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viernes, 07 de mayo del 2021

Antes del fin

La noticia causó estupor en el mundo del baloncesto, este pasado domingo 26 de enero: El helicóptero donde se transportaba la estrella deportiva Koby Bryant, una de sus hijas y siete personas más se desplomó en Calabasas, California, lo que causó la muerte de todos sus tripulantes.

Luego de la sorpresa, pasamos a la incredulidad para terminar aceptando, con lágrimas en los ojos, que uno de los más grandes basquetbolistas de todos los tiempos, en un abrir y cerrar de ojos, había perecido de manera trágica.

La noticia ‒de no haber sido una “celebridad” la fallecida‒ habría pasado como una más de tantos accidentes aéreos que se registran en los medios. “La gente se muere todos los días”, se podría pensar y es cierto, pero esta muerte me puso a reflexionar sobre la vida. Sobre cómo estamos viviendo este tiempo que nos ha tocado pasar por la historia humana.

Actualmente vivimos en una sociedad en que la rapidez es la constante de todas nuestras interacciones. Vivimos de prisa, pasando los días sin siquiera hacer tiempo para el sosiego y el esparcimiento. El apresuramiento es lo que vale, todo es momentáneo, efímero. Lo grave es que nuestras vidas se desarrollan en la urgencia, en lo que es para ya. El vértigo nos somete.

Vivimos en una sociedad inmersa en un ambiente de precipitación y ansiedad, causados por el afán de cubrir lo que consideramos nuestras necesidades básicas: vestuario, alimentación, vivienda, ocio, todo lo que el sistema de mercado nos ofrece o nos impone como necesidades vitales para la sobrevivencia en el mundo de hoy.

Además, precisamente por esa fugacidad que domina a las sociedades contemporáneas, pareciera que todo es descartable: el trabajo, las personas, las relaciones amorosas, todo es desechable, ya nada perdura. Lo efímero es el signo de los tiempos. La época de adicción tecnológica que nos ha tocado vivir pareciera que nos imposibilita a tener tiempo para disfrutar la vida. Y no nos damos cuenta que la vida va pasando, se va acabando o se acaba de una buena vez, como le sucedió el gran basquetbolista.

Habitamos un mundo en que la incertidumbre es lo único seguro: Guerras incipientes, el cambio climático que, como vimos en Australia y el Amazonas, ya es una terrorífica realidad, nuevas enfermedades que amenazan con diezmarnos, el racismo y el fascismo fortalecidos, el peligro de los líderes mesiánicos y un largo etcétera. Sin embargo, aunque el presente se vea sombrío, “donde hay peligro, crece también lo que nos salva”, como bien lo supo Hölderlin.

Por eso el ser humano se levanta cada mañana, va a su trabajo, hace lo que le corresponde, cría a sus hijos, sueña y se ilusiona, pues al final eso es lo que le mueve. Porque, a pesar de todo, como dijera el escritor José Luis Sampedro: “Estamos vivos para vivir, para hacernos, para realizarnos, para dar de cada uno de nosotros todo lo que podemos dar, porque así tendremos todo lo que podemos recibir”.

Finalmente entiendo que, ante tanta inseguridad, ante tantos problemas, preocupaciones, vivir es una gracia. Estar vivos es un regalo que a veces no sabemos valorar en su justa medida y que muertes como la de Kobe Bryant sirven para hacernos reflexionar en ello. Pasamos por esta vida existiendo, pero no viviendo. ¿Y qué es vivir? Vivir es llorar lo que tengamos que llorar, amar profundamente y entregarnos a los demás de manera plena.

Puesto que no sabemos si el tiempo que nos queda es mucho o poco, debemos aprovechar esta vida para hacer el mayor bien posible y el menor mal posible a los otros. Eso es, en resumidas cuentas, vivir plenamente la vida. Sumergirnos profundamente en la vida y saber disfrutar de las cosas simples y bellas que nos da. Hace falta lo que Ernesto Sabato llamó el encanto de la vida: “Aquello que da encanto a la vida, que la enamora: ilusiones, pasiones, amor, relatos, furias quijotescas, imposibles búsquedas, inalcanzables deseos”.

Antes que nos llegue el fin, debemos vivir la vida de manera total, entregados a todo lo que ella nos da, con sus situaciones buenas y las menos buenas. Solo quien tenga el coraje de vivirla así, aprovechará el enorme privilegio de haber pasado por este mundo.

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Manuel Vicente Henríquez
Columnista de ContraPunto https://twitter.com/Pregonero_SV

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