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sábado, 08 de mayo del 2021

Adiós, Juan Alfonso Delgado

"Su trabajo no fue con las armas sino en el plano polí­tico y durante la ofensiva armada de la guerrilla en 1989, fue capturado por el ejército salvadoreño y cruelmente torturado, lo que a la larga le perjudicó en la salud"

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Probablemente cuando el lector esté leyendo estas lí­neas, en un lugar de El Salvador estarán siendo inhumados los restos de Juan Alfonso Delgado, sociólogo que como miles de salvadoreños luchó durante la guerra civil al lado del Frente Farabundo Martí­ para la Liberación Nacional (FMLN).

Su trabajo no fue con las armas sino en el plano polí­tico y durante la ofensiva armada de la guerrilla en 1989, fue capturado por el ejército salvadoreño y cruelmente torturado, lo que a la larga le perjudicó en la salud. Si en esa ocasión no fue asesinado como ocurrí­a con miles de combatientes, integrantes y simpatizantes del FMLN fue por la presión internacional en su favor. Podrí­a decirse que fue casi un milagro que lo liberaron con vida.

En esos años la guerra entre el gobierno derechista de El Salvador y la guerrilla del FMLN era encarnizada y los muertos y heridos aparecí­an casi a diario en diversas regiones del paí­s.

Por esos azares del destino que sólo los dioses conocen, en 1988 coincidió como vecino de asiento en un autobús que viajaba hacia San Salvador, con el ahora también difunto Amado Avendaño Figueroa, que por asuntos familiares se trasladaba al paí­s en el que nació el poeta Roque Dalton. Pronto se identificaron y resultó que para esas fechas ya tení­an parentesco polí­tico que los uní­a, por lo que entablaron una amena plática con la que nació la amistad entre ambos.

Eran los tiempos en que 14 familias acaudaladas se sentí­an dueñas del paí­s; en que tener una fotografí­a del ahora beato monseñor Óscar Arnulfo Romero, escuchar canciones de protesta como las de los Guaraguao, grupo venezolano formado en 1973 cuando popularizó la canción titulada “Casas de Cartón”, o simplemente ser estudiante o joven, eran ya casi una sentencia de muerte en esa nación centroamericana.

Eran los tiempos de la clandestinidad, del trabajo sigiloso para tratar de ganar la guerra que a la postre dejó más de 70 mil muertos; eran tiempos de alejarse de la familia para no comprometerla ni ponerla en peligro.

Para entonces habí­an pasado ya varios años de cuando Marí­a Serrano de Tobar, que falleció en febrero de 1984, abuela materna de Juan Alfonso, habí­a dicho que cuando llegaran los soldados o los guerrilleros se esconderí­a en el horno de tierra en el que su hija Evangelina Tobar cocí­a el pan, las quesadillas, las gallinas rellenas o las gallinas horneadas como se les conoce.

Años después de que terminó la guerra como resultado de los acuerdos de paz firmados el 16 de enero de 1992 en la Ciudad de México, Juan Alfonso viajó a Estados Unidos para buscar trabajo, luego de haber dejado lo mejor de sus años luchando y arriesgando la vida con el ideal de que un dí­a las cosas cambiaran en el paí­s.

En su opinión, uno de los logros de la guerra fue abrir los espacios polí­ticos que cuando inició el conflicto bélico estaban completamente cerrados, pues la derecha no permití­a que expresiones de otro tipo gobernaran.

Fue precisamente en ese contexto que mediante un escandaloso fraude electoral a principios de la  década de los 70 el gobierno impuso al coronel Arturo Armando Molina como presidente de la República, lo que profundizó los preparativos para  el estallido de la guerra, una de las más cruentas de los últimos tiempos.

Una vez firmada la paz, Juan Alfonso defendí­a los beneficios de la guerra porque, decí­a, habí­a logrado abrir los espacios polí­ticos, gracias a lo cual el FNLM pudo ganar la presidencia de la República con el periodista Mauricio Funes como candidato externo en 2009 y en 2014 con el actual mandatario, Salvador Sánchez Cerén.

Como  muchos otros, no se benefició personalmente de la lucha en la que participó, ya que, ironí­as del destino, en busca de trabajo en 2002 emigró a los Estados Unidos, paí­s (imperio) al que odiaba y de alguna forma habí­a combatido, pues fue el que con mil millones de dólares diarios sostuvo durante años al gobierno y a los militares salvadoreños para que no fueran derrotados por la guerrilla.

Fue en ese paí­s del norte donde hace más de ocho dí­as murió a los 72 años de edad, a causa de padecimientos en el corazón que se le fueron agravando con la muerte de su hijo Alexis hace dos años y de su hermana Magdalena hace unos meses.

A partir de este martes 16 enero, justo cuando se cumplen 26 años de la firma de los acuerdos de paz que pusieron fin a la  guerra en El Salvador, los restos de Juan Alfonso serán depositados en el panteón de la ciudad de San Juan Opico, lugar donde arrancan corazones. Descansa en paz, estimado primo, que en algún lugar de ese paí­s más de alguno te agradecerá siempre los años que dedicaste a la lucha para que un dí­a las cosas sean diferentes y no haya más desigualdad social y los pobres entre los pobres tengan siempre por lo menos algo que comer.

Picotazos

A propósito de El Salvador, me dio mucho gusto coincidir en Tuxtla Gutiérrez con mis paisanos salvadoreños (ahora mis amigos también) que trabajan o trabajaron en el Diario de Hoy: Karla Arévalo, Juan José Morales, Lilian  Martí­nez, Cecibel Romero y Jorge Beltrán, quienes asistieron también al  Taller de seguridad y periodismo de investigación impartido por Jonh Dinges (de Estados Unidos, autor del libro Operación Cóndor: una década de terrorismo internacional en el Cono Sur), Daniela Guanzo y Jorge Luis  Sierra, patrocinado por la Universidad Autónoma de Chiapas, el Border Center for Journalists and Bloggers y el medio digital Chiapas Paralelo”¦  Vaya desde este espacio un abrazo fraterno a la colega periodista Claudia Gómez Hernández y a su hermana Erandy, por el sensible fallecimiento de su madre Marí­a de Jesús Hernández. Descanse en paz.

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Foto ilustrativa cortesí­a de: Museo de la Palabra y la Imagen

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