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viernes, 03 de diciembre del 2021

La ilusión de crecimiento económico en Estados Unidos

Otra epidemia alarmante que no aparece en el PIB o en los í­ndices de desempleo es el enorme aumento de la ansiedad de los estadounidenses.

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NUEVA YORK ““ La polí­tica nacional en Estados Unidos se ha vuelto esclava de indicadores macroeconómicos que tienen poca relación con el bienestar real. Para muchos comentaristas, la instantánea de una tasa de crecimiento del 3,2% durante el primer trimestre de 2019, combinada con una caí­da del í­ndice de desempleo al 3,6% en abril, implica la reivindicación de las polí­ticas económicas del presidente Donald Trump y, según algunos, aumenta sus chances de reelección.

Pero esta interpretación no tiene en cuenta lo que estos indicadores no miden. Y lo que no miden es lo que realmente importa a la opinión pública.

En su defensa de la rebaja impositiva de 2017, a la que le atribuye un 1,1% más de crecimiento anual del PIB en 2018″‘2019, el economista de Harvard Robert J. Barro escribe: “Doy por sentado que un crecimiento económico más rápido es mejor que un crecimiento económico más lento” porque “millones de personas se benefician de tasas de crecimiento más altas, que suelen estar acompañadas por mayores salarios y menor desempleo, lo que ayuda especialmente a los menos favorecidos”.

Pero siempre es mejor no dar nada “por sentado”. Ya que es un firme creyente en la racionalidad de la gente, Barro deberí­a considerar lo que la gente dice en realidad. Según la última encuesta de Gallup, el 40% de los estadounidenses aprueba la rebaja impositiva de 2017, contra un 49% que la desaprueba; una valoración neta negativa confirmada por varias otras encuestas recientes. La opinión pública ve más allá de una mejora temporal del gasto y se preocupa por el aumento de la desigualdad de ingresos y riqueza y por el creciente déficit fiscal. Siguiendo a Barro (a través de Ricardo), lo más probable es que prevean futuras subas de impuestos.

El rechazo continuado a la rebaja impositiva no es la única señal de descontento popular; hay otras incluso más notorias. El paí­s está dividido a partes iguales en su valoración de la situación económica general; una mitad la describe como “excelente” o “buena” y la otra mitad como “regular” o “mala”. Un 49% de los estadounidenses cree que la situación económica está mejorando, mientras que el 50% considera que está empeorando o se mantiene igual. En términos generales, sólo el 31% está satisfecho con el rumbo del paí­s, y el 67% está insatisfecho.

Los indicadores macroeconómicos no expresan todos los aspectos de la calidad de vida. Por ejemplo, pese a la expansión de la economí­a estadounidense en años recientes, el paí­s padece una crisis de salud pública en aumento. Estados Unidos tuvo dos años consecutivos de reducción de la expectativa de vida, en 2016 y 2017; fue la caí­da consecutiva más larga desde la Primera Guerra Mundial y la posterior epidemia de gripe. Pero la caí­da actual obedece a la desesperación, no a la enfermedad. Los í­ndices de suicidio y las sobredosis de opioides están en alza.

Otra epidemia alarmante que no aparece en el PIB o en los í­ndices de desempleo es el enorme aumento de la ansiedad de los estadounidenses. Gallup lo expresó de este modo: “Pese al éxito de la economí­a, el año pasado más estadounidenses estuvieron estresados, enojados y preocupados que durante la mayor parte de la década pasada. Cuando se les pregunta cómo se sintieron ayer, en 2018 la mayorí­a de los estadounidenses (55%) dijo haber experimentado estrés durante gran parte del dí­a, casi la mitad (45%) dijo haber sentido gran preocupación, y más de uno de cada cinco (22%) dijo haber sentido mucho enojo”. En 2018, la trí­ada estrés”‘preocupación”‘enojo llegó a un triple máximo decenal en Estados Unidos, que durante ese año fue el séptimo paí­s más estresado del mundo, menos que Grecia, Filipinas e Irán, pero más que Uganda, Turquí­a y Venezuela.

Estas medidas de estrés se condicen con otro hallazgo notable: la felicidad declarada de los estadounidenses también disminuyó en 2018. Ante la pregunta de Gallup de cómo calificarí­an su vida en una escala de cero (pésima) a diez (óptima), la respuesta promedio de los estadounidenses en 2018 fue 6,9, contra 7,0 en 2017 y 7,3 en el perí­odo 2006″‘2008. A pesar del aumento del PIB per cápita, la satisfacción declarada con la vida disminuyó durante la década pasada. En 2018, Estados Unidos quedó en 20.º lugar en el Informe Mundial de Felicidad, y en la mitad inferior de los paí­ses de la OCDE (en 2016″‘2018 estaba en el 19.º lugar).

Incluso en sí­ mismos, los datos referidos al PIB y al nivel de empleo son menos impresionantes de lo que dan a entender los titulares. Por ejemplo, el crecimiento del PIB durante el primer trimestre muestra un aumento de inventarios, que puede ser presagio de una desaceleración del crecimiento de la producción en los próximos trimestres. Y en cualquier caso, sólo es una estimación preliminar. Asimismo, aunque una baja del desempleo es indudablemente alentadora, parte de la caí­da informada en abril refleja una reducción de la fuerza laboral. Sobre todo, la tasa de empleo sigue muy por debajo de su máximo anterior. El í­ndice de empleo de la población civil en abril de 2019 estuvo en el 60,6% de la población en edad de trabajar, cayendo desde el máximo anual del 64,4% en 2000. El bajo nivel actual de la tasa de desempleo en Estados Unidos se debe en buena medida a que muchos estadounidenses mal remunerados salieron de la fuerza laboral.

Una mayorí­a de los estadounidenses no están felices con el rumbo de su paí­s ni son tan ingenuos como para pensar que la rebaja impositiva de 2017 es una solución a sus males. A diferencia de muchos macroeconomistas, la gente sabe que la vida es mucho más que un aumento a corto plazo del crecimiento del PIB o una caí­da temporal de la tasa de desempleo. Estos indicadores son en el mejor caso una foto borrosa que no tiene en cuenta el futuro, ni el reparto desigual de los resultados, ni el alto y creciente nivel de ansiedad de los estadounidenses que conviven con una atención médica demasiado cara, deudas estudiantiles inmensas y falta de protección laboral. Tampoco tienen en cuenta la reducción de la expectativa de vida y la carga creciente de abuso de sustancias, suicidios y depresión.

Es hora de que los economistas, los analistas y los polí­ticos adopten una mirada holí­stica de la vida en estos tiempos y se tomen en serio los cambios estructurales a largo plazo necesarios para resolver las diversas crisis que aquejan a Estados Unidos y muchos otros paí­ses: de salud, de desesperación, de desigualdad y de estrés. Los ciudadanos estadounidenses, en particular, deben reflexionar sobre el hecho de que en muchos otros paí­ses la gente se siente más feliz y menos preocupada, y vive más años. En general, los gobiernos de esos paí­ses no están rebajando impuestos a los ricos y recortando servicios al resto. Atienden al bien común, en vez de beneficiar a los ricos y señalar estadí­sticas económicas ilusorias que ocultan más de lo que muestran.

 

Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Gestión y Polí­tica Sanitaria y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. También es director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

 

Copyright: Project Syndicate, 2019. www.project-syndicate.org

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Jeffrey D. Sachs
Profesor distinguido de la Universidad de Columbia y director de su Centro de Desarrollo Sostenible. También es presidente de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de la ONU
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