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jueves, 24 septiembre 2026

Los senderos de la higuera | El último rostro de André del Monte

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André del Monte llevaba varias noches sin dormir. Cuando finalmente conseguía cerrar los ojos, regresaba al campo de batalla. No importaba cuánto se alejara de aquel lugar ni cuántos caminos recorriera después de la muerte de su extraño compañero; en sus sueños volvía a ver el cerro, el humo suspendido sobre el valle y aquella criatura de seis patas que había hablado con él como ningún hombre lo había hecho en muchos años.

Recordaba su voz, sus palabras sobre la guerra, sobre los hombres, sobre las plagas y sobre aquel lejano lugar del sur donde esperaba regresar algún día. Recordaba también la explosión que había convertido su cuerpo en restos sobre la tierra. André había sentido una tristeza profunda cuando lo vio morir, casi infantil, porque aquella criatura había sido la única compañía con la que había conseguido mantener una conversación sin tener que explicar quién era ni por qué había llegado hasta allí.

Después de cuarenta años viendo desaparecer personas, ciudades, pueblos y criaturas, André había aprendido a soportar la muerte. Había visto demasiados cuerpos para seguir sorprendiéndose ante un cadáver y había presenciado demasiadas despedidas para creer que alguna pudiera ser definitiva. Sin embargo, aquella muerte era diferente. Le dolía porque había perdido algo que no sabía que todavía podía tener: compañía.

La pequeña ciudad donde se había detenido no tenía un nombre que recordara. Era apenas un conjunto de calles estrechas, casas antiguas y edificios que habían sobrevivido a la desaparición de las grandes ciudades. Algunas personas comerciaban todavía en pequeños mercados y otras intercambiaban alimentos, herramientas, medicinas o cualquier objeto que pudiera resultar útil. El dinero había dejado de tener importancia hacía mucho tiempo. Una cesta de frutas podía pagar una noche en una habitación; una pieza de metal podía conseguir comida y una botella de aceite podía valer más que cualquier billete impreso antes del derrumbe.

André ocupaba un cuarto pequeño en la parte superior de una casa vieja. Por las noches escuchaba el viento golpear las ventanas y, algunas veces, los pasos de la mujer que vivía abajo. Ella decía descender de antiguos alemanes que habían llegado a aquellas tierras mucho antes de que el mundo cambiara. André nunca preguntó demasiado. Había aprendido que algunas historias eran mejores cuando permanecían incompletas.

Pero aquella noche volvió a soñar. Soñó que estaba acostado y que algo se encontraba detrás de él. No podía verlo, pero sentía su respiración cerca de la nuca. Intentaba mover los brazos y no podía; intentaba gritar y solamente conseguía abrir la boca. La presencia se acercaba lentamente, como si quisiera entrar dentro de su cuerpo. André sintió que el aire desaparecía de sus pulmones y, cuando finalmente despertó, permaneció inmóvil durante varios segundos. La habitación estaba completamente oscura y, sin embargo, la sensación de aquella presencia seguía allí.

André encendió una vela y permaneció sentado en el borde de la cama. El sudor le corría por la espalda. Miró sus manos y después contempló el pequeño baúl que llevaba consigo desde hacía décadas. Dentro estaba la flor de higuera, un objeto que pertenecía a otra época, a otros caminos, a otras criaturas y a una versión de sí mismo que ya no reconocía.

Abrió el baúl, sacó la flor con cuidado y la colocó sobre la mesa. Durante varios minutos solamente la observó antes de comenzar a hablarle, casi como si hubiera estado esperando aquel momento durante toda su vida.

—He cruzado los caminos de la oscuridad durante décadas. He visto criaturas que ningún hombre debería haber visto, he visto morir ciudades y he visto nacer otras sobre sus ruinas. He mirado al mal directamente a los ojos y también he descubierto que algunas criaturas que parecían monstruos tenían más compasión que los hombres. Mi vida se ha ido entre una lucha contra lo imposible y la negación. Las nobles emociones nunca se me acercaron. Del amor solo escuche algunos y el odio me siguió siempre. He negado lo que fui, lo que perdí y lo que ya no existe. He pasado tanto tiempo tratando de escapar de este mundo que olvidé preguntarme qué soy yo.

Miró su reflejo en el pequeño espejo que colgaba de la pared y permaneció contemplándolo durante un largo momento.

—Somos monstruos —dijo lentamente—. Y yo soy uno.

Entonces tomó la flor entre ambas manos.

—Ayúdame. No quiero seguir siendo esto. Quiero convertirme en uno de ellos. Quiero dejar de sentir como siente un hombre. Quiero dejar de esperar que alguien venga a salvarme. Quiero ser aquello que todos temen. Ya soy un monstruo; solo necesito que me ayudes a aceptarlo.

La flor comenzó a emitir un resplandor débil que poco a poco llenó la habitación. André cerró los ojos mientras aquella luz se extendía por las paredes, envolvía su cuerpo y borraba durante unos instantes el reflejo que tenía delante. Cuando volvió a mirar el espejo, sonrió. No reconoció aquello que estaba frente a él, pero tampoco sintió miedo. Por primera vez en muchos años, se sintió completamente vivo.

Al abrir la puerta, la mujer que alquilaba la habitación estaba en el patio. Lo vio y soltó un grito antes de correr hacia la calle. Un hombre que caminaba por la acera lo observó apenas unos segundos y comenzó a gritar también. Las personas salieron de las casas, miraron hacia André y huyeron en todas direcciones; algunos tropezaron mientras intentaban escapar y otros golpearon puertas buscando refugio. La ciudad entera pareció despertar al mismo tiempo ante una presencia que nadie podía comprender.

André los observó sin sentir tristeza ni rabia. Lo que experimentaba era algo mucho más extraño: libertad. Extendió aquello que ahora llevaba sobre la espalda y se elevó lentamente sobre las casas. Desde el cielo contempló las calles llenas de personas que corrían y, después de levantar una mano, vio caer el fuego.

Las primeras llamas cubrieron los techos y pronto desaparecieron las calles. Los edificios comenzaron a derrumbarse mientras una nube negra cubría la ciudad. El calor llegó hasta André mientras ascendía cada vez más y, desde aquella altura, pudo observar cómo todo aquello que había conocido se convertía en una extensión de ceniza. Continuó volando hacia el mar hasta que encontró una pequeña isla y descendió sobre una playa de piedras oscuras. El sol estaba desapareciendo detrás del horizonte y el cielo comenzaba a adquirir un color rojizo.

André se sentó frente al agua y permaneció contemplando el anochecer. Había conseguido lo que quería: ya no era un hombre y nadie podía tocarlo, pero tampoco nadie podía hacerle daño. Entonces se preguntó qué le quedaba.

Fue en ese momento cuando sintió un dolor profundo en el costado izquierdo. Miró hacia abajo y descubrió una enorme piedra atravesada en su cuerpo. No recordaba cuándo había ocurrido. Tal vez una de las piedras levantadas por la destrucción de la ciudad había viajado por el aire y había terminado golpeándolo. La retiró lentamente y descubrió algo todavía más terrible: una parte de su cabeza había desaparecido.

André llevó una mano hasta el lugar y comprobó que continuaba vivo. No había sangre suficiente para explicar aquello y tampoco había muerte. Comprendió entonces lo que había hecho. No se había convertido en un monstruo para morir; se había convertido en un monstruo para vivir para siempre.

André comenzó a reír y después lloró. Durante mucho tiempo permaneció sentado frente al mar, sosteniendo la flor de higuera entre sus manos. Finalmente la miró por última vez.

—Esto era lo que quería, ¿verdad?

La flor no respondió.

André apretó los dedos y la destruyó lentamente entre sus manos hasta convertirla en pequeños fragmentos que el viento llevó hacia el mar. Entonces escuchó un ruido detrás de él. De entre las piedras apareció un pequeño gato que caminó hacia él sin miedo y se sentó a sus pies.

André se quedó inmóvil. El animal le recordó aquel otro gato que alguna vez había considerado un compañero y que finalmente lo había traicionado. Lo tomó entre sus manos y durante unos segundos permaneció contemplándolo.

—No soy como el otro —dijo el gato.

André lo miró sorprendido.

—¿También hablas?

—Claro que hablo. Te voy a acompañar porque me das lástima.

André lo vio fijamente.

—¿Lástima?

—No demasiada. Eres un pobre diablo. Tendré piedad de ti y te acompañaré.

Por primera vez en mucho tiempo, André sonrió sin sentir dolor. El gato se acomodó entre sus brazos mientras ambos miraban el horizonte, y después comenzaron a caminar.

Así André del Monte volvió a recorrer un mundo que ya había perdido sus nombres y que continuaba destruyéndose lentamente. Ya no era un hombre, pero tampoco sabía exactamente qué era. Caminó durante años sin saber hacia dónde iba, acompañado únicamente por aquel pequeño gato que había decidido tenerle compasión. Esperó la llegada del fin y aguardó un meteorito que atravesara el cielo, una guerra capaz de acabar con todo o una criatura más poderosa que él que finalmente pudiera destruirlo. Esperó incluso el día en que el sol creciera hasta convertirse en una esfera roja y gigantesca, tres veces mayor de lo que había sido, hasta consumir la Tierra con sus llamas.

Pero nada ocurría. El tiempo seguía pasando y André continuaba vivo.

Hasta que un día levantó la mirada y vio el cielo completamente cubierto por una nube roja. El sol había comenzado a crecer y su luz envolvía el mundo con un resplandor semejante al de un incendio. André contempló aquella inmensidad mientras el pequeño gato permanecía junto a él. Entonces comenzó a llorar, primero en silencio y después con una amargura que parecía venir de todos los años que había vivido.

Cerró los ojos y un vago recuerdo vino a su mente cuando su madre lo miraba correr en el campo de sandías. En medio de la soledad, mientras las lágrimas recorrían aquello que alguna vez había sido el rostro de André del Monte, una mueca, que era su última sonrisa, apareció en su hocico. Había esperado toda su vida la muerte. Y ahora, convertido en aquello que alguna vez había temido, comprendía que quizá la verdadera condena nunca había sido morir.

FIN.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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