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miércoles, 3 junio 2026
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El San Salvador que yo quiero

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"El San Salvador que yo quiero no es ese San Salvador para turistas que ahora tenemos, ese que parece sacado de un catálogo de AirBnB": Nelson López Rojas.

Por Nelson López Rojas.

Hace años me dio por escribir sobre el país que yo quiero. Que si un país diverso, inclusivo, empático, un país donde el “vaya pues” no fuera excusa para la mediocridad. Todo muy lindo, muy aspiracional, y aunque muy quejisto, ahí quedó, en papel. Ahora me toca sincerarme con algo más cercano, más inmediato, más visceral: el San Salvador que yo quiero, y no como cuando fantaseaba con la idea de ser alcalde y me preguntaba por qué los candidatos venían de afuera de San Salvador y no de adentro, no. Quiero sincerarme con la incoherencia que nos invade y que aceptemos lo que somos (aunque duela). Aceptarse no significa resignarse: significa no andar queriendo venderle al mundo que el nuevo centro histórico es la Champs-Élysées. No, brother, no es París. Es San Salvador con maquillaje bajero que a la primera sudada se corre todo.

Yo quiero una ciudad que no sea el Disneyland de los alcaldes de turno. Hasta ahora San Salvador ha sido como esos muñecos de feria que le ponen peluca nueva, lo paran debajo de la carpa, y todo mundo aplaude la “renovación”. Pero al final, si le ponés atención, sigue con olor a humedad y a ropa rancia. Aceptémoslo, querido manodiobra, ningún alcalde va a salvarnos, y si no me creés, recordá que ya pasamos por todo el catálogo desde los que venían de ONG, los que venían de partidos, los que venían de colonias fifís, los que venían de “afuera”… y el resultado ha sido el mismo: San Salvador sigue siendo un experimento urbano que ni Frankenstein habría cosido con tanto descuido.

El San Salvador que yo quiero no es ese San Salvador “para turistas” que ahora tenemos, ese que parece sacado de un catálogo de AirBnB. No. Yo quiero un San Salvador que entienda lo que es vivir en él. Que entienda lo que significa buscar parqueo en el estacionamiento Morazán, ese infierno donde uno sale con las llantas chuecas y el hígado dañado. Quiero una ciudad hecha por gente que conoce el centro, no por arquitectos de satélite que en su vida han pisado la avenida Cuscatlán ni saben dónde quedaba el cine Apolo.

Pero fuera de chiste, ¿qué clase de sádico planifica un “centro histórico peatonal” donde tenés que caminar diez cuadras bajo el ardiente sol de Apolo (el dios, no el cine) para llegar a una parada de bus? Eso no es de Dios, eso no es urbanismo, eso es cardio forzado con deshidratación incluida. Si a vos te parece buena idea, decime, ¿dónde dejás a la abuelita de 80 años que va a la unidad de salud y tiene que cruzar todo el vía crucis de la Juan Pablo II? No seás desalmado.

San Salvador es una ciudad de contradicciones. Por un lado, queremos que se vea bonita pal Insta, con cables enterrados y tal, y que hasta se maquilla para las fotos; por otro, seguimos inundándonos porque nadie, ni de un partido ni del otro, ha tenido voluntad de cambiar las obsoletas alcantarillas. Nos fascina maquillar la ciudad mientras ignoramos los drenajes, los pulmones verdes, la gente que vive aquí desde hace décadas. Cada lluvia nos recuerda que debajo de la pintura sigue estando la podredumbre estructural y que el “reordenamiento” es solo una estampa que tapa décadas de negligencia. Modernidad según Instagram, caos según la realidad.

El centro histórico durante décadas estuvo abandonado, y ahora lo gentrifican para turistas y selfies, expulsando a los vendedores de café de a cora y a los sorbeteros de carretón, a los mesones de toda la vida, a la gente que hacía del espacio su hogar. “Váyase, váyase, váyase”, como si fueran perros. Pero si en Nueva York o en Río de Janeiro conviven los vendedores callejeros con los de marca, ¿por qué acá no? 

Ahora los edificios se venden como “espacios estratégicos”, los apartamentos de vivienda popular en Candelaria o en el Modelo siguen siendo un proyecto de promesas de campaña, y la ciudad sigue sin pensar en quienes tienen que caminar bajo el sol o la lluvia. Todo para que la foto quede bonita, claro. Y si creíamos que esto no podía empeorar, ahí está la finca El Espino, el último pulmón de la capital, en la mira de la Asamblea Legislativa. Van a levantar ahí el nuevo CIFCO, desplazando gente y matando el alma verde, como si la ciudad tuviera oxígeno de sobra y espacio infinito. A mí no me preguntaron si quería un centro de convenciones ahí. A vos tampoco. Hay otros de lugares en el sur de San Salvador donde se podría construir y desarrollar sin destruir lo que queda. Pero no, todo se concentra de un lado, en nombre del progreso que solo sirve para las fotos.

La ciudad nos ahoga también en lo cotidiano. Nos gusta culpar al ciudadano de a pie por la basura, por tirar un envoltorio, como si no supiéramos que, en una metrópoli de casi dos millones de habitantes con alcantarillas viejas, el problema es estructural. Y no estoy justificando al ciudadano irresponsable, pues todos tenemos que velar por la limpieza de la ciudad y dejar de pensar que “como yo pago impuestos, que los del camión la recojan”. Aquí nos encanta la ilusión de control: si enterrar cables y pintar fachadas hace que parezca limpia, ¿qué importa que se inunde el paso a desnivel de la 49? Lo cosmético es prioridad; lo vital, opcional.

Yo quiero un San Salvador donde podamos vender café al lado del Starbucks, donde los mesones no sean demolidos (o que se incendien “accidentalmente”) para hacer torres de concreto, donde la gente que vive desde hace años no sea desplazada para que unos pocos hagan su agosto. Quiero un San Salvador que acepte su olor a pupusas, a sudor y a humo, porque ese olor también es vida. Una ciudad que no pretenda ser europea ni extranjera, que no trate de borrar su historia ni a su gente. Que entienda que la ciudad no se arregla desde Santa Elena ni desde un blindado, sino caminando la calle y no solo en elecciones, observando a la gente que lucha por vivir aquí.

El San Salvador que yo quiero no está en la maqueta de la alcaldía, ni en los discursos donde todo es “reordenamiento”. El San Salvador que yo quiero está en las calles, con sus vendedores de café barato, con los cantantes y bailarines del Parque Libertad, con un transporte que no sea tortura. Y entiendo que pedir eso es como decirle al alcalde que se baje del carro blindado y camine bajo el sol del mediodía hasta la parada de 29. Cosa que nunca pasará porque el San Salvador que yo quiero no es el que ellos necesitan para la foto.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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