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domingo, 09 de mayo del 2021

Decesos de siempre (y los de COVID19): debate sobre mortalidad

La tasa de mortalidad del COVID19 es un tema de debate permanente, y obviamente depende de cinco variables significativas: 1) la carga viral; 2) las medidas de distanciamiento social aplicadas; 3) la aplicación de protocolos adecuados en los nosocomios; 4) el espectro demográfico en cada país de la población contagiada; y 5) la eficacia, el equipamiento y acceso a los sistemas de salud. En este contexto, naciones envejecidas como Italia y España, con más del 30% de personas mayores de 60 años presentan mayores decesos (además de obviar medidas de distanciamiento social), países como Estados Unidos, también poseen un alto nivel de mortalidad asociado a los altos costos de los servicios de salud; y otras naciones no han utilizado protocolos adecuados, incluyendo desinformación y saturación de los sistemas hospitalarios. Las tasas de mortalidad oscilan entre 0.3 y 4%.

Por otro lado, no será extraño que cuando se comiencen a contabilizar fallecidos por COVID19, se le atribuyan otras muertes a esta pandemia; no debemos olvidar que en El Salvador para año 2018 fallecieron en la red de hospitales públicos 11,478 (no hay datos 2019-2020), 98 muertes más que el año anterior, según cifras oficiales del Ministerio de Salud basadas en el Sistema de Morbimortalidad en Línea (SIMMOW). En promedio, más de 31 personas fallecieron “cada día” en los establecimientos que conforman la red de hospitales del MINSAL.

Las tres razones principales de estos decesos fueron:  1,076 por causas genitourinarias; 777 por Septicemia; 772 por neumonía; luego siguen enfermedades del aparato digestivo, problemas cerebrovasculares, otras enfermedades respiratorias, problemas isquémicos, trastornos mentales y sustancias psicoactivas, diabetes mellitus, enfermedades hepáticas; y otras causas no especificadas.

En éstos días, se le atribuyó a COVID19 el fallecimiento de un niño de 4 años; pero lo cierto es que el menor padecía de un “absceso retro faríngeo", venía de visitar tres centros de salud sin la atención adecuada y al final fue tratado tardíamente. La pregunta que nos hacemos es: ¿Quién mató al niño, el COVID19 o la ineficiencia del sistema?

El COVID19 como virus gripal no tienen una tasa de letalidad alta, sólo acelera algunos casos crónicos o graves y afecta a personas mayores con un sistema inmunológico débil; también se ha desplegado un debate muy amplio en la comunidad médico-científica, entre las hipótesis que señalan los decesos por neumonía y otros señalan que es por trombosis; lo cierto, es que no hay mucha certeza y las autopsias son pocas.

Al final, desde el punto de vista estadístico, la mortalidad del COVID19 –según datos globales de worldmeter– es muy baja 0.68, y obviamente le cargan a la cuenta del COVID19 las muertes recurrentes que se aceleran con el virus y que antes eran contabilizadas en el anonimato de los sistemas estadísticos de salud; lo que sí observamos es mucha desinformación, rumores, fake news, miedos y sobre todo el uso político de la pandemia para fortalecer los sistemas de control de poder y la corrupción; en efecto, en situaciones de emergencia abunda el descontrol y las compras públicas sin candados de vigilancia o trasparencia.

Al final, si no contamos con protocolos adecuados en unidades de salud y hospitales departamentales, si los médicos y enfermeras no tienen el equipo de seguridad requerido, si no tenemos la cantidad de intensivistas necesarios y, si no contamos con las UCI requeridas, seguramente tendremos más fallecidos por COVID19. Esto es un asunto de planificación y prospectiva gubernamental.

Con el COVID19, desde el punto de vista sanitario no se puede jugar, y no tratamos en esta reflexión de minimizar el impacto y los riesgos de la pandemia, sino de “situar el contexto regular de decesos” -según nuestros sistemas epidemiológicos de vigilancia- como espejo, para no generar dramas ni atribuir o magnificar datos a la pandemia.

(*) Oscar Picardo Joao [email protected]

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