Autor: Evenor Saavedra |
Lambert: ¿Tú la admiras?
Ash: …Admiro su perfección. Es indestructible. No está cegada por la conciencia, el remordimiento y la ilusión de la moralidad.
Alien (1979).
Eso no puede ser, eso no existe.
María pegó un respingo al reconocerlo. Lo vio correr hacia la esquina de bajareque y ocultarse a medias detrás de unos costales de maíz. Dios mío, Dios mío, ¡por favor no! Una ola de desesperación le fue subiendo desde el estómago a la garganta, y su cuerpo comenzó a temblar como atormentado por el paludismo. Te lo suplico, Señor, ¡no me castigues así! La muñeca de trapo cayó de sus manos… muda, sorda, como caen las muñecas de trapo sobre un suelo de tierra, sin que desapareciera de su rostro la sonrisa de hilo. Algunas hormigas volaron al impacto, y el polvo levantó su tormenta al margen del caos.
Un chillido extraño, entre rata y pájaro, desgarró la película de silencio que recubría el granero, apuñalando con agudas cuchillas sonoras los alterados nervios de María, muda de terror, ahogada por las magnitudes del grito que se atoraba en su garganta. Que no siga, que no siga ¡por Dios!
La criatura, ya menos tímida, sacó la cabeza de su escondite y enseñó sus negros colmillos.
Crujir de hojas secas, pisoteadas con acelerada violencia. Ramas quebradas, roce de hierbas y tela, ladridos atropellados… y algo más. María corría sin mengua, desesperada y jadeante, soportando el ardor de cada músculo de sus piernas y los arañazos que las ramas estampaban en su rostro. Trozos de su vestido iban quedando en las garras de las zarzas, manos huesudas que jugaban a atraparla. Los perros de la casa, Bestia y Niebla, corrían junto a ella, deteniéndose a ratos para intimidar al perseguidor, tirando pedradas de ladrido y escondiendo la mano entre las patas.
Ha sido mi culpa, mamá me dijo que no lo hiciera. Pero no, Dios mío, no permitas que pase lo mismo…
Desde un principio, María había quedado prendida del televisor; nunca había visto algo tan interesante y divertido. Sus ojitos brillaban y se desorbitaban, su boca se entreabría sin darse cuenta y hasta babeaba; su atención quedaba embebecida cada vez que el ratón Mickey sacaba algo del sombrero, o cuando el hada madrina agitaba su varita. Siempre era una sorpresa tras otra. Tanto color, tanta luz, tantas formas en movimiento eran algo que no se veía fuera de la pantalla. Los comerciales eran harto interesantes; le revelaban la existencia de cosas que todavía no tenían, y que a su mente infantil parecían absolutamente necesarias, ignorando por completo las aburridas peroratas de su padre. Además de todo eso, la televisión tenía algo inquietante; sacaba de la pantalla sus manos invisibles y le juntaba el pellejito de entre los ojos, suspendiendo su mente al vértigo de lo desconocido. La televisión abría una curiosa ventana a lo prohibido…
No debí hacerlo, perdóname mamá…
Por fin salió al camino de tierra por donde se iba a casa de los abuelos. Le gustaba aquel caminito, siempre tierno y acogedor, como hecho a su medida. Su estrechez le daba seguridad, y saludar a la gente la hacía sentir adulta, la cubría con un halo de dignidad que jamás experimentaba en casa. También era el lugar donde se cruzaba con aquel muchacho, el de la sonrisa encantadora… Alto, fuerte y alegre. Cada recodo del camino era una esperanza, un anhelo de verlo aparecer con sus botas, su machete y su sombrero, todo ojos y boca, todo camisa y pantalón. Siempre sentía que un fuego extraño abrasaba su rostro al verle, que el aire se le acababa, y que la vida se le extinguía en el “buenos días”. Y decía para sus adentros que aquel muchacho era mejor invento que la televisión, y le daba gracias a Dios por ello, pidiéndole deseos de princesa.
A él también se lo comerán…
Aaaaabaaa, Aaaaabaaa…
Arrabá, arrabá, arrabá.
Aaaaabaaa, Aaaaabaaa…
Arrabá, arrabá, arrabá.
Tenaza vegetal oprimiendo su cuello. Silbido del viento y grito de parto. Podrida clorofila fluyendo en su vientre, estalla mi carne pulmón inflamado…
Arrabá, arrabá, arrabá.
El Señor me protege, el Señor es conmigo, el Señor guía mi camino…
Rictus extremo abismo de mundo, peste de león enjaulado impregnando su cuerpo, cruje molino de huesos al caer de la infancia, de sus belfos sangrientos escurre lo humano.
No temerás al espanto nocturno,
ni a la flecha que vuela de día…
Aaaaabaaa, Aaaaabaaa.
Arrabá, arrabá, arrabá.
Un grito estremece el follaje. Una invocación a Dios es lanzada como último recurso. Pero nadie ayuda. Los gritos se van desollando hasta dejar al descubierto el rojo alarido, y María siente cercana, acechante, la presencia de algo reptante. Los escucha correr, los escucha cavar; sabe que una vez liberados, no hay manera de escapar o de ocultarse. Lo devoran todo.
Orejas de conacaste llenan su concavidad vidente. Depredación silente en odioso coctel. Arranca poderoso grito la oscuridad de tu vientre; a tus pasos anciano gusano, te enredará caliente su abrazo de hiel. Te observa el místico ojo de la ceiba en su eterna rigidez.
Esto debe ser un sueño, los monstruos no existen en la vida real.
Una esperanza irrumpe en su mente. ¡Eso es! Todavía tiene un recurso a su favor, una estrategia que la ha librado de las peores pesadillas que se puedan imaginar. Detiene la marcha. Los perros la rodean y le ladran alarmados, como instándole a proseguir la carrera. Ella los escucha, pero más fuerte suena el latir de su corazón. Mira a todos lados. Duda. Apuña las manos y los ojos, procura llenar su cuerpo de convicción. Se convence. Y entonces…
—¡Esto es un sueño!
El latido de los perros, el crujir de la leña y la hierba seca, el eco de su grito… Un sonido vago, un cuerpo que se arrastra o es arrastrado…
—¡Esto es un sueño! ¡Esto es un sueño! Esto… sueño…
No funciona.
Una cascada de mundo se vuelca sobre su cabeza.
¿Qué hago, Dios mío? ¿Qué hago ahora?
Mamífero parido arranca de golpe su espina dorsal; el movimiento infinito de su angustia no encuentra la porosidad del quejido; aborto de tripas engullendo la moral.
María corre. Aprieta los ojos y se tapa los oídos para no escuchar los alaridos de Bestia. Todo es mi culpa, perdónenme, perdónenme… Una raíz ganchuda le atrapa el pie y cae con estrépito, haciendo volar por los aires una de sus sandalias. El mundo da de vueltas con manchitas grises y brillantes, y todo se va apagando en paz de inconsciencia.
—Mamá, ¿cómo se llama el muchacho que va a trabajar donde Don Ramiro?
—¿Cuál muchacho, vos?
—Un moreno, que viene de por donde el abuelo.
—A vos riata te voy a dar, esperate que le diga a tu tata que ya andás buscando marido.
Negro y siniestro el enorme hocico del cielo, observa iracundo y escupe truenos al incontenible empuje del viento; cae la cortina de hojas que oculta un bosque de dientes y un océano espeso. ¡Huye del espejo que devuelve de todo un venenoso reverso!
Niebla ladraba entorno a ella y le lamía la cara, mientras espiaba con inquietud los movimientos de los matorrales… Algo acechaba entre el juego de luces, pardo coladero de un ataúd de sombras. Del día solo quedaba un leve resplandor, y las gotas de lluvia comenzaban a desguindarse del inmenso zepelín de nubes.
La noche de la culpa iban a pasar una película de miedo. Ella había visto el anuncio comercial y le rogó a su madre que la dejase verla.
—No siás tarada, niñita, ¿no ves que eso no es para niños?
—¿Por qué, mamá?
—Te va a salir el diablo por andar de malcriada.
—¡Cómo va creer, mamá!
—Te va a castigar, todo lo que veás se te va aparecer.
—Vaya pues…
Pero no dejó de pensar en el comercial… Le daban miedo los monstruos, ¡vaya que sí! Pero… sin entender por qué, no podía reprimir las ganas de ver aquello. ¿Qué les hacían a las personas esas cosas? ¿Por qué eran tan horribles? ¿Existían…?
Manchada, la hierba se estremece. Coágulo de llanto remueve sus vísceras… El corazón no le cabe en el pecho, desgarra las carnes, embiste los huesos. Revienta su coraza la luz de un espectro. Cada recodo horizonte de fauces, el octavo pasajero al abordaje. Ni mañana ni nunca, habrá posibilidades de sobrevivir…
Al incorporarse, sintió una terrible punzada en el bajo vientre, tenía los muslos pegajosos y una terrible sensación de que algo no andaba bien dentro de ella. Lloraba. ¿Qué es esto? ¿Me he lastimado? Un chillido entre rata y pájaro la devolvió a la realidad. Miró a todos lados, dibujando en su rostro una mueca de espanto. Escondido entre las matas y las sombras, un bulto negro y alargado la acechaba. Una larga cola rematada en aguijón tanteaba las ramas bajas de un chilamate. Hace un rato apenas tenía el tamaño de un garrobo, y ahora parecía más grande que un chivo. Creció por comerse a Bestia. María corrió, esta vez gritando a pulmón suelto. Su agudo grito atravesaba como agujas la vida de los pájaros del monte, que caían cual lluvia de muerte y plumas.
Aquella noche logró vencer el sueño. Esperó a que avanzara el tiempo, para estar segura de que sus padres se hubieran dormido, y se levantó de puntillas para pasar al otro cuarto, donde se encontraba la televisión. No era la primera vez, hace un par de semanas le había funcionado la estrategia para sintonizar una película romántica, la cual disfrutó pensando en el muchacho. Ellos ni siquiera lo habían notado. ¡No debí, no debí, no debí! Perdón, mamá.
Algo no cuadraba esa noche. Al acercarse al umbral, notó que un leve resplandor iluminaba apenas la habitación. La televisión estaba encendida, y en ella se veía un objeto indescifrable, moviéndose de una manera incoherente. Sin poder procesar lo que veía, el crujido de una silla llamó su atención hacia un costado, y la estupefacción colmó los límites de su cerebro infantil. Una boca grande le sonrió en la penumbra, y un escalofrío recorrió su cuerpo de pies a cabeza.
—¡Abuelo, abuelo! ¡Ayúdeme!
Arrabá, arrabá, arrabá.
La niña tembló, intentó gritar, pero de su boca solo salió un hilito de voz y de baba. Su cuerpo empapado escurría la lluvia en el piso de cemento, y la frialdad del ambiente destrozaba lo poco que quedaba de su mente. Abuelo… Un monstruo terrible, negro como la brea y de vaga figura humanoide, se alimentaba del rostro de su abuelo, rasgando el tejido y arrancando trozos de hueso con una lengua dura y dentada, como orgánico puñal. Los pies del anciano daban inútiles patadas de moribundo, y sus manos se crispaban por el intenso dolor. Al parecer, todavía no tenía la dicha de abandonar este mundo… La criatura lo mantenía suspendido en el aire, aferrándolo por los hombros, sembrando en su cara aquel beso de muerte. María sintió el dolor del vientre subir hasta su pecho, y desde adentro algo empujaba con una fuerza destructora. ¿Qué es esto? ¡Dios mío! ¡DIOOOOOOOOSSS!
Aaaaabaaa, Aaaaabaaa.
Arrabá, arrabá, arrabá.
Negro aguijón machaca el pasado, perrazo blanco bañado en sangre, oscura habitación dentada de padre, descuartizado materno tragando el gemido. En la noche de la culpa todo es misterio, y se guarda profundo en la negrura. En la noche de la culpa mamá y papá se confunden, la inteligencia es miope y el instinto sabio, el espacio lucha por ser colmado, las estrellas titilan sordos gritos de dolor.
Papi, ¿qué le haces a mamá?
Burla paterna en la oscuridad…
María camina dando pasitos de muerte. Su mano contra el pecho, y su carita roja empapada en lágrimas. Va triste, resignada. “Esto es un sueño, esto es un sueño”, se repite, ya sin esperanzas de convencerse. Un murmullo viscoso le atrae hacia el pozo seco de los abuelos, en él se revuelve un conglomerado de entrañas. Ya nada le sorprende. “Mamá, papá”, dice, dejándose atraer por el abismo.


