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sábado, 23 de octubre del 2021

Diego, ¿nos tomamos un tinto?

Remembranza del periodista colombiano sobre un encuentro con Diego Armando Maradona; no hay registro del encuentro, no más que en la memoria.

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Muchos amantes del fútbol sostienen que el mejor gol en la historia de los mundiales fue aquel que Diego Maradona le marcó a Inglaterra en los cuartos de final de México ’86, cuando eludió a varios rivales y llegó al arco de Peter Shilton con una habilidad pasmosa. Pero el propio Maradona dijo alguna vez en una entrevista que el mejor gol de su vida lo marcó en Colombia seis años antes, a comienzos de 1980, en un partido amistoso contra el Deportivo Pereira. 
Un video de pésima calidad confirma esas palabras, pues varios jugadores del equipo local quedaron regados por el piso mientras el 10 de Argentinos Juniors parecía divertirse con la pelota como si estuviera en el patio de su casa. Pero Maradona se anotó otro "golazo" en Colombia poco antes de su gesta en México ’86. Esa icónica selección argentina que se alzó con el título en el estadio Azteca pasó por Bogotá rumbo a México para entrenar por unos días. 
El equipo de Carlos Bilardo se alojó en un hotel del norte de la ciudad contiguo a un conjunto residencial donde me encontraba haciendo un trabajo de la universidad con varios compañeros. Hicimos una pausa para salir a comer algo y al pasar por el hotel vimos una delegación numerosa de personas con vestimenta deportiva. 
Recordé que ese día había leído en la prensa que la selección argentina llegaría a Bogotá y nos acercamos a ese grupo para verificar quiénes eran esas personas con aspecto de futbolistas. 
Al primero que reconocí fue a Daniel Passarella y luego empecé a identificar a uno tras otro. Pero mis ojos solo buscaban a uno en especial: al mejor del mundo. No lo veía y salimos decepcionados del lugar. Pero retornamos para no darnos por vencidos y no solo lo vimos sino que se dirigió a saludarnos de forma afable. 
Como nos vio aspecto de "locales" se acercó para preguntarnos si en el vecindario había un centro comercial para hacer compras con José Luis Brown. Les dimos las indicaciones de cómo llegar al que por entonces era uno de los más grandes centros comerciales de Bogotá y al despedirnos nos atrevimos a hacerle una invitación.
– "Diego, te invitamos a tomar un tinto con nosotros".
– "Un tinto a esta hora?", respondió.
Cuando le dijimos que tinto le llamamos en Colombia al café y no al vino tinto que tanto se consume en el sur del continente, dibujó una sonrisa y pidió la dirección del lugar donde estábamos reunidos estudiando. Poco después sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba el mejor futbolista del mundo dispuesto a beber un café con unos jóvenes que no podían creerlo, en una época en la que no existían los teléfonos celulares como para inmortalizar el momento con una foto.
"Vamos a hablar, pero no de fútbol", advirtió, al tiempo que se sentaba en un sofá al lado de Brown. Nos mostraron las camisas que se habían comprado en el centro comercial, preguntaron cosas sobre las costumbres en el país y elogiaron la belleza de las colombianas. "Diego, es cierto que cobras por dar entrevistas?", le pregunté.
– "Dijimos que nada de fútbol, pero te responderé: solo le cobro a los periodistas boludos", dijo.
Tiempo después me convertí en periodista y cubrí numerosos partidos, incluso de campeonatos mundiales. Pero jamás llegué a ver a un jugador de esa calidad. 
Algunos jóvenes me preguntan ahora que si esa anécdota equivaldría a que Messi o Cristiano Ronaldo llegan a tomar café a la casa donde uno está. Y les contesto con un rotundo no. Que me perdonen los seguidores de esos jugadores. Son grandes, muy buenos, pero jamás, jamás, del nivel de Maradona o de Pelé. 
Muchos elogian a Maradona por su calidad en la cancha y le critican su disipada vida personal y esa prepotencia que muchas veces mostró en público. Pero yo compartí un café con un Maradona sencillo, que siendo el mejor sacó un tiempo para reunirse con unos jóvenes admiradores, escapándose por unos instantes de la concentración del equipo. 
Pocos días después, en ese mismo partido contra Inglaterra, Maradona hizo el famosísimo gol de "la mano de dios". En una época sin VAR, Diego tocó descaradamente la pelota con la mano izquierda. La hubiera tocado mejor con la derecha, la misma con la que me saludó y se despidió. 
Así yo podría decir que había "tocado la mano de dios". Aquel día le pedí autógrafos a los futuros campeones mundiales, pero el de Diego lo tengo en una hoja exclusiva para él, como lo merecía el mejor del mundo.

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Rodrigo Ruiz Tovar
Periodista colombiana
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