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Forjando perdedores

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Por Nelson López Rojas

Decía el sociólogo francés François Dubet que la escuela actual produce desigualdades, no de acceso, sino de igualdad de oportunidades para que se pueda hablar de una educación justa para todos. La pandemia evidenció aún más la brecha desigual que existe en todos los niveles educativos del país: desde los que tienen que estudiar a fuerza de folletos, pasando por los que compran saldo para poder conectarse a sus clases hasta llegar a los que tienen tecnología de punta y todo un aparato a su disposición para triunfar académicamente.

La creencia de Dubet es que una escuela justa es aquella donde se trata de la mejor manera a los más débiles. Amén. Pero ¿quiénes son los más débiles? ¿Los que no pueden pagar? He visto padres que se esfuerzan por pagar un colegio privado para sus hijos aunque les cueste salir con las mensualidades. He visto estudiantes brillantes con pocos recursos y malas notas y estudiantes pudientes con buenas notas y sin conocimiento alguno. He visto estudiantes de educación básica que le echan ganas y he visto a estudiantes de doctorado que pagan por notas para avanzar en su afán.

Los estudiantes se distraen fácilmente en las clases virtuales y suelen perder el hilo de la conversación si uno como docente se dedica nada más a dictar el contenido como en un monólogo. Por años se ha estudiado el período de atención de las personas y la mayoría de estudios coinciden en que el “attention span” de los adultos es de 20 minutos como máximo. Entonces, no se trata de culpar a los individuos por su falta de disciplina o motivación sino que hay que buscar que las actividades varíen para que no sea tedioso pasar na hora en lo mismo frente a la computadora. Ahora bien, si los estudiantes tuvieran iniciativa para buscar la información de lo que en realidad les interesa, los resultados fueran distintos: se tendrían clases dinámicas con alta participación, clases donde el alumno voluntariamente encienda la cámara para socializar con los demás y clases donde la interacción alumno-maestro-alumno forje distintas conexiones de aprendizaje.

Aunque en la actualidad existen varios métodos de enseñanza para adecuarlos a cada necesidad de los estudiantes, curiosamente hay muchos docentes que, sin entusiasmo, siguen colgando un solo PDF en sus aulas virtuales y ya. Tampoco se trata de colgar video tras video que encontraron por las redes. Es esa la clase magistral o, según muchos, el aula invertida. ¿Y las necesidades de los educandos? No estamos en condición de hablar de competencias ni de aulas invertidas. Cada quien hace lo que puede con lo que tiene. O con lo que quiere hacer.

La educación debe ser integral, pero claramente en nuestro medio hay una tensión entre lo integral y lo académico. No se puede exigir al estudiante más de lo que académicamente puede rendir pidiendo trabajos día y noche, trabajos que ni el docente revisará y que no sirven nada más que para colapsar y frustrar a los alumnos. Hay que tomar en cuenta lo físico, lo emocional y la vida hogareña, laboral y social de los educandos. Muchos de los docentes hora/clase dan su clase y se van, pues se les paga por eso. Quizás a veces no sea la norma que haya desinterés del docente o falta de compromiso, pero si alguien tiene una pregunta fuera de su hora no podrá hacerla porque el docente, mal pagado, tiene que ir a otra institución a dar otra clase.

Aunque encender la cámara le permite al docente conocer a su grupo y poder humanizar un poco el proceso de enseñanza, para el alumno encender la cámara a la hora de clase en la virtualidad es una hazaña horrorosa. Hay quienes no lo hacen por miedo a la burla o al acoso cibernético por sus condiciones de pobreza o porque no tienen un lugar dedicado para recibir las clases; hay quienes no se sienten cómodos por su autoestima o quizás por la falta de privacidad y por las interrupciones de la lluvia, los apagones, la familia, vecinos, mascotas y hasta del camión de las verduras.

La salud mental de los educandos ni de los maestros tampoco se ha tomado en cuenta. Hay alumnos que han tenido problemas de concentración sin que nadie les apoye al respecto. Se dice que son haraganes y que en mi época de estudiante yo trabajaba, estudiaba y cuidaba a mi familia. Así fue, querido docente, pero los tiempos cambian y las distracciones también. Recordar los propios años de juventud con una versión fantasiosa de nuestra realidad no nos da el derecho de juzgar a los nativos digitales. Pero también hay maestros que hacen salas grupales de reunión para desligarse del estrés de la clase y sacar a su perro al patio o para revisar las publicaciones de sus amigos.

En el contexto actual pos-pandemia es imperante repensar la educación a todo nivel y que el éxito o el alumno ideal no se presenta en una sola forma. Hay que tener un plan para atender los efectos negativos de la educación tanto en lo social como en la salud de maestros y alumnos y no llamarlos de fracasados por no calzar dentro de nuestros estándares. Es necesario repensar la forma de enseñar, que la enseñanza sea acorde a las necesidades cambiantes de los educandos y que las clases tengan en cuenta lo académico con lo que los estudiantes sienten, ven y viven.

¡Ya es hora que tengamos esta conversación! Es fundamental que pongamos nuestras experiencias y nuestras reflexiones sobre el tapete para que la educación en nuestro país cambie de una vez por todas.

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Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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