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martes, 11 de mayo del 2021

INÉDITO Y EXCLUSIVO: Memoria de Mí

Las letras sensibles de Ricardo Lindo nos llegan al cabo del tiempo infinito para "acurrucarse " a un costado del corazón para decirnos con voz risueña, del niño que siempre fue, que pese a que el mar está embravecido, habrá esperanza en nuestra tierra trémula, porque siempre habrá amor e ingenio

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Estimado Juan José:

El 23 de octubre cumple tres años de muerto mi hermano Ricardo. En el apartamento de mi hermana en Madrid encontramos un texto autobiográfico que él escribió posiblemente en los años 80. Es un poco largo, diez páginas mecanografiadas, pero a mi hermana Astrid se le ocurrió que tal vez ContraPunto se podría interesar en publicar algunos segmentos. El escrito es la quintaesencia de Ricardo, al leerlo lo ves hablando.
No sé si cabrá en la línea editorial de ustedes, pero si les interesa, podemos platicar. Si no, no es problema en absoluto. Solamente queremos encontrar una forma apropiada de conmemorarlo.
Saludos cordiales,
Héctor y hermanos

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Memoria de Mí

Antiguamente me sucedió estar vivo. Eso creo, de noche, era, creo, de lluvia. El filo de la luna cortaba las estrellas fugaces, los obispos de la luna la hacían crecer y disminuir en sus retortas de cristal.

Del vientre de la luna nació mi alma, un alma hermosa, aunque amarillada y con manchas, como un pergamino. Lo que leerán a continuación es lo que la vida escribió en ese pergamino. Pero cuando lo lean, yo ya estaré muerto.

Nací en San Salvador del 5 de febrero de 1947. Mi padre se llamaba Hugo, era escritor y abogado. Mi madre se llama Carmen, pero siempre ha sido conocida como Carmencita, porque todo en ella, aunque sea noble y sereno, es humilde. Esas cualidades de mi madre son algo sin lo cual mi vida y la de mis seis hermanos se hubiera vuelto muy difícil, dado que mi padre, aunque lleno de sólidos valores, era de carácter inestable y fácilmente irritable.

Mi más remota memoria es en un pueblo caliente y misterioso, llamado Sonsonate, donde mi padre era Juez.

Quedó grabada en mi mente una procesión donde mi hermana Matilde salía con grandes alas blancas, pues la habían elevado a la dignidad de ángel, y creo que esa alba vestidura y esas alas no hacían sino revelar su íntima naturaleza, como el tiempo se encargaría de comprobarlo. Pero entonces yo sentí celos de sus alas, sin saber que ser ángel implica muchas responsabilidades, que más vale no intentar asumir.

La procesión tuvo lugar de noche, entre faroles de papel. Lejos brillaba el volcán de Izalco, esa montaña situada a proximidad de la costa, cuyo fuego perpetuo servía de foro a los marinos. Ahora ha optado por el silencio. Pertenece a la mitología de un pueblo, y también a mi pequeña mitología inmensa. Ya que de una vez para siempre, mi frente fue señalada por los mitos.

Cantan ranas en mi memoria. Vienen de un pozo en una casa enorme, donde ninguna pared está pintada. Cantan ranas.

Mis abuelos paternos están momentáneamente con nosotros. El viejo es jardinero, y me está explicando junto al pozo por qué las ranas se oyen y no se ven, pero he olvidado su explicación. Ya debo ir a la cama, que está cubierta por una estrecha rejilla de alambre para protegerme de los mosquitos. Mis hermanos están acostados, mi abuela hace faroles de papel celofán. Sin duda habrá otra procesión, esta vez en San Salvador, pues ya vivimos en la capital.

Después viviremos con los dos viejos, siempre en San Salvador, pero en una casa pequeña. La familia ha crecido, los niños somos cinco. El menor de mis hermanos está enfermo y próximo a la muerte, la loma aledaña al patio está en llamas. Mi padre está lejos. Suena el teléfono, y es él. Pregunta si todo marcha bien, y mi madre, haciendo de tripas corazón, responde que sí. Más tarde sabríamos que él no había marcado. El teléfono sonó extrañamente en un café donde él estaba de paso, y lo llamaron a contestar. Nunca nos lo aclaramos.

Pero el incendio no alcanzó la casa, y Héctor vive, joven y espero que feliz, en las azules costas de California.

Yo veía duendes. Eran dos, y venían de un país lejano, donde caía la nieve. Acaso esos espíritus bienhechores eran mis ángeles guardianes.

Pero estamos en Chile, donde mi padre ha sido nombrado Encargado de Negocios, y donde será más tarde Embajador. Los abuelos ya han quedado atrás.

La casa tiene un jardín hermoso, y un bello pimiento a cuya sombra dormíamos la siesta en el verano. Pero ahí conocí el frío y la nieve. El perfil de la cordillera está siempre en el horizonte. Mis duendes se han extraviado en el camino, aunque al fin haya nieve de verdad.

Los niños del barrio éramos muy unidos. Recuerdo sobre todo, a Sergio, el hijo de un abogado, y a Pachi, el hijo de un taxista. Éste último siempre andaba inventando cosas. Cuando hicimos carretones para deslizarnos, el suyo era una obra maestra. Después hizo una linterna mágica con una caja de zapatos, y pintó cuidadosamente sobre una banda de papel encerado por una cara, todas las banderas del mundo. Fue una memorable sesión de cinematografía.

Ricardito en Chile

Al terminar, junto al brasero, su madre nos dio el infaltable té de los chilenos, y unas tostadas chorreantes de mantequilla dorada.

¿Por qué escribo ahora todo esto, tantos años después?… ¿Tiene todavía sentido recordarlo? Acaso la poesía no es sino un esfuerzo de la melancolía, aunque más raramente sea el fruto de la exaltación que produce la belleza. En todo caso, yo ya padecía por entonces del solitario vicio de escribir.

Veo las dunas junto al mar helado, las pobres casas de Valparaíso cayendo por la falda de un monte, como una cascada rumbo al mar, con la ropa colgada en las ventanas como si fueran velas.

Una luz de niebla pasa sobre las cosas de la memoria, como un alma muy grande. Chile del gran mar gris.

Cuando llegaba la mañana del 15 de septiembre, era de rigor que la banda de carabineros fuera a tocar a nuestro jardín el himno de El Salvador y el himno de Chile. Todo el barrio estaba presente, y era necesario repartir empanadas chilenas, con sus pasas, sus aceitunas y sus alcaparras.

En alguna excursión a la cordillera, vi el transparente origen del río Mapocho, donde se iban fundiendo los cristales de nieve.

Pero la soledad ya estaba en mi mirada, y ahí se acurrucó y se quedó para siempre. Muchos años después, en París, reconocía en la voz de Milosz algo que venía de muy adentro de mí:

                             

Soledad, madre mía, vuelve a decir mi vida. He aquí

el muro sin la cruz, y la mesa y el libro

cerrado. Si lo invisible, largo tiempo esperado,

llamara a la ventana, como el petirrojo del corazón helado

¿Quién se levantaría entonces para abrirle?

La caída de una sola hoja

llena de horror el mudo corazón del bosque

Dediqué largas horas a traducir los versos de ese príncipe lituano que había escrito en francés.

Me anticipo a los hechos, los recuerdos errantes adoptan las palabras que no deben, y sacan del pasado lo que al futuro corresponde, o al menos a esa suerte de futuro que es un pasado más reciente.

Tras seis años de estadía, dejamos Chile. Astrid había nacido allá. Eramos, por orden, Matilde, yo, Arturo, Irmita, Héctor y Astrid. Más tarde, ya en el momento en que otras mujeres pierden la fertilidad, mi madre recibió la visita de la cigüeña y la inesperada presencia de Oscar vino a sumarse a nuestras vidas.

Vea las inmortales letras de Ricardo Lindo: Memoria de Mí, en pdf 

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