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lunes, 10 agosto 2026
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Me rehúso a imaginarme sin derecho a votar

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Por Susana Barrera

Es como caminar hacia atrás como el cangrejo. Basta con recordar que todas las personas somos iguales ante la Ley. Art. 3 de la Constitución de La República.

Mi voto NO pertenece a mi padre.

No pertenece a mi esposo.

Tampoco pertenece a mis hijos.

Esta afirmación surge en un momento en que, en pleno siglo XXI, comienzan a ganar visibilidad voces que plantean algo que creíamos relegado a los libros de historia: que la familia debería ejercer un solo voto, representada por el jefe del hogar, o incluso que las mujeres no deberíamos votar.

Se habla de “voto por hogar”, concentrado en el jefe de familia, y también existen voces que directamente cuestionan el sufragio femenino. No es, por ahora, una reforma política consolidada, gracias a Dios, aquí solo sopla el viento. (El País documentó el fenómeno el 2 de agosto de 2026).

Entonces, si es imperativo mirar hacia atrás, pero para reconocer la historia en El Salvador.

Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que una mujer salvadoreña podía trabajar, criar hijos, sostener un hogar, pagar impuestos, sufrir las consecuencias de las decisiones del Estado y, sin embargo, no participar en igualdad de condiciones en la elección de quienes tomaban esas decisiones.

Las mujeres salvadoreñas comenzaron a organizarse políticamente desde finales del siglo XIX. No fueron únicamente mujeres de las élites: hubo maestras, costureras, vendedoras de mercados, escritoras y trabajadoras que comenzaron a reclamar un lugar en la vida pública. Una investigación del historiador Héctor Lindo incluso documenta la temprana participación de salvadoreñas en el movimiento sufragista centroamericano de 1921. Universidad Centroamericana José Simeón Cañas.

En ese contexto, apareció una mujer imposible de ignorar: Prudencia Ayala, a quien apodaron “La Loca” por atreverse a cuestionar el sistema.

En 1930 pretendió ejercer derechos que el orden social simplemente había decidido que no le correspondían. Quiso inscribirse como ciudadana, votar y llegó a plantear su candidatura a la Presidencia de la República.

No esperó a que alguien le explicara cuál era “el lugar de la mujer”.

El reconocimiento del sufragio femenino salvadoreño llegó posteriormente y no fue completo desde el principio. En 1939 se admitió el voto de las mujeres, pero sujeto a restricciones relacionadas con edad, educación y estado civil.

Fue la Constitución de 1950 la que estableció finalmente el sufragio femenino sin aquellas limitaciones. Es decir: la ciudadanía plena de las salvadoreñas tiene menos de un siglo.

Quizá por eso me inquieta escuchar, en 2026, argumentos que nuevamente pretenden diluir la individualidad política de la mujer dentro de la familia.

Porque una familia, la institución más importante de la sociedad, puede compartir amor, patrimonio, valores e incluso preferencias políticas. Pero no comparte una sola conciencia.

Mi voto es la expresión política de mi condición de ciudadana.

Las mujeres que nos antecedieron pelearon para que hoy podamos entrar a una urna, incluso candidatearnos, sin pedir permiso a ningún hombre. Tal vez nuestra generación creyó que algunos derechos estaban conquistados para siempre.

Nuestra historia, que es parecida a la de otros países, nos enseña algo diferente: los derechos también necesitan memoria.

Por eso me rehúso a imaginarme sin derecho a votar o que mi hija no pueda hacerlo.

Y, sobre todo, me rehúso a considerar normal que alguien piense por mi o vuelva a imaginarlo por mí.

Me rehúso a imaginarme sin derechos porque sé que NO fueron una concesión: fueron una conquista. Otras mujeres alzaron la voz, cuando hacerlo tenía un costo y abrieron el camino para que hoy yo pueda elegir, disentir y decidir. Mi voto no pertenece a mi familia, a mi pareja ni a ningún hombre. Me pertenece a mí. Porque antes que esposa, madre, hija o compañera, soy ciudadana. Y los derechos conquistados no se entregan: se conocen, se defienden y se ejercen.

No caminemos hacia atrás como el cangrejo.

Susana Barrera
Susana Barrera
Periodista salvadoreña, Maestra en Desarrollo Local y columnista ContraPunto

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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