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viernes, 18 septiembre 2026

A los muertos no hay que tenerles miedo por Luis Rodríguez | Tercer lugar del Certamen Voces de Contrapunto género terror

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Autor: Luis Rodríguez |

El olor a leña quemada y a frijoles hirviendo en su olla me transportó a la tierra de mi infancia, al pueblo de mis abuelos maternos; Izalco. Pueblo emblemático y reconocido por su fama de ser habitado por “brujos” y otras criaturas mitológicas.

Les juro que jamás vi a ningún brujo, ni bruja, ni espanto, ni espectro; hasta que viví la experiencia más tenebrosa que tuve de niño. Tenía diez años y fue en una tarde de vacaciones con brisa ligera de diciembre.

Todos los años acostumbraba a pasar la temporada de octubre a diciembre en casa de mis abuelos; mientras esperaba la entrega de notas y la noticia de haber pasado al siguiente curso. Ahí pasaba todos los días con mis primos: Martín, el más serio, quien era un año mayor, y Gerardo, el más risueño, quien tenía mi edad. Eran mis primos favoritos de la vida, de esos con los que haces una tribu de juegos, aventuras y complicidad, sin espacio para el aburrimiento.

Mientras jugábamos en la calle frente a la casa de nuestros abuelos, una anciana escuálida que vendía dulces típicos pasó a nuestro lado. Repentinamente se detuvo y se acercó a mí para contemplar mi cara, luego me sujetó fuerte del antebrazo y trató de abrime la boca con la intención de revisar mis dientes.

Sin dar razón alguna, la vieja me decía que le enseñara mi dentadura. Con miedo, forcejeé e intenté soltarme, pero ella no me dejaba, me sujetaba más fuerte y me decía: “enseñame los dientes, enseñeme los dientes”. Yo no entendía qué estaba pasando.

Martín tuvo que intervenir y le gritó con bravura a la señora: “¡suéltelo!, ¡suéltelo!, hasta que le hizo caso y me dejó. Inmediatamente me fui corriendo a la casa. Nunca supe por qué había hecho eso. Si mis primos no hubieran estado ahí, posiblemente hubiera conocido a mi primera bruja en Izalco.

Entré a la casa confundido y agitado, y me encontré en el largo corredor a mi tía abuela Imelda o “tía Imel”, como le decíamos de cariño. De baja estatura, con anteojos grandes y siempre con su ceño fruncido. Mi tía había trabajado toda su vida como maestra de primaria en una escuela pública que quedaba a dos cuadras de la casa. Lo hacía con mucho fervor y paciencia, aunque en casa tuviera un carácter fuerte. No me quejo, conmigo siempre fue buena y sentía su presencia como una extensión del amor de mi abuela, su hermana mayor, Mama Nena. Ya les hablaré de ella.

Al entrar mis primos a la casa, segundos después de mi huída, contamos a mi tía Imel lo sucedido, pero pareció no darle mayor importancia, solamente dijo “Hay que tener cuidado”. Nos sentamos con ella en el corredor y nos ofreció unos mangos que yacían en el piso por montones ya que caían decenas a diario desde un gran árbol en el patio central de la casa. Después de comer, llevábamos ya un rato descansando, saciados como gato panza arriba; de repente Gerardo se levantó súbitamente del piso —“¿Escucharon?” —dijo. —“Fue como un alarido”. Nadie oyó nada. “Quizá es un fantasma y te están asustando”, le dije en tono burlón.

Fue ahí cuando escuché esa frase emblemática de mi tía Imel que nunca olvidaría: “A los vivos hay que tenerles miedo, a los muertos no”, ellos ya no pueden hacerle nada a uno. —¡Güechos! —protestó Gerardo, y dijo: “Yo si veo un fantasma sí me asusto”.

Una gata color pardo con rayas negras saltó del tejado hacia el pasillo donde nos encontrábamos, solía ser una huésped sin invitación, solo llegaba a buscar comida y a desordenar los cestos de basura. Concluimos que ella había sido la responsable del supuesto alarido que escuchó mi primo.

Mi curiosidad aumentaba y le pregunté a mi tía Imel si en verdad existían los fantasmas. A lo que ella respondió: “Mire niño, los fantasmas como tal no sé si existan, lo que sí existe son las burlas o burletas como les llaman también, de eso abunda acá en Izalco”.

Los tres niños nos quedamos callados, con la boca entreabierta y con la mirada fija en el rostro de mi tía Imel, con una expectación tremenda, como si nos hubiesen revelado el mayor secreto de la humanidad. Queríamos saber más acerca de las burlas y fue ahí cuando Martín preguntó qué eran.

—Miren niños, las burlas son susurros, murmullos o balbuceos que se escuchan en los rincones de las casas, en los lugares solitarios y otras veces son voces que mencionan los nombres de las personas que las escuchan. Dicen que por aquí cerquita, a tres cuadras, por el cementerio, hay gente que las escucha seguido, más que todo cuando caminan solos de noche.

“Ya estuvo, hoy no duermo”, pensé. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda y me dio terror imaginarme que tendría que ir al baño solo esa noche, pero no podía parar de escuchar el relato de mi tía. La curiosidad por lo desconocido era más fuerte.

Luego fue Gerardo quien preguntó: —“Tía, ¿y qué hacemos si alguna vez escuchamos una burla?, ¿buscamos a ver de dónde viene o corremos?” —y añadió —“Yo me cago ahí mismo, más que todo por los mangos que me comí hoy”. Nos carcajeamos y eso ayudó a bajar la tensión, al menos por unos segundos, porque mi tía continuó.

—No niño, lo que dicen que hay que hacer es nunca ver de frente hacia donde proviene la voz, porque lo juegan a uno.

—¿Cómo así que lo juegan? —pregunté.

—Que lo juegan quiere decir que la persona queda dunda, pasmada, “ida”, pues. La persona ya no vuelve a hablar, queda directa. Eso mismo les pasa a los hombres a los que se les aparece la Siguanaba.

Yo ya no aguantaba el miedo y como pude pregunté —“¿y qué hacemos entonces si escuchamos una burla?”.

—Lo que hay que hacer niños, es responderles y decirles con ahínco y valentía, así sin miedo: “Andate de aquí, vos no sos de este mundo, dejame en paz”. Hay gente que también les avienta sus puteadas e insultos. Dicen que también eso funciona, pero no sé si será verdad.

—Tía, ¿y usted alguna vez ha escuchado alguna burla? —preguntó nuevamente Martín.

—No, yo no, pero mi papá nos contaba historias sobre como un par de veces escuchó susurros, voces que salían de los cafetales en la finca donde trabajaba, y les contestaba de la forma que les comenté. Mi papá, que en paz descanse, era bien valiente. Gracias a Dios a mí nunca me ha pasado nada. Yo creo que sí les hubiera lanzado una buena puteada.

Mi tía Imel rió para sí, para luego volver a la seriedad del tema y añadió: —“Eso no es todo, aquí en el pueblo pasa un caballo de madrugada, justo en esta calle de enfrente —señalando la puerta que daba al exterior—. Se escucha, “tucutún, tucutún, tucutún”, el tropel del caballo. Viene y va. Viene y va. “Tucutún, tucutún, tucutún”.

Inmediatamente volví a sentir otro escalofrío, empecé a tiritar y mis dientes empezaron a tener vida propia, pero la curiosidad seguía creciendo al mismo ritmo del galope del caballo.

—¿Y eso tía?, ¿no será algún trabajador que pasa por acá? —pregunté.

—No creo niño, porque siempre se escucha de madrugada y si fuese un trabajador, iría de paso, pero este caballo viene y va muchas veces por esta cuadra.Tucutún, tucutún, tucutún” —volvió a emular el tropel.

Con mi garganta seca del miedo, apenas pudiendo hablar, balbuceé:

—¿Y entonces?, ¿qué cree que sea…?

—¿Por qué no ha salido a ver? —dijo Gerardo, con una sonrisa pícara, queriendo fastidiar amistosamente a nuestra tía.

—Güechos niño, capaz y puede ser el jinete sin cabeza o algún otro espanto. Prefiero ignorarlo y no salir a ver. No vaya a ser que me jueguen. Además, no pasa todos los días, pero sí pasa seguido, quizás unas dos veces al mes. Yo ya me acostumbré, prefiero mejor ya ni pensar en eso para dormir bien. A veces pongo al máximo el ventilador para que haga un gran ruido y así no escuchar nada.

Pero bueno, ya estuvo, váyanse donde su abuela que ya les va a servir la cena, les va a dar unos frijolitos bien ricos, hasta acá se siente el olor.

Mis primos y yo nos paramos de inmediato y salimos corriendo. A pesar de tener miedo, nos íbamos riendo de vernos igual de asustados.

—¡MAMÁ NENA!, ¡MAMÁ NENA!, mi tía Imel nos acaba de contar una historia de miedo, ¡dice que aquí en Izalco se aparecen las burlas y que por la casa pasa el jinete sin cabeza y que nos va a jugar!

—¡Solo son tonteras ustedes! Mejor siéntense a comer que se les van a enfriar los frijolitos y están recién salidos de la olla. ¡¿Qué son esas babosadas?!; ¡A los vivos hay que tenerles miedo, a los muertos no, no hacen nada”.

Esa noche mis primos y yo dormimos sobre colchones de lona colocados sobre el piso, justo en la sala contigua al corredor, la cual tenía un gran ventanal de madera, donde mi abuela nos había colocado un cristo pequeño de cerámica para que pudiéramos “dormir bien”.

A pesar de irnos a acostar con miedo, tuve la impresión de que mis primos ya habían olvidado el tema de las burlas porque fueron los primeros en caer rendidos como plumas. Yo no. Yo seguía pensando y tratando de descifrar qué era ese caballo, quién era su jinete, qué quería y por qué pasaba tan seguido enfrente de la casa.

Al final me venció el cansancio y caí dormido.

“Tucutún, tucutún, tucutún”.

Abrí los ojos confundido. No podía creerlo. Era el caballo. “No. No es posible que sea ese mismo caballo, debe ser una coincidencia o quizás solo lo soñé”, pensé. “O quizás es un trabajador y ya se fue de paso”. Cerré nuevamente mis ojos para tratar de dormir.

“Tucutún, tucutún, tucutún”

Otra vez. Y otra.

Mi corazón latía rápidamente y mis dientes empezaron a castañear. El corcel relinchó cerca de la ventana. Mis piernas empezaron a temblar y se me secó la boca. Quería gritar y no podía, ni siquiera podía moverme. Quería gritarle a mis primos que se despertaran, que escucharan como estábamos siendo testigos del jinete que pasaba por las madrugadas. Como pude susurré: “Martín…Martín”, “el caballo…el caballo está pasando…”.

“Déjame dormir, tengo sueño”, fue su respuesta.

“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino…”. Rezar fue lo único que se me ocurrió para ignorar al animal, esperando ahuyentarlo con mis oraciones para que ese evento no pasara a más.

De tanto rezar y repetir el padre nuestro me volví a quedar dormido.

A la mañana siguiente le conté a mis primos lo sucedido, ninguno me creyó y decían que solo quería hacerles sentir miedo. “Nosotros no escuchamos nada”, dijeron. Ya habían pasado la página de la historia del día anterior. Yo me quedé siempre con la duda, de qué fue lo había acontecido esa noche.

Pasó el tiempo y el suceso del caballo quedó languideciendo en mi memoria. A mí nunca me volvieron a asustar. La vida me llevó por otros rumbos, lejos del pueblo de mi infancia, estudiando y trabajando en la capital.

Veinte años después regresé un viernes a Izalco para arreglar algunos temas legales de la antigua casa de mi abuela. Hoy ya nadie habita ese lugar. Hay moho, el techo está derruido y los gatos pasan por el techo, haciéndolo crujir. Mi abuela partió hace ya algunos años. Yo les puedo jurar que todavía siento el olor a leña quemada y a frijoles hirviendo como si ella aún viviese ahí.

Ese día se me hizo demasiado tarde para volver a la ciudad y decidí pasar ahí la noche. Me quedé dormido en los polvorientos sillones de la sala, cerca del mismo corredor largo, tradicional en las casas de pueblo, ese mismo corredor donde mi tía Imel solía contarnos historias que nos hacían temblar d miedo.

Todavía siento un escalofrío al recordar que en esa misma madrugada silenciosa, volví a escuchar el galope del caballo: “Tucutún, tucutún, tucutún”. Me levanté sobresaltado y me senté en el sillón. Mi corazón latía aceleradamente y el jinete iba y venía sin cesar. La vida me daba una nueva oportunidad de saciar mi curiosidad y vencer el miedo. Esta vez sentí un deseo ferviente de encarar a la supuesta bestia. Me sentía obligado a cerrar ese episodio de mi niñez y descubrir de una vez por todas de qué se trataba.

Me armé de valor. Me puse zapatos y me desplacé hacia la gran ventana de madera que colindaba con la calle. “Hoy sí vamos a ver si es cierto”, pensé.

Abrí la ventana. Estaba dispuesto a confrontar lo que fuese… pero no vi nada.

“¿Cómo es posible?”, tan solo hace unos segundos atrás se escuchaba a alguien cabalgando en la calle. Decidí quedarme escondido tras la ventana, esperando que el caballo volviese a pasar para descubrir la verdadera identidad del jinete. Nada sucedió.

Entre el miedo y la valentía —o quizás insensatez—, decidí darme por vencido; hasta que escuché unos susurros, “pssst…pssst…psst”, como si alguien me estuviese llamando. Permanecí escondido. En silencio. A la expectativa. De repente, a lo lejos, vi una esfera que emanaba una luz roja que se acercaba lentamente a la casa.

Conforme se aproximaba, entreví a una persona con una candela dentro de un farol. Por su estatura y lo encorvado de su postura, supuse que era una anciana, quien vestía un vestido blanco, pulcro y portaba un delantal sucio, no pude ver su rostro ya que portaba un velo negro que le cubría su cabeza.

—Buenas noches hijito —me dijo la anciana. Parecía una de esas señoras fervorosas que salían en las procesiones de semana santa a penar junto a todos los santos.

—Buenas noches —respondí con duda.

—¿Se encuentra la niña Nena?

—No. No hay nadie. —le dije en forma seca y directa.

—¿Y a qué horas regresa?

—Ella…ya falleció hace unos años. Aquí ya no vive nadie. Yo solo estoy cuidando la casa por hoy.

—Qué lástima. Me dijo que pasara porque me iba a regalar unos manguitos. Era tan buena gente ella —respondió.

La anciana empezó a reír de forma burlona y sentí como un aire frío inundaba la habitación. “¿Hoy sí me va a dejar ver sus dientes?” dijo y se carcajeó más fuerte. Me percaté de que me empezaban a temblar las piernas. No sé cómo, pero tuve el valor de decirle: “Andate de aquí, vos no sos de este mundo, dejame en paz”.

La señora agachó aún más la cabeza y empezó a caminar lentamente siguiendo su rumbo con paso penitente. Se detuvo un instante y sin volver la mirada hacia mí, exclamó: “Niño, acuérdese que a los muertos no hay que tenerles miedo, a los vivos sí”.


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Redacción ContraPunto
Redacción ContraPunto
Nota de la Redacción de Diario Digital ContraPunto

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