spot_img
viernes, 7 agosto 2026
spot_img
spot_img

Plan Andinia: la vieja conspiración antisemita que encontró una nueva vida en las redes

¡Sigue nuestras redes sociales!

Zarko Pinkas |

Una teoría conspirativa surgida en ambientes nacionalistas y neonazis de Argentina y Chile vuelve a circular con fuerza en las redes sociales. Ahora los supuestos indicios son los turistas israelíes que recorren la Patagonia, la compra de tierras, los incendios y cualquier acontecimiento que pueda ser incorporado a una historia que nunca ha podido demostrar la existencia del supuesto plan. Detrás de esa falsedad aparece un problema mucho más antiguo: la capacidad del antisemitismo para cambiar de lenguaje sin desaparecer.


Quién diría que algún día veríamos a los neonazis y reaccionarios de derecha junto a los extremistas de izquierda del mismo lado. El racismo de corte antisemita siempre ha unido a los más atroces aliados y, en este contexto histórico actual, combaten juntos una nueva guerra con un enemigo invisible: la conspiración judía para dominar al mundo.

El llamado Plan Andinia es una de esas teorías conspirativas que parecen demasiado absurdas para sobrevivir al paso del tiempo y que, sin embargo, encuentran periódicamente una nueva oportunidad para regresar entre las masas ignorantes. La teoría sostiene que existe un supuesto proyecto judío o sionista destinado a apoderarse de territorios de la Patagonia argentina y chilena para establecer allí un segundo Estado judío. No existe evidencia documental que demuestre la existencia de ese proyecto, pero su permanencia durante décadas revela que su importancia nunca estuvo realmente en demostrar la conspiración, sino en ofrecer una explicación para una vieja obsesión antisemita: la idea de que los judíos constituyen un poder oculto capaz de controlar territorios, gobiernos, economías y acontecimientos históricos.

La genealogía de esta teoría está documentada. La Anti-Defamation League señala que sus primeros antecedentes pueden encontrarse en el pequeño Frente Nacional Socialista Argentino, creado por los hijos de Adolf Eichmann después de la captura de su padre en 1960. Posteriormente, en 1971, el argentino Walter Beveraggi Allende volvió a introducir la conspiración en el discurso público y la vinculó con el nacionalismo antisemita. En Chile, el ideólogo Miguel Serrano, conocido por sus posiciones antisemitas y negacionistas del Holocausto, desarrolló posteriormente la idea de una supuesta operación destinada a arrebatar la Patagonia a Argentina y Chile para establecer allí un segundo Estado judío.

El origen de la teoría importa porque permite desmontar una de las principales estrategias con las que actualmente se presenta el Plan Andinia: la pretensión de convertirlo en una investigación histórica que habría descubierto un proyecto secreto del sionismo. No estamos ante un documento descubierto recientemente, ni ante una operación clandestina cuya existencia haya sido demostrada por investigaciones independientes. Estamos ante una teoría conspirativa con una genealogía perfectamente identificable dentro de ambientes que ya sostenían ideas antisemitas antes de que el mito de Andinia adquiriera su forma contemporánea.

Una posibilidad histórica convertida en una conspiración

La principal dificultad para desmontar una teoría conspirativa suele aparecer cuando sus promotores toman un hecho verdadero y lo utilizan como punto de partida para construir una conclusión falsa. Eso ocurre también con el Plan Andinia. Theodor Herzl, fundador del sionismo político moderno, sí mencionó Argentina como una de las posibilidades que podían considerarse para establecer un territorio donde los judíos perseguidos de Europa pudieran encontrar un hogar. La investigación histórica ha documentado que en Der Judenstaat, publicado en 1896, Herzl contempló la alternativa de la región llamada Palestina o Argentina.

Pero que Herzl haya considerado Argentina no constituye evidencia de un plan secreto para conquistar la Patagonia. La historia posterior del movimiento sionista tampoco respalda esa interpretación. En el Primer Congreso Sionista de Basilea, celebrado en 1897, se estableció como objetivo la creación de un hogar para el pueblo judío en Palestina, y el desarrollo posterior del sionismo estuvo concentrado fundamentalmente en ese territorio. El hecho de que en las primeras discusiones se hayan contemplado distintas posibilidades geográficas no convierte esas deliberaciones en un programa clandestino de conquista territorial.

La manipulación conspirativa consiste precisamente en eliminar el contexto. Se toma una frase histórica, se separa del momento en que fue pronunciada, se le atribuye una intención que no está demostrada y, finalmente, se presenta como la primera prueba de un proyecto que supuestamente continúa hasta nuestros días. De esa manera, una discusión política de finales del siglo XIX termina convertida artificialmente en una explicación para acontecimientos ocurridos más de un siglo después.

El procedimiento es característico de las teorías conspirativas porque permite utilizar cualquier dato como confirmación. Si existen turistas israelíes en la Patagonia, se presentan como agentes de reconocimiento. Si existen ciudadanos israelíes o judíos que poseen propiedades, esas propiedades se convierten en evidencia de una operación territorial. Si ocurre un incendio, el incendio puede ser incorporado a la misma narrativa. La teoría no necesita demostrar la relación entre esos hechos; le basta con colocarlos uno al lado del otro hasta producir la impresión de que forman parte de una misma historia.

Del supuesto plan secreto a los mochileros israelíes

La versión contemporánea del Plan Andinia demuestra hasta qué punto una teoría conspirativa puede adaptarse a los acontecimientos de cada época. La narrativa actual sostiene que jóvenes israelíes que recorren Sudamérica después de cumplir su servicio militar no serían simplemente turistas, sino soldados que realizan tareas de reconocimiento y elaboración de mapas para una futura ocupación. La ADL identifica esta afirmación como una de las versiones modernas del mito y la presenta como una ficción derivada de la vieja teoría conspirativa.

La transformación es importante porque convierte una característica perfectamente normal de una sociedad en una señal de conspiración. Un ciudadano israelí que viaja por Argentina o Chile deja de ser considerado como individuo y pasa a ser interpretado como representante de una operación colectiva. Su nacionalidad se convierte en la explicación de sus intenciones y cualquier actividad que realice puede ser interpretada retrospectivamente como parte de un supuesto plan.

Ese mecanismo no es exclusivo del Plan Andinia. Es uno de los procedimientos clásicos del pensamiento conspirativo: primero se establece que existe una organización secreta y después se interpreta cualquier acontecimiento compatible con esa idea como una confirmación. El problema es que la ausencia de evidencia también puede ser utilizada por el conspiracionista como evidencia, porque la inexistencia de pruebas puede explicarse diciendo que la organización es tan secreta que ha conseguido ocultarlas.

Por esa razón, discutir una teoría conspirativa exclusivamente a partir de cada una de sus afirmaciones puede convertirse en un ejercicio interminable. Siempre aparecerá un nuevo supuesto indicio. Lo que resulta más eficaz es examinar su origen, su estructura y el tipo de razonamiento que utiliza.

Patagonia, incendios y la actualización de una vieja mentira

La Patagonia proporcionó durante 2026 un nuevo escenario para esa narrativa. Los incendios registrados en Argentina fueron utilizados por distintos actores para difundir acusaciones que vinculaban a ciudadanos israelíes, al Gobierno de Israel o a la supuesta existencia del Plan Andinia con los siniestros. Sin embargo, las investigaciones citadas en medios internacionales no encontraron pruebas que sustentaran esas acusaciones contra israelíes o comunidades indígenas. En algunos casos sí existían indicios de incendios provocados, pero eso no establecía ninguna relación con una conspiración judía para apoderarse de la Patagonia.

La diferencia entre ambos planteamientos es fundamental. Una investigación criminal puede establecer que un incendio fue provocado deliberadamente y buscar a sus responsables. Una teoría conspirativa comienza por identificar a un responsable colectivo y después incorpora el incendio como evidencia de su existencia. El primer procedimiento parte de hechos que deben ser demostrados; el segundo parte de una conclusión que busca hechos capaces de sostenerla.

Es precisamente en ese punto donde el Plan Andinia vuelve a conectar con la historia general del antisemitismo. Durante siglos, las sociedades europeas recurrieron a los judíos como explicación de problemas que tenían causas mucho más complejas. Las epidemias, las crisis económicas, las derrotas militares y las transformaciones sociales fueron acompañadas en distintos momentos por acusaciones contra comunidades judías. Las teorías conspirativas ofrecían una ventaja psicológica: convertían acontecimientos difíciles de comprender en historias sencillas protagonizadas por un enemigo identificable.

El antisemitismo moderno heredó muchos de esos mecanismos y los adaptó a nuevas circunstancias. El conspiracionismo racial y político sustituyó parcialmente a las antiguas acusaciones religiosas, pero conservó una estructura semejante: la existencia de un grupo supuestamente poderoso, organizado y oculto al que se atribuye una responsabilidad colectiva por acontecimientos que afectan a la sociedad.

El Plan Andinia es una versión latinoamericana de esa estructura.

Cuando cambia la palabra, pero permanece el prejuicio

El antisemitismo contemporáneo presenta una dificultad adicional porque no siempre utiliza la palabra “judío”. Puede utilizar otras expresiones, especialmente cuando intenta presentarse como un discurso político legítimo. Una de ellas es “sionista”.

La distinción es necesaria. Criticar al Gobierno de Israel, denunciar decisiones políticas o rechazar las acciones de Benjamin Netanyahu no constituye por sí mismo antisemitismo. La propia definición de trabajo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto establece expresamente que una crítica a Israel comparable a la realizada contra cualquier otro Estado no debe considerarse antisemita.

El problema aparece cuando el lenguaje político empieza a recuperar los viejos estereotipos antijudíos. La misma definición señala como manifestaciones de antisemitismo las teorías sobre una conspiración judía mundial, la atribución colectiva a los judíos de acciones realizadas por individuos, la utilización de estereotipos sobre su poder o influencia y la negación del derecho del pueblo judío a la autodeterminación. También considera antisemita la negación o distorsión del Holocausto y la utilización de imágenes o acusaciones históricamente vinculadas al odio contra los judíos.

Esto permite establecer una diferencia que con frecuencia desaparece en las discusiones digitales. Una persona puede ser profundamente crítica del Gobierno de Israel sin ser antisemita. Lo que debe examinarse es el contenido concreto de su discurso, los estereotipos que utiliza, las personas a las que atribuye responsabilidad y el tipo de solución política que propone.

Cuando una crítica a un Gobierno se transforma en una teoría sobre los judíos como colectivo, el objeto de la discusión ha cambiado.

Y cuando la palabra “sionista” comienza a utilizarse simplemente como sustituto de “judío”, el cambio puede resultar todavía más evidente.

El antisemitismo no necesita abandonar la política

Una de las características más preocupantes del antisemitismo contemporáneo es precisamente su capacidad para atravesar las fronteras ideológicas. La investigación de la ADL publicada en abril de 2026 señala que la teoría del Plan Andinia ha circulado tanto en ambientes de extrema derecha como entre determinados sectores de izquierda radical, incluidos actores políticos de Argentina y Chile.

Esto no significa que la extrema derecha y la izquierda sean equivalentes, ni que todos los críticos de Israel compartan posiciones antisemitas. Significa algo más específico: una teoría conspirativa puede viajar entre espacios políticos diferentes cuando ofrece una explicación suficientemente sencilla para un problema complejo.

La conspiración cumple esa función porque ofrece un enemigo que parece omnipotente. El mismo mecanismo que durante décadas presentó a “los judíos” como responsables de acontecimientos políticos, económicos o sociales puede reaparecer bajo la denominación de “los sionistas” cuando el contexto político cambia.

El problema no reside en la existencia de una palabra nueva, sino en la estructura del argumento. Si detrás de ella continúa apareciendo la idea de un grupo judío mundial que controla gobiernos, medios, bancos, territorios o acontecimientos históricos, el vocabulario político no ha eliminado el prejuicio. Simplemente lo ha actualizado.

Arendt y la banalización del odio

Es en este punto donde Hannah Arendt permite introducir una dimensión diferente al análisis. Arendt no estudió las redes sociales ni el Plan Andinia, y sería un error utilizar su obra como si hubiera anticipado literalmente los fenómenos digitales del siglo XXI. Su aporte sirve para otra cosa: para pensar qué ocurre cuando los seres humanos dejan de ejercer el juicio crítico y comienzan a repetir fórmulas que les permiten evitar la complejidad de la realidad.

En Eichmann en Jerusalén, Arendt examinó el comportamiento de Adolf Eichmann durante su juicio y desarrolló el concepto de la “banalidad del mal”. La expresión no significa que los crímenes del nazismo fueran banales, sino que el mal puede ser ejecutado por personas que no se presentan necesariamente como monstruos y que pueden refugiarse en fórmulas, órdenes, lugares comunes y una incapacidad para examinar críticamente lo que están haciendo.

Trasladar esa reflexión a las redes sociales exige prudencia. No estamos diciendo que un usuario que reproduce una teoría antisemita sea equivalente a un criminal nazi. Una comparación de ese tipo sería histórica y moralmente desproporcionada. Lo que sí podemos preguntarnos es qué sucede cuando la repetición sustituye al pensamiento y cuando una persona comparte una acusación que jamás ha investigado porque encuentra en ella una explicación sencilla para acontecimientos complejos.

Las redes sociales pueden acelerar ese proceso. Una persona puede encontrarse con una publicación sobre turismo israelí en Patagonia, después con una afirmación sobre compra de tierras, posteriormente con una acusación relacionada con incendios y finalmente con una referencia directa a una supuesta conspiración judía. Cada publicación puede llegar desde una cuenta diferente y presentarse como información independiente, aunque todas reproduzcan la misma narrativa.

La repetición crea entonces una apariencia de corroboración. No porque existan pruebas nuevas, sino porque la misma afirmación aparece una y otra vez.

El problema no es solamente quién publica el odio

Sería tentador explicar todo esto diciendo que detrás de esas cuentas existen bots o gobiernos extranjeros. Puede ocurrir que algunas campañas digitales sean coordinadas, pero no existen pruebas suficientes para atribuir de manera general la circulación del Plan Andinia en redes a una operación específica financiada por un Estado. Tampoco sería correcto asumir que todas las personas que reproducen estas ideas son cuentas automatizadas.

Y precisamente por eso el problema resulta más serio.

Una teoría conspirativa no necesita que todos sus propagadores sean bots. Puede circular entre personas reales que han incorporado una determinada narrativa y que la reproducen porque creen en ella, porque desean provocar, porque buscan pertenecer a una comunidad política o simplemente porque nunca se han detenido a comprobar su origen.

El problema pasa entonces de la existencia de una supuesta operación secreta a una cuestión mucho más concreta: qué capacidad tienen las plataformas para detectar, contextualizar y limitar la circulación de discursos de odio y contenidos extremistas.

En abril de 2026, la ADL publicó una investigación sobre Instagram en la que reportó que, durante pruebas realizadas entre enero y febrero de ese año, la plataforma retiró solamente 18 de 253 cuentas y publicaciones denunciadas por investigadores por estar vinculadas con redes supremacistas blancas, organizaciones terroristas designadas y vendedores de mercancía nazi. Según la organización, el 93 % del contenido reportado permaneció en la plataforma.

El estudio no demuestra que Meta fomente deliberadamente el antisemitismo, ni permite atribuir una motivación personal a Mark Zuckerberg. Sí plantea una cuestión relevante sobre el funcionamiento de la moderación en una de las mayores empresas tecnológicas del mundo: cuando determinados contenidos extremistas permanecen disponibles y alcanzan grandes audiencias, la plataforma deja de ser únicamente el lugar donde alguien expresa una opinión y se convierte también en el mecanismo que permite que esa opinión circule, se replique y encuentre nuevos receptores.

El problema es especialmente importante cuando se trata de teorías conspirativas porque estas funcionan mediante acumulación. Una publicación aislada puede parecer absurda. Cientos de publicaciones similares pueden crear la ilusión de que existe un consenso.

El odio también se aprende

Quizá la consecuencia más preocupante de este fenómeno sea que una persona puede entrar en una conversación creyendo que está leyendo una discusión sobre geopolítica y terminar expuesta a un repertorio completo de prejuicios antisemitas sin haber percibido exactamente cuándo ocurrió el cambio.

Primero aparece una crítica a Israel. Después una afirmación sobre el sionismo y apoyo a Hamas. Más adelante aparece el Plan Andinia. Después surge la idea de que los judíos controlan determinados sectores económicos o mediáticos. En otro comentario aparece la negación del Holocausto. Finalmente pueden aparecer expresiones que recuperan símbolos y referencias directamente vinculados con el exterminio nazi.

No todas las personas recorrerán ese camino. Pero la existencia de ese recorrido muestra que el antisemitismo no necesita presentarse desde el comienzo con una bandera nazi para ser reconocible. Puede empezar con una conspiración aparentemente política y terminar recuperando los mismos prejuicios que alimentaron el antisemitismo europeo durante generaciones.

La referencia a los “jabones” que aparece en determinados espacios digitales resulta particularmente reveladora porque no se trata de una crítica al Gobierno de Israel ni de una discusión sobre la guerra de Gaza. Es una alusión vinculada al imaginario del Holocausto y, en algunos casos, a su trivialización o negación. Cuando una discusión llega hasta ese punto, resulta difícil sostener que el objeto de la conversación continúa siendo exclusivamente la política del Gobierno israelí.

El antisemitismo ha vuelto a aparecer sin necesidad de presentarse con su nombre histórico.

Gaza no puede convertirse en el nuevo territorio de la conspiración

La guerra entre Israel y Hamas ha creado un escenario especialmente fértil para la circulación de discursos radicalizados. La dimensión de la conflicto en Gaza y las imágenes de destrucción han generado una indignación legítima en todo el mundo, pero también de uso para propaganda para fomentar el antisemitismo. Las políticas del Gobierno israelí pueden y deben ser objeto de escrutinio, como ocurre con las decisiones de cualquier gobierno. Pero esa indignación no puede convertirse en una licencia para atribuir a los judíos como colectivo la responsabilidad por las decisiones del Estado de Israel.

Tampoco puede utilizarse para borrar los crímenes cometidos por el grupo terrorista Hamas y otros grupos armados durante el ataque del 7 de octubre de 2023. Naciones Unidas ha señalado que alrededor de 1.200 personas fueron asesinadas durante aquel ataque y ha condenado los asesinatos de civiles, la toma de rehenes, la violencia sexual, la tortura y otros actos cometidos durante la ofensiva.

Reconocer esos crímenes no implica responsabilizar colectivamente a los palestinos. Hamas no es sinónimo del pueblo palestino, de la misma manera que el Gobierno israelí no es sinónimo de todos los israelíes y judíos del mundo.

Precisamente esa capacidad de distinguir entre individuos, gobiernos, organizaciones armadas, pueblos y comunidades es una de las barreras más importantes contra la deshumanización.

Las teorías conspirativas hacen lo contrario. Eliminan las diferencias y convierten a millones de personas en una sola entidad.

La vieja mentira, el nuevo lenguaje

El Plan Andinia es importante no porque exista alguna posibilidad demostrada de que los judíos estén preparando una conquista de la Patagonia. Es importante porque permite observar cómo funciona el antisemitismo cuando necesita adaptarse a una época en la que sus formulaciones tradicionales son más difíciles de presentar abiertamente.

Durante siglos, el judío fue presentado como responsable de epidemias, crisis económicas, conspiraciones y derrotas. En el siglo XX, esas acusaciones fueron transformadas por el antisemitismo racial y político hasta desembocar en la maquinaria genocida del nazismo. Después del Holocausto, muchas sociedades establecieron límites políticos y culturales más fuertes contra ese lenguaje, pero los prejuicios no desaparecieron.

Lo que cambió fue, en buena medida, la forma de expresarlos.

El Plan Andinia es un ejemplo particularmente claro. Una teoría surgida en ambientes nacionalistas y antisemitas puede reaparecer décadas después como supuesto análisis geopolítico. Un turista israelí puede convertirse en supuesto agente secreto. Una propiedad puede transformarse en prueba de una invasión. Un incendio puede convertirse en evidencia de un plan territorial. Una discusión sobre Israel puede terminar en una teoría sobre los judíos. Y una teoría sobre los judíos puede terminar recuperando directamente la negación del Holocausto o los símbolos del nazismo.

La mentira no necesitó cambiar de estructura. Solamente tuvo que aprender un nuevo vocabulario. Por eso la pregunta más importante no es si existe el Plan Andinia. La evidencia disponible no demuestra que exista.

La pregunta es por qué una teoría conspirativa construida en ambientes antisemitas hace más de medio siglo puede regresar en pleno siglo XXI y encontrar personas dispuestas a discutirla como si acabara de ser descubierta.

La respuesta tiene que ver con la velocidad de las redes, con la debilidad de determinados mecanismos de moderación, con la polarización política y, sobre todo, con una condición humana que Hannah Arendt estudió mucho antes de que existieran Facebook, Instagram o Threads: la posibilidad de abandonar el ejercicio del juicio y sustituirlo por la repetición de ideas que nos permiten comprender el mundo sin tener que enfrentarnos a su complejidad.

El antisemitismo no necesita aparecer siempre diciendo que odia a los judíos. Puede aparecer diciendo que existe un plan secreto para apoderarse de un territorio. Puede aparecer diciendo que todos los israelíes son agentes. Puede aparecer afirmando que todos los judíos son ricos, supremacistas o responsables de las decisiones de un gobierno. Puede aparecer negando un genocidio o convirtiéndolo en una broma.

La forma cambia. El mecanismo permanece.

Y cuando una sociedad deja de preguntarse si una acusación es cierta y empieza a aceptarla porque la ha visto repetida miles de veces, la conspiración ya ha conseguido algo mucho más importante que convencer de la existencia de un supuesto Plan Andinia: ha conseguido convertir el prejuicio en una forma aparentemente normal de interpretar la realidad.


Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

También te puede interesar

Últimas noticias