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Coca Cola

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Coca Cola: "Muy pocos pueden presumir de no haber consumido nunca la gaseosa estimulante de la felicidad y de permanecer impolutos ante las “aguas negras del imperialismo yanqui”, opina Gabriel Otero

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Por Gabriel Otero


John Pemberton, creador de la bebida que en sus inicios tenía propiedades medicinales y extracto de hojas de coca, jamás imaginó que sus aguas curativas de cólicos y jaquecas fueran una de las insignias del poder de una nación.

Sí, la coca cola, el famosísimo refresco burbujeante que es la chispa de la vida, la demoledora de dentaduras y la invitada perenne en cualquier mesa de caseríos, aldeas, villas, pueblos y ciudades es la pionera de la globalización.

Inventada en 1886 en Atlanta y distribuida actualmente en 200 países, la fórmula original de la coca cola es uno de los secretos escondidos bajo siete llaves, algo así como el tesoro de Moctezuma o la virginidad de María.

De los siete mil millones de habitantes en el mundo, excluyendo a los bebés, muy pocos pueden presumir de no haber consumido nunca la gaseosa estimulante de la felicidad y de permanecer impolutos ante las “aguas negras del imperialismo yanqui”, mote puesto de moda por los románticos perseguidores de utopías en la época en que las revoluciones estaban a la vuelta de la esquina.

Y en nuestro México lindo y querido, adoramos tanto a esta bebida que hasta tuvimos a un presidente que fue director de dicha compañía, sujeto caricaturesco, del que lenguas bien informadas afirman, que durante su inquilinato en Los Pinos bebía coca cola con prozac en ayunas.

Y como en nuestro país nos subyuga lo colosal, cada uno de nosotros saboreamos anualmente 163 litros de coca cola, cifra que se torna espeluznante cuando la multiplicamos por 120 millones y más aún cuando le agregamos el precio. Eso sí, nadie nos quita ni lo obesos ni nuestro primer lugar mundial como consumidores triple A.

“Have a coke and a smile” clamaba el grandioso anuncio televisivo para que todo el mundo lo pregonara: políticos, empresarios, estudiantes, empleados, soldados y policías. Y que cada uno tomara una pausa y se refrescara el sudor y borrara, por lo menos un ratito, el tedio de lo cotidiano.

Porque la coca cola, quiérase o no, se ha convertido en un referente de nuestro tiempo, paso previo hacia los cálculos de la vesícula y droga recetada legalmente para hacernos olvidar que existe el agua.

Coca cola es así.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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