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miércoles, 05 de mayo del 2021

El Imperio contra Jesús de Nazaret

El 9 de abril de 2004 publiqué en el diario EL PAíS el artí­culo “El Imperio contra Jesús de Nazaret”. Treces años después, creo que conserva toda su vigencia tanto en el análisis exegético de los textos de la pasión, apoyado en prestigiosos especialistas, como en la interpretación polí­ticamente liberadora y religiosamente subversiva de dicho acontecimiento, en el horizonte de la teologí­a de la liberación. Por eso he querido recuperarlo  y ofrecerlo como reflexión para estos dí­as de Semana Santa JJT.

Las dramáticas imágenes de la pasión de Cristo han estado grabadas en el imaginario social de varias generaciones de cristianas y cristianos que éramos arrastrados a las "misiones populares", a las procesiones de  Semana Santa, a los ví­a crucis, y nos vimos sometidos a una educación en el sacrificio que exigí­a reproducir en la propia carne los padecimientos de Jesús. Y todo ello teñido de un antisemitismo muy presente en la conciencia colectiva, que la misma religión oficial ayudaba a fomentar. Tal era el caso de los "oficios" del Viernes Santo, en los que se pedí­a "por los pérfidos judí­os", a quienes se hací­a responsables de la muerte de Cristo, definida como un deicidio. Todo esto configuraba un cristianismo sacrificial sadomasoquista.

Cuando esas imágenes empezaban a diluirse y entrábamos en un proceso de serena aproximación histórico-crí­tica a los relatos evangélicos de la pasión, apareció la pelí­cula de Mel Gibson para revivirlas en toda su crudeza y retornar a épocas pasadas. El realizador cinematográfico australiano confesaba que su decisión de rodar la pelí­cula "fue como una especie de mandato divino" y respondí­a a la necesidad de "unir el sacrificio de la cruz con el del altar". Ambas observaciones revelan el nivel providencialista e iluminado en que se sitúa Mel Gibson y los consiguientes prejuicios con que aborda cuestiones tan complejas y espinosas como el proceso de Jesús y la responsabilidad de los judí­os en su muerte.

La pelí­cula fue elogiada por las autoridades del Vaticano y pronto entró a formar parte de la videoteca personal de Juan Pablo II, quien, según algunos testimonios, tras ver la pelí­cula declaró: "Así­ fueron las cosas". La Iglesia Católica, la Iglesia Protestante y la Comunidad Judí­a de Alemania, empero, denunciaron la violencia que rezuma el film y la nueva ola de antisemitismo que podí­a despertar en Europa. Todo ello pretendí­a fundamentarlo Gibson en las visiones de la monja alemana Anne C. Emmerich y en los textos evangélicos, que ciertamente lee con mirada antijudí­a, de manera descontextualizada y sin recurrir a la mediación hermenéutica. ¿Todo sucedió en realidad como muestra la pelí­cula? ¿”Así­ fueron las cosas”?

Mis reflexiones quieren ser una aproximación a los sucesos de los últimos dí­as de la vida de Jesús de Nazaret a través de una lectura crí­tica de los textos evangélicos. Empecemos por decir que en la reconstrucción histórica de la muerte de Jesús nos topamos con una dificultad no pequeña: la peculiaridad de los relatos de la pasión, donde no es fácil separar la historia de la interpretación, la biografí­a de la teologí­a. Creo que a los estudios y filmes sobre la pasión de Cristo, y muy especialmente al de Gibson, se les puede aplicar lo que el profesor de Estudios Bí­blicos estadounidense John Dominic Crossan dice de las investigaciones en torno al Jesús histórico: que son un campo abonado para hacer teologí­a y llamarlo historia, o para hacer autobiografí­a y llamarla biografí­a (Jesús: vida de un campesino judí­o, Crí­tica, Madrid, 1994).

Lo que sí­ parece fuera de toda duda es que en la detención, el proceso y la ulterior ejecución de Jesús de Nazaret jugó un papel fundamental la espectacular protesta, o mejor, la provocación de Jesús en el Templo de Jerusalén, al arrojar al suelo las mesas de los comerciantes y dispersarlos a latigazos. Se trata de un hecho cuya historicidad no suele cuestionarse. Como asevera el investigador judí­o Geza Vermes, Jesús hizo lo que no debí­a, causar una conmoción, en el lugar donde no debí­a hacerlo, el Templo, y en el momento más inadecuado, inmediatamente antes de la Pascua (Jesús, el judí­o. Los Evangelios leí­dos por un historiador, Muchnik Editores, Barcelona, 1973).

El Templo era el lugar sagrado por excelencia y un motivo de orgullo para los judí­os. Constituí­a la principal fuente de ingresos de Jerusalén y la principal atracción turí­stica. La actividad mercantil desarrollada en él era necesaria para que los peregrinos pudieran cambiar la moneda y pagar así­ el impuesto al Templo. Asimismo, gracias al mercado, los peregrinos podí­an comprar allí­ los animales para los sacrificios, sin tener que soportar las molestias que suponí­a el tener que traerlos de sus propias casas.  

¿Qué sentido tení­a la acción de Jesús en el Templo? No parece que su intención fuera la de purificarlo. Se trataba de una acción simbólica con la que querí­a mostrar el final de la religión centrada en los sacrificios ("misericordia quiero, no sacrificios"), así­ como la protesta contra su significado económico extorsionador. Jesús declara derogado el culto sacrificial e innecesarias las actividades comerciales y fiscales que se desarrollaban en el Templo. Al perder éste sus funciones litúrgico-sacrificiales, comerciales y fiscales, ya no tení­a razón de ser. La acción provocativa de Jesús se dirige primero y prioritariamente contra los jerarcas del Templo, verdaderos responsables del establecimiento del mercado allí­. No pocos especialistas coinciden en que la provocación de Jesús en el Templo es el eslabón perdido entre el conflicto provocado en Galilea, de donde era oriundo Jesús, y los acontecimientos finales.

Con esta acción estaba tocando el nervio mismo de la aristocracia sacerdotal saducea, que consideraba el culto del Templo su núcleo fundamental tanto en el aspecto religioso como en el económico. Esa acción fue la gota que colmó el vaso de la ira de los sumos sacerdotes, quienes, junto con los escribas y los ancianos, que pertenecí­an al partido de los saduceos o estaban aliados con él, ocupan el primer plano en los relatos de la pasión. El conflicto mortal  lo tuvo Jesús no con el judaí­smo, sino con las autoridades judí­as, no con los fariseos, sino con los saduceos, que se consideraban custodios del orden nacional, basado en el Templo y en la Ley. Un orden cuestionado por el profeta de Nazaret, que confirmaba así­ su actitud de permanente desafí­o tanto a la jerarquí­a religiosa como al Imperio, y se convertí­a en el principal enemigo de ambos. Por eso, habí­a que deshacerse de él lo antes posible.

El pueblo judí­o nada tuvo que ver en su condena y posterior ejecución. La decisión de ejecutar a Jesús es de la autoridad polí­tica, concretamente del gobernador Poncio Pilato, suprema autoridad judicial de la provincia de Judea, quien gozaba de una autoridad ilimitada y poseí­a amplios poderes judiciales, también el de aplicar la pena de muerte, como reconoce Flavio Josefo. La potestas gladii era de exclusiva responsabilidad del gobernador romano. Hay, con todo, una tendencia bastante generalizada en los relatos evangélicos de la pasión a cargar sobre los judí­os todo el peso de la responsabilidad en la muerte de Jesús y a eximir de toda culpa a Poncio Pilato, que se habrí­a limitado a entregar a Jesús para ser crucificado, pero en contra de su voluntad, y no habrí­a dictado una sentencia formal de muerte.

Algunos de esos relatos presentan al gobernador romano en Judea como una persona insegura, vacilante, que parece no atreverse a tomar decisiones. Pero ese perfil no responde al comportamiento real de Pilato en el ejercicio de su autoridad al servicio del poder ocupante, sino que es fruto de la tendencia antijudí­a ya presente en algunos relatos de la pasión y radicalizada en la historia del cristianismo. En realidad, Pilato fue un gobernante duro e inmisericorde, inflexible y obstinado, violento y cruel, represivo y depravado, arbitrario e insolente. Así­ lo atestiguan con todo lujo de detalles Filón de Alejandrí­a y Flavio Josefo. 

La responsabilidad de Pilato en la condena a muerte de Jesús es confirmada por el  historiador romano Tácito quien, cuando narra la persecución de los cristianos bajo Nerón, dice que el nombre de "cristianos" "procede de Cristo, que, bajo el principado de Tiberio, habí­a sido entregado al suplicio por el procurador Poncio Pilato". Éste condena a Jesús por motivos polí­ticos, en concreto, por poner en peligro el orden público, por sedicioso. Es muy posible que el gobernador romano en Judea aprovechara gustoso la posibilidad de calmar con un acto intimidatorio la tensión que reinaba en Jerusalén durante la Pascua. Parece dudoso que las autoridades judí­as emitiesen contra Jesús una sentencia de condena, pues  "el relato que la menciona (Mc 14,14; par Mt 26,66) es una excrecencia de origen cristiano elaborada a partir de una sentencia informal en la residencia de Anás, que no tení­a personalmente ningún poder judicial", afirma Simon Légasse (El proceso de Jesús, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1996). No son pocos los investigadores que niegan cualquier intervención del Sanedrí­n en el proceso de Jesús o, al menos, consideran improbable una condena oficial a muerte. No parece que dicho tribunal estuviera facultado para dictar sentencias de muerte. Y si lo hubiera estado y la hubiera dictado, el castigo hubiera sido la lapidación.

Otro dato incontestable sobre la responsabilidad de la autoridad romana en la muerte de Jesús es que fue crucificado, y la crucifixión era un suplicio romano, no judí­o. Parece demostrado que todas las crucifixiones llevadas a cabo en Palestina desde la época de los procuradores hasta la Guerra Judí­a se produjeron por razones polí­ticas.

¿Y la participación del pueblo pidiendo la amnistí­a para Barrabás y la ejecución para Jesús? Resulta discutible que fuera costumbre amnistiar a un preso durante la Pascua. Nada dice de dicha práctica Flavio Josefo.  En definitiva, la lucha de Jesús de Nazaret no se dirigió contra el judaí­smo, sino contra el Imperio, y éste reaccionó condenándolo a muerte por considerarlo enemigo público, como antes habí­a hecho con el profeta Juan Bautista. La condena de Jesús no fue un error judicial como creí­a Bultmann. ¡Se lo habí­a ganado a pulso por su comportamiento transgresor y su permanente actitud conflictiva frente a las autoridades religiosas y polí­ticas.

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Juan José Tamayo
Teólogo, director de la Cátedra “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Carlos III, Madrid

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