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miércoles, 28 de julio del 2021

Años

“¿Quién no se siente inseguro en nuestro paí­s?”, preguntó Mauricio Funes categórico y seguro a la multitud en el estadio “Cuscatlán” el 11 de noviembre del 2007. Violar la Constitución iniciando así­ un adelantadí­simo proselitismo electoral, no importó. Estaba naciendo la “esperanza” y vení­a el “cambio”. “El mes pasado –siguió el ungido– cerró con una tasa promedio de diez homicidios por dí­a. Para las autoridades de seguridad pública, el que hoy se cometan dos o tres asesinatos menos al dí­a de los que se cometí­an hace tres años, es un éxito”. Así­ le restregó a Antonio Saca su fracaso en la materia.

Entre las sonrisas en la tarima, algunas eufóricas, estaba la del compañero de fórmula de Funes: el profesor Salvador Sánchez Cerén, quien siete años después lo sustituirí­a como presidente. Al tomar posesión del cargo el primer dí­a de junio del 2014, apeló al llamado “Asocio para el crecimiento” como una de las panaceas para aliviar los males nacionales en el quinquenio que se estrenaba entonces y que ya arribó a sus dos años.

Dicho “Asocio” era “un enfoque innovador de la cooperación bilateral que une a Estados Unidos y El Salvador, como socios en la focalización de los esfuerzos para superar los obstáculos principales que frenan el crecimiento económico de El Salvador”. Así­ lo definió, literalmente, la embajada del paí­s del norte. Paí­s al cual se refirió el profesor, en noviembre del 2009, como el “imperio” derrotado por la exguerrilla con la unidad de las izquierdas nacionales y latinoamericanas. Ese “imperio” tení­a –sostuvo entonces Sánchez Cerén– “una actitud desesperada de querer volver a rescatar su presencia en el continente, pero la aspiración de los pueblos es querer caminar hacia una ruta diferente”.

Duramente, Funes lo desautorizó así­ de inmediato: “No solo no comparto esta visión, sino que no compromete en nada al presidente de la República. Él no puede comprometer en nada al Gobierno salvadoreño”. Le caló hondo el “jalón de orejas”,  porque en el citado discurso de hace dos años el profesor ofreció su nueva visión del “imperio”. Ya no era la “encarnación del mal”. Eso debí­a concluirse, al menos, luego de  escuchar sus siguientes palabras: “Las relaciones con Estados Unidos, donde viven dos millones de compatriotas, también son de fundamental importancia y por eso vamos a profundizarlas en el campo económico y social”. ¿Cuál “ruta diferente”?

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Y las remató con estas: “El ‘Asocio para el crecimiento´ representa un eficaz plan que le brinda a El Salvador más posibilidades de hacer crecer su economí­a, reducir sus vulnerabilidades, disminuir la inseguridad y generar mayor inclusión”. Dicho de otra forma: “Ave César, quienes van a morir te saludan”… y sos el único que nos puede salvar junto conmigo: Salvador, el que “cumple”, como dice la atosigante y onerosa publicidad oficial más reciente. 

Parece que el mentado “Asocio” no funcionó. Ahora van él y sus colegas del “triángulo norte” centroamericano a la capital imperial –perdón, federal– estadounidense, tras los millones de la “Alianza para la prosperidad” a repartirse entre tres. No es la “Alianza para el progreso”. ¡No, por favor! Esa era una “perversa” estrategia del demócrata John F. Kennedy, decí­an las izquierdas latinoamericanas, para evitar se repitiera en la región una revolución como la cubana. La actual es una “genuina” iniciativa impulsada por el también demócrata Barack Obama que –en palabras de Sánchez Cerén– “complementa  nuestras apuestas en la búsqueda de elevar la dignidad humana de nuestros habitantes y una mayor participación en el impulso del crecimiento sostenido”. ¡Vueltas que da la vida!

Y vueltas las de este comentario entre verdades de antaño escritas en piedra, por años y años dogmas incontrovertibles, y realidades actuales dolorosamente escritas con la sangre de la gente que siempre la ha derramado. Todo para llegar a esto último, porque la seguridad sigue siendo –junto con la justicia para las ví­ctimas de la violencia de antes, durante y después de la guerra– el derecho más violado en El Salvador. Bueno, hay que agregar el desarrollo humano digno.

En eso de la inseguridad palmaria, tienen que ver tanto los gobiernos de un lado como del otro. Que no vengan los de ARENA a rasgarse las vestiduras, porque de estas les sale una gran cola para que se las pisen. Pero que tampoco presuman ni el actual ni su antecesor de “súper héroes”. Hay quien ha dicho que la gente ya percibe la derrota estratégica de la delincuencia; eso suena la propaganda del calamitoso COPREFA, siglas del Comité de Prensa de la Fuerza Armada durante la pasada guerra. Sánchez Cerén, al final de su segundo año en Casa Presidencial y del séptimo del FMLN, afirmó menos fanfarrón que las famosas “medidas extraordinarias” tienen “un alto respaldo de la población, […] lo que ratifica que vamos por la ruta correcta”.

Esa es la “foto” del momento, tomada por las “encuestadoras”. Hay que recordarle lo que dijo Funes sobre la reducción de –fue el término que ocupó– “homicidios”. Entonces fue de diez a ocho o siete; hoy es de veintitrés a trece o diez. Habrá que ver la última instantánea. Parafraseando el mensaje de este último hace nueve años, cuando lo invistieron como candidato, ojalá refleje una población que va al trabajo sin temor a ser asesinada, que ya no vive en la zozobra diaria de que algo pueda ocurrirle. Solo entonces podrá suponerse que la actual es la ruta correcta.

“Mientras eso no ocurra –dijo Funes entonces– el fracaso es visible y la necesidad del cambio se acrecienta”. El problema es que no hay alternativa de cambio. Ni siquiera en los discursos. Al igual que antes, año tras año, el primero de junio siempre llegan a hablar de “logros” a la Asamblea Legislativa; afuera, en su realidad, la gente tiene que ver cómo escapa de los “ogros” que la acechan: inseguridad y violencia, inequidad y desigualdad. Eso no es, para nada, un “buen vivir”.

                                                                                                                                

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