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sábado, 23 de octubre del 2021

El legado más preocupante de Trump

La polí­tica migratoria de Trump es espantosa en casi todos sus aspectos, pero es posible que no sea lo peor de su gobierno

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NUEVA YORK ““ La renuncia forzada de Kirstjen Nielsen al cargo de secretaria de Seguridad Nacional de los Estados Unidos no es motivo para celebrar. Es verdad que estuvo al frente de la separación forzosa de familias en la frontera estadounidense (notoria por el encierro de niños pequeños en jaulas de alambre). Pero es improbable que la partida de Nielsen traiga consigo alguna mejora, ya que el presidente Donald Trump quiere reemplazarla con alguien que ejecute sus polí­ticas xenófobas en forma todaví­a más despiadada.

La polí­tica migratoria de Trump es espantosa en casi todos sus aspectos, pero es posible que no sea lo peor de su gobierno. De hecho, identificar qué es lo peor se ha convertido en un juego de salón muy popular en Estados Unidos. Sí­, llamó a los inmigrantes criminales, violadores y animales. Pero ¿qué decir de su profunda misoginia o su vulgaridad y crueldad sin lí­mites? ¿O de que les haga la vista gorda a los supremacistas blancos? ¿O de su retirada del acuerdo climático de Parí­s, del acuerdo nuclear con Irán y del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio? Y sin olvidar su guerra contra el medioambiente, la salud y el sistema internacional basado en reglas.

Este juego morboso es interminable, porque casi todos los dí­as aparece un nuevo contendiente por el tí­tulo. Trump es una personalidad conflictiva, y cuando se vaya, deberí­amos reflexionar sobre cómo fue que alguien tan perturbado y moralmente deficiente pudo llegar a ser elegido presidente del paí­s más poderoso del mundo.

Pero lo que más me preocupa es el daño que ha hecho Trump a las instituciones necesarias para el funcionamiento de la sociedad. La agenda trumpista de “hacer grande a Estados Unidos otra vez” no se refiere, claro está, a restaurar el liderazgo moral del paí­s; más bien, encarna y celebra el egoí­smo y la egolatrí­a desenfrenados. Es una agenda económica. Lo cual nos obliga a preguntarnos: ¿cuál es la base de la riqueza estadounidense?

Adam Smith intentó dar una respuesta en su clásico de 1776 La riqueza de las naciones. Allí­ señaló que los niveles de vida habí­an estado estancados por siglos, hasta que hacia fines del siglo XVIII, comenzó a darse un enorme aumento de los ingresos. ¿A qué se debió?

Smith fue una de las mentes más brillantes del gran movimiento intelectual conocido como la Ilustración Escocesa. El cuestionamiento de la autoridad establecida que siguió a la Reforma en Europa obligó a la sociedad a preguntarse: ¿Cómo podemos conocer la verdad? ¿Cómo podemos saber acerca del mundo que nos rodea? ¿Y cómo debemos organizar la sociedad?

De la búsqueda de respuestas a estas preguntas surgió una nueva epistemologí­a, basada en el empirismo y en el escepticismo de la ciencia, que se impusieron a las fuerzas de la religión, la tradición y la superstición. Con el tiempo, se fundaron universidades y otras instituciones de investigación para ayudarnos a juzgar la verdad y descubrir la naturaleza de nuestro mundo. Mucho de lo que hoy damos por sentado (desde la electricidad, los transistores y las computadoras hasta el láser, la medicina moderna y los teléfonos inteligentes) es el resultado de esta nueva disposición, sostenida por la investigación cientí­fica básica (financiada en su mayor parte por el Estado).

A falta de una autoridad monárquica o eclesiástica que dictara el modo óptimo, o el mejor posible, de organizar la sociedad, la sociedad tení­a que decidirlo por su cuenta. Pero idear instituciones que aseguraran el bienestar de la sociedad era más difí­cil que descubrir las verdades de la naturaleza: en general, en este tema no se podí­an hacer experimentos controlados.

Sin embargo, un estudio atento de la experiencia pasada podí­a ser informativo. Habí­a que basarse en el razonamiento y en el discurso, reconociendo que ninguna persona tení­a un monopolio de nuestra comprensión de la organización social. De este proceso surgió la convicción de que es más probable que instituciones de gobernanza basadas en el Estado de Derecho, el debido proceso y un sistema de controles y contrapesos, y sostenidas por valores fundacionales como la libertad individual y la justicia universal, produzcan decisiones acertadas y justas. Estas instituciones no serán perfectas, pero se las diseñó de modo de hacer más probable la detección y posterior corrección de sus defectos.

Pero ese proceso de experimentación, aprendizaje y adaptación demanda un compromiso con la determinación de la verdad. Los estadounidenses deben gran parte de su éxito económico a un variado conjunto de instituciones dedicadas a decir, descubrir y verificar la verdad, de las que son centrales la libertad de expresión y los medios independientes. Los periodistas son tan falibles como cualquiera; pero como parte de un sólido sistema de controles y contrapesos sobre quienes ocupan posiciones de poder, han sido tradicionalmente proveedores de un bien público esencial.

Desde los tiempos de Smith, está comprobado que la riqueza de una nación depende de la creatividad y productividad de su gente, que sólo es posible promover adoptando el espí­ritu de la indagación cientí­fica y la innovación tecnológica. Y eso depende de mejoras continuas de la organización social, polí­tica y económica, descubiertas a través del discurso público razonado.

El ataque que Trump y su gobierno han emprendido contra cada uno de los pilares de la sociedad estadounidense (y su especialmente agresiva demonización de las instituciones del paí­s dedicadas a la búsqueda de la verdad) pone en riesgo la continuidad de la prosperidad de los Estados Unidos y su capacidad misma de funcionar como una democracia. A esto se suma la aparente falta de controles a los intentos de los gigantes corporativos de capturar las instituciones (tribunales, legislaturas, organismos regulatorios y grandes medios de comunicación) que supuestamente deben evitar la explotación de trabajadores y consumidores. Está surgiendo ante nuestros ojos una distopí­a que antes sólo imaginaron los escritores de ciencia ficción. Da escalofrí­os pensar quién es el “ganador” en este mundo, y en quién o en qué puede convertirse, en el mero intento de sobrevivir.

Traducción: Esteban Flamini

Joseph E. Stiglitz es profesor distinguido de la Universidad de Columbia y ganador del Premio Nobel 2001 en Ciencias Económicas. Su libro más reciente, People, Power, and Profits: Progressive Capitalism for an Age of Discontent [La gente, el poder y las ganancias: un capitalismo progresista para una era de descontento], saldrá publicado este mes en W. W. Norton y Allen Lane.

Copyright: Project Syndicate, 2019. www.project-syndicate.org

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Joseph Eugene Stiglitz es un economista y profesor estadounidense. Recibió la Medalla John Bates Clark y fue laureado con el Premio Nobel. Columnista de ContraPunto
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