de gracias y Te Deum en la capital luego de matanza de guatemaltecos en Coatepeque (1863), etc.

[15]. Contrástese la posición pacifista de Dols Corpeño con la apología de Próceres (Castro, 1911) que idealiza la acción de los fundadores de la patria en sus “virtudes” (79), “sin mancha” de crimen (83), ni pecado original. A la violencia generalizada, el civismo opone “un deber patriótico para que a su presencia se exalte mi fantasía” (79). Hay que olvidar toda violencia fundadora y acallar las víctimas de la historia.

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Rafael Lara-Martí­nez
Investigador literario, académico, crítico de arte. Salvadoreño, reside en Francia. Columnista ContraPunto
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