Por Ítalo López Vallecillos
-I-
Séame permitido evocar la figura de Julio Enrique Ávila, poeta del dolor irreverente. Alto, delgado, nariz aguileña, ojos claros, pelo cano en la cabeza casi calva, frente ancha, labio inferior grueso, y abierto como si fuera de pronto a soltar una palabra. Pómulos visibles en la cara alargada y el color blanco europeo. Las anchas espaldas agobiantes; al verlo se pensaba inmediatamente en un animal mitológico raro. Al conversar con él, al sentir la emoción que le brotaba espontánea, al oírlo decir sus versos, uno olvidaba todo su aspecto exterior mitad águila y mitad fauno, y el milagro de la poesía presentaba al poeta solamente al poeta.
No lo conocí en sus años jóvenes, sino en los de la madurez. Estaba un tanto retirado de la vida pública, escribía mucho y publicaba poco en los periódicos. Solía invitarme a su casa para leer casi siempre los mismos autores y hablar de los mismos temas filosóficos y literarios. Era inevitable mencionar a San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Fray Luis de León, Góngora, Quevedo, Garcilaso, el Boscán, Berceo y, desde luego a ese extraordinario Arcipreste de Hita que tanto admiraba. De memoria como río que va en torrente, repetía:
“Como dice Aristótiles, cosa es verdadera,
el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por aver mantenencia, y la otra cosa era
por aver juntamiento con fembra plazentera.
Sy lo dexies´ de mío, sería de culpar;
dízelo grand filósofo, non so yo de raptar:
de lo que dice el sabio non devedes dudar,
ca por obra se prueba el sabio e su fablar.
Que diz’ verdat el sabio claramente se prueva:
omes, aves, animalias, toda bestia de cueva
quiere segunt natura compaña sienpre nueva;
e mucho más el ome que toda cosa que s’ mueva
Digo muy más el ome que toda criatura:
todas a tiempo cierto se juntan con natura;
el ome de mal sesso todo tienpo, syn mesura,
cadaque puede e quier’ facer esta locura.
El ffuego ssienpre quiere estar en la ceniza,
comoquier que más arde, quanto más se atiza:
el ome, quando peca, bien vee que desliza;
mas non se parte ende, ca natura lo enriza.
E yo, porque so ome, como otro, pecador,
ove de las mugeres a vezes grand amor:
provar ome las cosas non es por ende peor,
e saber bien e mal, e usar lo mejor.

Su conocimiento de los clásicos españoles le permitía ir de uno a otro autor, de una a otra obra. Había en él un gozo en recordar versos y fragmentos de prosas delicadas. Bien que hablara de poesía, bien de los actos sacramentales o de la novela picaresca; bien se extendiera sobre el genio de Cervantes y su influencia en la lengua y en el espíritu del mundo hispánico, su vivencia de la literatura no era didáctica ni pedante. Hablaba el catador literario, no el aficionado. Inevitablemente, era conversar sobre Darío Herrera Reissig, Pedro Héctor Blomberg, Carlos Luis López, Ramón López Velarde, y, claro, sobre Francisco Gavidia y Alberto Masferrer, escritores salvadoreños a quienes Ávila respetaba y apreciaba mucho. A ambos los trató muy de cerca; convivió con ellos en el fervor literario y político. Gavidia fue el símbolo de la auténtica vocación por las letras en un país totalmente desinteresado por la cultura; Masferrer, el hombre, hecho idea, antorcha rebelde frente al atraso y la miseria de Centroamérica. Julio Enrique, menor que ellos, pues nació en 1892, (1) en tanto que Gavidia es de 1863 (2) y Masferrer de 1868 (3), cultivó la amistad de dichos maestros, precursores de la literatura moderna del Salvador. En distintas circunstancias de su vida. Ávila actuó bajo la dirección, el impulso y la inspiración de estos intelectuales que tanto le influyeron. Cabe advertir, no imitó ni a Gavidia ni a Masferrer, pues si bien los dos le estimularon en la iniciación literaria, él por su parte configuró una manera, un modo, un estilo propio dentro de su generación.
Ávila aparece en la vida literaria de El Salvador en 1914, año de la primera guerra mundial. El poema que da a conocer tiene un acento lírico, formalmente correcto. En 1917 publica su primer libro. Fuentes de Alma, con el cual revela su secreto: “estos versos quisieran ser flores y sólo saben ser alma, fuentes de alma” (4). Su poesía surge bajo la influencia simbolista francesa; no sabríamos decir exactamente si Ávila arribó a esta corriente por la lectura de Amado Nervo y Rubén Darío, poetas mayores en este momento de Hispanoamérica, o por propio contacto con obras de Mallarmé, Verlaine, Rimbaud, Laforgue, y otros. Lector culto, Ávila conocía bien el francés y por ello no es extraño que haya abrevado en las fuentes literarias francesas.
La ubicación de Ávila dentro de la tendencia modernista es todo un acontecimiento en el desarrollo de la literatura salvadoreña antes de él, sólo Gavidia había ensayado formas nuevas de expresión poética. Y ello con mero experimento, pues Gavidia si bien estuvo en el nacimiento de la escuela modernista con Darío a la cabeza, no siguió el camino que ayudó a encontrar. Por el contrario, fiel a sus principios estéticos, continuó dentro del clasismo romántico. Ávila con Carlos Bustamante, Vicente Rosales y Rosales, Alberto Rivas, Bonilla y Raúl Contreras afirman lo mejor del modernismo de El Salvador.
Naturalmente, otros escritores fueron tocados por la magia dariana: Quijano Hernández, Rodríguez Portillo, Aragón, Nufio, Gustavo A. Ruiz; pero ninguno de ellos logró mayor calidad. Bustamante, extraordinario poeta, fue preso en la red de la bohemia, la cual terminó por asfixiarlo. Ávila, Rosales y Rosales, Contreras y Rivas Bonilla se dedicaron con acierto a la poesía; los cuatro representan un periodo de notable interés en la historia literaria del País. Los dos últimos son excelentes sonetistas de rica espiritualidad y fondo romántico magníficamente logrado. Rivas Bonilla cultivó también el cuento y el teatro, géneros en los cuales sobresalió por su ironía y estilo castizo. Ávila escribió además de buena poesía, excelente prosa. El “caso Bustamante” merece estudio y consideración especial (5).

– II –
La lectura del pequeño volumen de versos Fuentes de Alma nos coloca ante un espíritu dedicado, sensitivo, cordial y generoso. He aquí algunas muestras que revelan el sentido mismo de la poesía de Ávila, que no es otro que el de expresar sentimientos, emociones e ideas por medio de la música. La decantación es obvia: “amo tu cuerpo que la santidad/ tornó leve sueño de cristal o en este otro verso: en tus ojos hay perfume.
El romanticismo recobrado que hay en casi todos los modernistas no puede faltar en Ávila, quien dice: Quisiera empapar toda el alma/ en el milagro de tu canto/ o bien: / has hecho su alma de suspiros y su carne de besos.
En este otro verso: / La arboleda llora luz y color/, el poeta conjuga felizmente las sensaciones. Plasticidad pictórica y emoción musical hay en sus imágenes: /Las farolas de los chalets vierten, por heridas muy hondas, / toda la sangre de sus crisantemos de oro…
El libro pletórico de amor y sencillez, es todo un descubrimiento emotivo. Un tema, el tema clave de su poesía, aparece constantemente: / Mi alma es un fino cristal/ en que los libros no han podido verter su amargura, ni el mal / del pesimismo. Dolido/ de tanta tristeza y pena / y duda y melancolía, / he alzado un templo a la alegría, / y, sacerdote de la plena / belleza, en su altar he arrojado; /pena, duda y tristeza/ melancolía…y he sembrado/ rosas de amor en mi dehesa. /
Una idea, un sentimiento preside los actos de Ávila; amar, única forma de vivir; sin que importe el dolor.
La simple lectura de este breve poemario nos sitúa en un clima de un mundo poético de melancolía y saudade. Todo evoca al Rubén de Prosas Profanas y Cantos de Vida y Esperanza. Hay, no obstante, que señalar, si bien Ávila rompe las formas métricas clásicas y acoge con entusiasmo la temática modernista, no logra desprenderse del consonante; la rima le persigue, le seduce. Es claro que la asonancia no le hace totalmente prisionero, pues él la utiliza como un medio más de la musicalidad interior, así él mismo declara: / Y he embellecido la canción de / mi vida leyendo, / leyendo y sintiendo / el libro de mi corazón. / La rima en sus versos está en relación directa al ritmo introspectivo o interior, a su propia sensibilidad creadora. La sonoridad poco uniforme, casi arrítmica, convierte a Julio Enrique Ávila en un innovador, pues en este sentido va más allá de los cánones del modernismo y establece una vanguardia, una forma atractiva y personal de orquestar sus versos, utilizando la rima como mero despliegue retórico. Es portando en sus emociones desnudas, sentimientos vivos e intuiciones donde debe buscarse la calidad poética.

-III-
Ávila publicó en 1922 El poeta egoísta, libro lleno de símbolos y reminiscencias, y con claro mensaje para los adolescentes. Aquí vuelve a plantear el problema del amor y del dolor, del gozo y la desdicha plena. El poeta considera que la humanidad solamente puede ser redimida por el amor del hombre a los demás hombres; cree en la fuerza del sentimiento y en la purificación del cuerpo y del espíritu a través del dolor. Amar es sacrificio, despojo de vanidad, orgullo y miseria humana. A pesar de la manera discutible en que está escrito el libro, contiene motivaciones íntimas y establece una fuerte comunicación con el lector. Quien ama, sufre; pero a la larga obtiene un estado de gracia, solidaridad altamente desarrollada que le permite comprender y perdonar, elevarse sobre la pequeñez del hombre amarrado a mezquinos intereses. El hombre alcanzará el amor un día al cultivar sus sentimientos, en contraposición a las ideas que le perturban y lo agobian. Aquí, Ávila recuerda sin proponérselo, que toda idea es una forma de esclavitud. Para Ávila, del dolor vivido surge la tristeza y de la tristeza la melancolía. La gracia poética para él no es sino producto de ese estado existencial, de esa concepción interpretativa de la vida cuya base fundamental reside en arriesgarlo todo, sin reservas en el acto de amar. No es claro, el amor de Eros: sensual, primitivo, todo instinto. Su amor es una relación espiritual con el objeto amado al que siente con angustia como la única fuerza capaz de darle sentido al mundo al hombre.
Tiene Ávila, además, otros libros de poesía: Los ritmos desnudos y Poemas del dolor Irreverente, ambos inéditos y de los cuales conozco algunos fragmentos. Es difícil juzgar a un poeta intimista, solitario y humilde; más todavía, si su poesía tiene en verdad, calidades intrínsecas. Tal es el caso de Ávila, cuyo lirismo me recuerda a Francis James, a Juan Ramón Jiménez, a Tagore. Hay una actitud humanística en su obra poética. Un retorno al hombre a través del sentimiento desnudo; sencillez y plegaria en sus versos. Un bucear en él mismo con la idea de hallar a los demás. Está inmerso en un sentimiento de tortura, de pena, por lo que ocurre a su alrededor. Sentimiento que opaca, anula la realidad material inmediata. La preocupación se concreta en el hombre. Ya no el hombre de carne y hueso del cual ha partido, sino del hombre en absoluto; del tiempo y el espacio. Difícil, en verdad, considerar si ello es una evasión de la realidad o una manera dolorosa de acercarse a la realidad, tratando de hallar explicación a hechos y fenómenos tan complicados como son los de la naturaleza humana. En esta visión del mundo difiero un tanto con Ávila. Por ello y para ser justo con el “poeta del dolor irreverente” transcribo uno de sus poemas, el que se aproxima o refleja con mayor acierto su condición existencial:

Principio del formulario
Seamos río, aunque hayamos de llegar
al mar;
seamos rosa, aunque se goce el viento
en deshojar;
seamos jarro para guardar
el agua del sediento;
y aunque haya de flagelarnos el dolor,
seamos amor…
Inerme mansedumbre del cordero,
sin garra ni colmillo
ingenuidad del pordiosero
que floreció en humildad
dádiva de la madre, santidad
en la miseria de la tierra,
y olvido del “tuyo” y del “mío”,
que será olivo de paz frente a la guerra.
Mas no abriría el loto su límpido lucero
sobre el cieno,
vía láctea fragante en el estero,
luz en la noche del pecado,
si no fuera el dolor de la raíz, el sereno
dolor de la raíz, que ha transmitido
el lodo en aromada flor…
Así ¡amemos el dolor!
Amemos a la espina y al torrente desbordado,
amemos a la nube que nos roba el fulgor
de la estrella,
amemos al guijarro despiadado
que sella
de ignominia nuestra frente…
¡Amemos el dolor!
Fuente de agua salobre
que limpia la conciencia obscura;
pesada cruz sobre
la que el ama crucifica
sus miserias, hasta quedarse pura…
Si el amor glorifica
la ilusión,
el dolor es el divino
camino
del perdón…
La vida es un dualismo doliente,
inexplicado;
tras el fruto maduro
se esconde la serpiente
y tras el pensamiento puro
atisba el pecado
Hay en el alma un surco y un sembrador:
¡El amor de la flor,
pero el jardinero es el dolor! (6)
- IV —
Ávila fue un excelente prosista. Es en este campo donde mejor fructificó su talento literario. Sus dos más importantes libros, El Mundo de mi Jardín y El Vigía sin Luz, se editaron en 1927. El Mundo de mi Jardín reúne aguafuertes, motivos y cuentos. La poesía de estas breves prosas nos conduce al alma del poeta. No es necesario el guía, pues no hay escaleras, ni puertas, ni pasillos difíciles en el viaje de su lectura. Todo es azul, verde, rojo, amarillo. El jardín, que es una vasta planicie espiritual, nos acerca a la naturaleza. Hay una comunión con las cosas y los seres. Todo tiene clima, vida, movimiento; el propio ritmo del amor que, para el poeta, es la belleza plena, está allí presente. Nada escapa de la sensibilidad de Ávila. Todo produce en él un acto de admiración, de asombro. El jardín, en síntesis, es una mera motivación interior. Es su manera de sentir, de ver o de auscultar lo que otros ignoran o desdeñan. Él mismo nos lo dice con alegoría muy fina:
Ahora soy jardinero. En la anochecida — cuando el crepúsculo se deshoja y en las vastas praderas de maizales, los árboles, aislados y sombríos, parecen monjes en penitencia — me encuentro encorvado todavía, auscultando los rosales.

En este mundo diminuto de mi jardín campestre, soy médico y sacerdote. Con amor voy palpando los miembros heridos y marchitos; voy sanando dolencias misteriosas, dolores perfumados (7).
Ávila concluye: ahora que soy jardinero, he ahondado la misión del poeta. La misión del poeta es esa: ser jardinero. He aquí el supremo anhelo: Quién pudiera ser jardinero de la humanidad (8).
Al escribir sobre la serenidad, Ávila reitera una posición, una conducta vital: vale más el hombre débil, atormentado por las pasiones que hace con su tristeza y con su dicha una obra bella, una obra de ternura, que la serenidad del hombre superior, porque ésta es la virtud pasiva y egoísta que no da nada (9).
Y continúa:
La serenidad, que es indiferencia, contemplación imposible, belleza sin emoción, rima de academia, es en la vida lo mismo que en mi jardín: Algo que no tiene perfume, porque el perfume es dolor o alegría, llanto o risa…. es sentimiento!…. La serenidad es la obra acabada, pero no tiene perfume porque le falta el alma!….
Nosotros, corazón, seamos imperfectos….pero sigamos perfumando!…. (10)
¿No es lo anterior toda una actitud estética? ¿No define el carácter de su poesía lírica, deseosa de perfumar, ayudar y servir..?
El libro posee comparaciones felices. Al girasol lo llama don Juan; a la azucena, estrella que ha bajado a predicar ternura a un rebaño de rosas; la orquídea es una vampiresa; el datilero es un tránsfuga que llegó del desierto (11). Hay gracia y acierto en el delicado recuento de flores y árboles del jardín.
Una enorme verdad encierra este párrafo:

“Cantad, todos los que tengáis una palabra de dolor o de ternura, una inquietud o un iris de paz, una sombra o una luz….Cantad, decid vuestra palabra, que por humilde y pobre que sea esa palabra no se perderá….Pero que sea la vuestra, que no sea la palabra falsa ni prestada: que sea la vuestra.
Y acordaos que, aun frente al himno grandioso del mar, el grillo sabe hacerse oír y hacer sentir” (12).
La precisión idiomática, el matiz en la prosa segura, el rasgo logrado en unas cuantas líneas todo ello lo hallamos en los prosopoemas de Julio Enrique Ávila. He aquí una lámina descriptivo-psicológica:
“Llegaban muy de mañana. Rezaban mucho y murmuraban otro tanto. Hablaban de milagros y de santos, de penitencias y devociones, del vecino granuja, de la comadre intrigante, del casero ladrón, de las preferencias del señor cura y de ellas que eran unas santas hijas de María. Y no hablaban de amor ni de perdón, pero sí de envidias, de cóleras, de intrigas, de calumnias y también de misas, de novenas, de indulgencias….¡Oh, las santas e ingenuas viejecitas!……(13).
Precursor de la poesía breve en el país, en forma de hai kai, japonesería o greguería, Ávila incluye en El Mundo de mi Jardín pequeñas muestras que pudieron constituir libro aparte, de haberse dedicado él a estas formas experimentales de la poesía. Leamos algunos ejemplos:
EL DESIERTO
He aquí un mar que murió de sed (14).
CRITERIO
¿Que por qué hablo tanto de rosas y jazmines?
Muy sencillo. Prefiero la amistad de las flores a la de los hombres. Prefiero enloquecerme de aromas que de vanas palabras (15).
FLORECIMIENTO
Con las campánulas se emborracha el campo en descanso.
Copas colmadas de cielo.
Copas colmadas de luna. Jugos fermentados de auroras y plenilunios…
¡Qué gran bohemio es el campo cuando nos trabaja! (16).
ROMANTICISMO
Has un nido en el hueco de la mano y echa tu alma a que empolle ilusiones! (17)
AUSENCIA
Dicen: la soledad eleva y dignifica, pero yo sin ti no estoy solo: ¡estoy incompleto! (18)
LA CATARATA
¡El río se ha desnucado en un salto mortal! (19).
NOCTURNO INFANTIL
La luna y los patos blancos juegan a la gallina ciega sobre un lago de vidrio… (20).
El Vigía sin Luz, llamada por el autor, novela poemática, es en realidad un drama de gran penetración psicológica. El personaje principal es un ciego de trece años, a quien en lugar de otorgarle la vista material, Santa Lucía le concede la visión del espíritu. El pequeño ciego, por medio de una serie de reflexiones, algunas rodeadas de un encantador simbolismo, nos habla de la perdida infancia, del dolor del ser humano. Oigamos lo que dice en uno de los parlamentos: “Más valiera que nos hubiera sido así. Que conservara mi ceguera de niño. Pero la Santa hizo el milagro…Hágase la luz y la luz se hizo. Y a su fulgor he desenmascarado las pasiones y los intereses, y he visto que los hombres son desgraciados… La Santa hizo el milagro. Soy el vigía que va avizorando la senda… Pero la senda está en sombras… Soy un vigía sin luz” (21).
La obra es difícil de representar; más está llena de imágenes poéticas, de dudas filosóficas de pensamientos y humanidad.
Otro libro de alto contenido, de meditación, es El Himno sin Patria, publicado en 1936. El poeta veía acercarse la guerra mundial. Hitler y el nacional-socialismo hacían temblar a Europa. Aunque todavía los ejércitos no desplegaban las banderas ni entonaban los himnos guerreros, los hechos denunciaban la amenaza de otra conflagración. España sufría los rigores de la contienda civil.
Ávila, espíritu sencillo y pacifista, pedía desde el “pulgarcito de América”, pedía desde este rincón del mundo un himno de paz. Recordaba los años de 1914-1918; recordaba los horrores, el hambre y la desolación sufridos por los pueblos europeos. Culpaba a los grandes imperios de hacer la guerra para sostener la injusticia y avasallar a las naciones pequeñas. Como en el fondo, toda guerra obedece a una cuestión de mercados, es decir, de intereses económicos y políticos. Ávila sostiene la inmoralidad de la guerra. Tras el himno y la bandera, el patriotismo, no hay sino el afán de denominación de unos pueblos hacia otros. Muchas veces no son los estados los promotores de la guerra; minorías poderosas en el campo industrial influyen para que los pueblos se lancen a la guerra bajo justificaciones ideológicas de toda naturaleza. Es un negocio hacer la guerra, manifestaba uno de los Krupp de Alemania. Naturalmente, este señor se dedicaba a la producción de armamentos. Ávila creía en la convivencia universal. De ahí su reclamo por la paz, el respeto al derecho ajeno; la reflexión sobre el destino de la humanidad y la urgencia de una paz verdadera entre pequeños y poderosos.
Sus breves consideraciones sobre el espíritu de la música lo llevan a sentar la tesis de que hay en la conciencia social dos ritmos; el creador y el infernal. El primero es el del trabajo, de la igualdad, de la paz y la fraternidad de los hombres; el segundo es el fomentado por los pueblos guerreros para someter y esclavizar a los pueblos pequeños. Concluye su trabajo con la apelación de que la raza humana se eleve, se dignifique, por medio del espíritu.
Tiene Julio Enrique Ávila otros libros: El Mensaje de Utopía, Un alma frente al Espejo, El Pulgarcito de América, El Alma Popular de nuestra Universidad. Galerías, todos ellos en prosa. Podrían reunirse varios volúmenes con sus “discursos, estudios y conferencias”, trabajos que publicara tanto en El Salvador como en países de América y Europa.
Numerosos escritores se han referido a la obra de Julio Enrique Ávila. Los juicios más conocidos son los de Miguel de Unamuno, Gabriela Mistral, Federico Gamboa, Mariano Azuela, Enrique González Martínez, José Santos Chocano, Máximo Soto Hall, Enrique Gómez Carrillo, José Rodríguez Cerna, Juan Ramón Jiménez y muchos otros que calificaron su producción literaria como una de las más importantes de El Salvador en su época (22).
- V —

He dejado para el final el aspecto que más me impresionó a Julio Enrique Ávila cuando le conocí. Alrededor de todo buen escritor se teje una leyenda, más o menos blanca, más o menos negra. Había oído decir que Ávila era un hombre con muchos millones de colones y, por ello mismo, un hombre enemigo de la democracia y del progreso social.
Lo había oído decir insistentemente. Cuando me lo presentaron, en 1946, tuve hacia él una actitud prejuiciosa. A medida que lo traté, hablamos una y otra vez, me di cuenta que si bien Julio Enrique Ávila era un hombre de posición económica cómoda, ni por asomo era un totalitario. Al leer sus trabajos en prosa, al conocer sus poemas, advertí que se trataba de una persona con una gran sensibilidad literaria, política y social. Me hallaba ante un ave rara.
Su nobleza, su señorío, era espiritual. El dinero significaba muy poco para él, si no era para hacer el bien, para ayudar a los demás. Sobre esta forma de ser, de bondad hecha carne y hueso, habría que escribir todo un ensayo: algo así como el cristianismo en Julio Enrique Ávila. Un cristianismo de verdad, no de camándula ni de beatería sofisticada. Lector de la Biblia. Sin ser dogmático o un maniqueo intransigente, practicaba la idea cristiana con singular vehemencia.
En cuanto a su posición política, bien pronto me di cuenta que era un hombre que había sido educado bajo los principios liberales y democráticos. Su familia tenía respeto absoluto por la constitución del 86. Supe, también que en 1918 había sido extrañado del país y golpeado salvajemente por la dictadura de los Meléndez; fue (“palomista”, la tendencia popular de la época; es decir, partidario del Dr. Tomás G. Palomo, quien encabezaba la lucha contra los Meléndez, Alfonso Quiñones Molina y la Liga Roja, partido de penosa recordación en la historia política del país.
Me enteré de sus anhelos cívicos al apoyar al doctor Miguel Tomás Molina en la campaña política de 1922, episodio de un extraordinario idealismo político.
Por propia confesión y algunas cartas que él guardaba, conocí su amistad con Augusto César Sandino (1893-1934) el héroe de las Segovias, en los días en que éste combatía la penetración norteamericana en Nicaragua. En su vida pública, Ávila fue Sub-Secretario de Educación en la breve administración del Ing. Arturo Araujo (1931), único gobernante salvadoreño electo libremente en lo que va de siglo; luego desempeñó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno provisorio de Andrés I. Menéndez (1944), a la caída del tirano Maximiliano Hernández Martínez.
Hombre de prestigio, respetado por el mismo Hernández Martínez, intervino cuantas veces le fue posible en defensa de políticos perseguidos por el teósofo ametrallador (23). En 1939, cuando el régimen martinista clausuró El Diario de Hoy, Julio Enrique Ávila se hizo cargo de la Dirección del periódico con el único propósito de que el Diario no fuese cerrado. El dictador aceptó que Ávila estuviese al frente de la empresa, sin que ello indicara que el periódico cambiara su ideología ni su posición combativa. En esos días difíciles, la presencia de Ávila ayudó a que el movimiento de opinión pública contra Martínez, tuviera medios de expresión.
En la lucha contra Osmín Aguirre y Salinas (Octubre a Diciembre de 1944) Ávila estuvo en las filas democráticas al lado del pueblo. Contribuyó con energías morales y económicas a planear la acción militar que trataría de botar al osminato. Desgraciadamente, la campaña fracasó en los campos de Ahuachapán en los primeros días de diciembre de ese año.
En los años posteriores, Ávila se mantuvo independiente frente a los gobiernos despóticos que padeció el país Su trayectoria ciudadana, honesta es un motivo para recordarlo ahora que se ha ido para siempre.

(1) Ávila nació en San Salvador, el 4 de agosto de 1892. Algunos críticos aseguran que su cuna es San Miguel, y ello se debe a que la infancia la pasó en esa región oriental del país.
(2) Francisco Gavidia, considerado como el precursor de la literatura moderna de El Salvador, nació el 29 de diciembre de 1863. La fecha es incierta. Afirman varios historiadores que, en realidad, nació en 1864 y otros en 1865. Murió el 23 de septiembre de 1955.
(3) Alberto Masferrer, cuyo centenario acaba de celebrarse, nació en Tecapa (Alegría) el 24 de julio de 1868. Murió en San Salvador, el 4 de septiembre de 1932.
(4) Fuentes de alma. San Salvador 1917. El maestro Juan Ramón Uriarte, quien fuera en su tiempo promotor de varias generaciones literarias del país, comentó extensamente esta obra. He aquí fragmento de sus opiniones:
“Nuestro poeta ha comprendido que el estilo figurado es por sí solo esencialmente ritmial, y ha emancipado a SU VERSO de lo que podríamos denominar pleonasmos rítmicos. No hay por consiguiente, en sus estrofas ese movimiento a compás que tanto halaga a los oídos enrutinados por la tradición o el hábito impuesto; pero que es tan empalagoso e irritante siempre para quienes la percepción métrica comienza en las corrientes nerviosas que llevan al alma la agitación de otra alma.
“En sus versos nunca se verá triunfar lo oratorio sobre lo poético. La “emoción estética de carácter social” es lo que impera en ellos”.
“La crítica retórica sin duda encontrará en los versos de Ávila, como el solfeteo halla en la música wagneriana, malfonías y puros ruidos, incoloraciones y brochazos burdos. Todo esto, que en la calología científica tiene nombres distintos, más nobles, da belleza a las composiciones de Ávila”.
(5) Alberto Rivas Bonilla, nació en Santa Tecla, el 4 de septiembre de 1891; Vicente Rosales y Rosales en 1895; Raúl Contreras 1895; Carlos Bustamante el 8 de agosto de 1891. El único libro de Bustamante se editó en 1952 con el nombre de AMERHISPALIA, publicación póstuma, ya que él murió el 22 de Junio de 1952. La calidad épica y la temática nacional pre-hispánica son de un valor indiscutible. Véase mi trabajo “Carlos Bustamante, el solitario”.
(6) La Divina Raíz. Ver Puño y Letra. (Antología Poética de autores salvadoreños). Selección de Oswaldo Escobar Velado. Editorial Universitaria, San Salvador, 1959.
(7) El Mundo de mi Jardín, cuarta edición. Departamento Editorial, Ministerio de Educación, San Salvador, 1957, página 19.
(8) Ibid, página 20.
(9) Ibid, página 27.
(10) Ibid, página 27.
(11) Ibid, página 32-40.
(12) Ibid, página 85.
(13) Ibid, página 98.
(14) Ibid, página 122.
(15) Ibid, página 123.
(16) Ibid, página 124.
(17) Ibid, página 125.
(18) Ibid, página 126.
(19) Ibid, página 127.
(20) Ibid, página 139.
(21) El Vigía sin Luz. Ediciones de la Revista Los Ciegos, Bilbao, España 1934, página 110.
(22) Un escritor salvadoreño que alcanzó renombre fuera del país, Gilberto González y Contreras, escribió a propósito de la obra de Ávila: “Una novela o un cuento de Julio Enrique, pueden no ser más que un bello poema en prosa, una ficción dedicada sobre la realidad circundante creada por personajes imaginarios. Julio Enrique, al poseer, como pocos, el difícil arte de la brevedad hace del mundo algo así como un conjunto de símbolos. El credo lírico de Ávila al igual que el de todos los epígonos modernistas tiende a afianzarse en una aspiración interpretativa del universo, mediante los procedimientos de absorción objetiva y contemplación panorámica de los sucesos. El arte nuevo en El Salvador está bien representado por cuatro figuras de relieve: Julio Enrique Ávila, Salarié, Rosales y Rosales y Ricardo Alfonso Araujo. (Revista Prisma, segunda época, número 2. San Salvador, 8 de marzo de 1931).
(23) Ávila gozó durante su vida de respeto y consideración pública. Miembro de Número de la Academia Salvadoreña de la Lengua; Miembro de Número de la Academia Salvadoreña de la Historia. Decano de la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacia (él se graduó de químico en 1918). Decano-Fundador de la Facultad de Humanidades, Miembro honorario de numerosas instituciones extranjeras. Fundador de revistas y periódicos; su prestigio de escritor le permitió ayudar y servir a otros intelectuales.
DIARIO LATINO, sábado 13 de Septiembre, 1969



