Por: Nelson López Rojas
Dicen que tengo buenos genes, que no parezco mi edad, que me veo más joven, que soy traga años. La gente dice tantas cosas. Yo sé que no soy joven.
Hace un par de años andaba en bicicleta de montaña por el volcán de San Salvador. En una bajada, mis ojos le mandaron una señal equivocada al cerebro, el cerebro no le mandó la señal correcta a mis reflejos y yo no calculé bien. Pisé un mango y salí disparado a estrellarme contra un palo. El resultado fueron dos costillas rotas. Mis amigos, veinteañeros, me animaban: «Dale, dale. Eso es de hombres. ¡Vamos!», mientras trataba de respirar.
Soy una persona de múltiples actividades y me aburro cuando no estoy haciendo algo que me interese. Me gusta estar colaborando con algo, con alguien. Me gusta leer, escribir, caminar, escalar, perrear (o sea, el perreo de andar con mis perros, no del que te gusta a vos). Me gusta conversar con el gato, meterme en algún proyecto y, como JEA, a mí también me gusta ser médico y sacerdote en este mundo diminuto de mi jardín campestre. Me gusta la lluvia. Siempre ha llovido el 18 de septiembre. O eso creo. Tal vez no sea cierto, ya a esta edad vos sabés que uno comienza a inventar cosas.
Hace un año escribía sobre las «filosofías de la edad». Hoy vuelvo al tema porque esta semana subí el Chaparrastique. Fácilmente le doblaba la edad a la mayoría de las personas del viaje. Era el mayor del grupo y, sin embargo, no quería los recesos. Quería mi barra de chocolate y seguir.
Estar en buena condición física para estas artimañas, no significa que la edad no importe, ¡claro que importa! El cuerpo lleva su cuenta y, de vez en cuando, te pasa la factura. Las dos costillas de aquel mango fueron una de esas.
Ahora, aunque no parezca mi edad, el cuerpo no es el único que delata la ancianidad. Hay otras señales mucho más discretas y humillantes. Por ejemplo, por ejemplo… empezar a quejarse del ruido y no darse cuenta. Simplemente llega un momento en que entra a un restaurante y, antes de mirar el menú, mira alrededor para comprobar si podrá conversar. Si hay una mesa gritando a tres metros, uno empieza a buscar el lugar más remoto. Si alguien pregunta, «¿podría bajarle a la música?», uno siente una solidaridad inmediata.
Otra señal inequívoca y particularmente grave es alegrarse cuando te cancelan un compromiso. A los veinte, a uno le daba el FOMO, uno se deprimía porque no lo invitaban. A mi edad uno recibe un mensaje que dice «al final no vamos a poder» y experimenta una felicidad al estilo nirvana difícil de explicar. Si pensaste en Nirvana el grupo, ya estás maitra. Me refiero al nirvana de los budistas, no para alcanzar la iluminación, sino para descubrir que la edad te da el derecho a bajar el ruido, elegir tus batallas y disfrutar la quietud sin sentir culpa.
Viendo a mi alrededor, también está la silla. Todo futuro don tiene una silla favorita. Desde ahí se lee, se toma café, se mira la lluvia, se conversa con los perros y se contempla la posibilidad de no hacer absolutamente nada.
Hay un viejo dicho que más o menos dice que a los veinte uno no sabe qué quiere; a los treinta empieza a descubrirlo; a los cuarenta ya debería saberlo, y a los cincuenta puede comenzar a dar consejos. Yo todavía no he llegado a esa etapa de andar dando consejos, ni tampoco es que tenga mucha prisa, aunque ya estoy empezando a decir frases de maitro y esto es ya una de las puertas de entrada a ese mundo. Uno empieza contando una anécdota y termina hablando como si hubiera vivido 500 años. «Cuando yo tenía tu edad…». «Antes de que vos nacieras …».
Llamar la atención es otra cosa que tampoco parece desaparecer con la edad, y no voy a cometer la vulgaridad de decir que es porque soy irresistible. Quizá, como dicen, sean los genes, las canas o simplemente que hay gustos para todo. A veces pienso en aquella pregunta de Mariah Carey: Why are you obsessed with me?. La diferencia es que ella podía cantarla y yo apenas puedo preguntármelo mientras intento entender por qué, entre tantas posibilidades, siempre termino fijándome en las menos convenientes.
En el ámbito sentimental tampoco parece que haya alcanzado la sabiduría de la edad. Pareciera que estoy destinado a que me gusten las mujeres gay, las casadas, las de la Luz del Mundo, la emocionalmente perturbadas o una combinación de ellas. A estas alturas uno pensaría que ya debería haber superado esa fase, pero sigo transitando por la vida.
Hace un año escribí que los cuarenta eran, según mi percepción, una mezcla de juventud extendida. Un año después sigo vivo y ahora me parece que la juventud no es exactamente lo contrario de la vejez. Hay cosas que la edad debería enseñarnos y no lo hace. Uno puede cumplir años y seguir tomando decisiones cuestionables. La sabiduría consiste menos en saber qué hacer que en saber qué ya no vale la pena hacer, en dejar de sacarle el dedo a los otros motoristas, en dejar de correr detrás de todo.
Con los años, uno empieza a descubrir que la paz también está en los placeres de una taza de café, una tarde sin compromisos, el silencio después de un día ruidoso o en la posibilidad de cuidar un jardín sin sentir que está perdiendo el tiempo.
A mi edad todavía me dan ganas… de subir un volcán, de comerme una hamburguesa con papas grasosas, de comenzar algo que no sé muy bien adónde va, de colaborar con alguien, de salir y de quedarme solo. Y ya. Eso es todo lo que puedo decir, por ahora, sobre la edad. Sé cuántos años tengo. Sé que el cuerpo lleva su cuenta. Sé que ya no subo un volcán exactamente como lo hacía antes. Sé que algún día tendré que aceptar que ciertas cosas ya no puedo hacer. La verdad es que todavía me siguen dando ganas y me siguen gustando demasiadas cosas.
Y mientras eso siga ocurriendo, supongo que no tengo más remedio que seguir con el juego de la vida, y, si alguien por la calle grita «mire, don», ya no voy a voltear a ver quién está detrás de mí.



