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sábado, 18 julio 2026
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Escrito en una servilleta: La encrucijada de la sociología: ¿paradigma reinvencionista o para-dogma sofista? (2)

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Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

En la encrucijada de 2019 se revelaron, con más fuerza, los problemas centrales que han acosado a la sociología crítica: el epistemológico, el social y el político. Partiendo de la premisa de que las respuestas, a todos los problemas, dependen del contexto histórico, cuando la sociología surge, en el seno de la primera revolución industrial, optó por diseñar constructos teóricos coherentes en favor de la naciente burguesía: epistemología del victimario, estratificación real y movilidad social descendente como “mundo feliz”, todo ello en un clima político de orden y progreso, sin cambiarle nada a ese orden. Ese fue el primer paradigma de la sociología: hacer funcional y estable a la sociedad capitalista.

En esa lógica, tales problemas tuvieron respuestas distintas en los márgenes de la Comuna de Paris (1871), en las consignas de la huelga general de brazos caídos (1944), en La Habana (1959), en Chapultepec (1992), y, últimamente, en el centro histórico de San Salvador (2019). Respuestas diferentes en el marco de condiciones heredadas diferentes que demandaron, como cuestión teórica urgente, otro paradigma para resolver las anomalías del viejo, el cual, al negarse a morir, se convirtió en un para-dogma: el negacionismo hasta de sí misma.

En los congresos internacionales, seminarios, posgrados y baby shower de autopromoción, los sociólogos se rasgan las vestiduras al hablar de: desigualdad social, revolución, pensamiento crítico, derechos humanos, equidad sociocultural, pero todo queda en el papel, en la laptop, en el púlpito, en sus abstracciones acríticas, en el bar del hotel con estrellas y en las ciudades visitadas (con fondos públicos), pues no hacen nada por comprender-transformar el país y las condiciones de vida de sus habitantes.

No hallaremos sociólogos que, públicamente, nieguen el cambio social, pero a solas niegan la transformación social buscándole defectos o negando su urgencia; rara vez hallaremos sociólogos que se declaren sofistas, siéndolo, tanto por lo que tergiversan como por lo que callan; no hallaremos sociólogos que nieguen la necesidad del pensamiento crítico (y hasta se declaran sus íconos, aunque carecen de él), pero nunca toman una posición del lado de las víctimas, porque para ellos la sociología critica es aquella que critica por criticar, como ritual de bautizo, los intentos por instaurar la utopía más allá de las palabras.

Sin embargo, la sociología es crítica sólo cuando transforma la sociedad, debido a que el pensamiento crítico tiene como objeto de estudio, refugio epistemológico, paradigma vigente y campo de batalla metodológico, la realidad concreta en constante movimiento (lo cotidiano), en la que se acomodan las intenciones ontológicas para justificar las decisiones morales y sociales tomadas, y legitimar los constructos teóricos y paradigmas, como el del reinvencionismo.  Para quien el pasado de violencia sigue siendo la mejor opción de la población, la sociología es científica cuando es asexuada y sofista; cuando la verdad es directamente proporcional al número de autores citados y al peso de la petulancia; cuando conoce conocimientos, en lugar de producirlos, porque eso requiere un esfuerzo cognitivo notorio y un compromiso social militante con los sectores vulnerables. Sin duda, la máxima expresión del para-dogma sofista es el negacionismo teórico, esa es la máscara de los Frankenstein posmodernos.

Alinearse con los victimarios –escondidos en las naguas de la Constitución o en la abstracción perversa de los derechos humanos- usando una arenga que suena revolucionaria (sin serlo), se ha convertido en el para-dogma de los sociólogos de papel, esa es la táctica que usaron para decidir cuál rumbo tomar en la encrucijada. Para parecer ilustrado, el sofista (intelectual en el más bajo y rústico nivel) usa palabras complejas y vacías –et universa verba vanae– que no comprende, ni sabe pronunciar. Ahora bien, la arenga sofista, más que esbozar la llamada posverdad, instaura lo que llamo “pre-mentira”.

Esa pre-mentira habla de: dictadura, para minimizar la decisión de la mayoría; volver al debido proceso, sin decir que se trata del debido proceso en favor del victimario; derechos humanos, sin aclarar que éstos tienen sentido cuando se define si se trata de los de las víctimas y o los de los victimarios, ignorando la flexibilidad y autonomía moral como acto racional; democracia perfecta, para darle una coartada a su visión reaccionaria como némesis del proceso histórico.

La impaciencia como argumento teórico-político para optar por el camino del para-dogma sofista, ha sido la excusa y consigna para instalar una sociología resignada a la redundancia memorística. El otro rumbo de la encrucijada –el del paradigma reinvencionista- no se deja cooptar ni sodomizar por los monstruos de la vieja sociedad que se niega a morir; lucha codo a codo con los pobres para que sean sujetos de estudio, no objetos; vive intensamente su compromiso con la fuente originaria de sus constructos teóricos; hace de la nostalgia un recurso sociológico y de las víctimas el punto de partida de la epistemología; es crítica de la crítica de los criticones posmodernos; estrecha el pasado para ampliar el presente y darle una dirección al futuro; tiene una noción relativa del tiempo-espacio; estudia al ser humano como una totalidad cuerpo-sentimientos.

Más allá de lo planteado en torno a la encrucijada de la sociología salvadoreña (paradigma reinvencionista o para-dogma sofista), la verdad pragmática de la gente es una premisa para reinventar el país signando un nuevo pacto social, en tanto sociedad y moral transicional que obliga a privilegiar los intereses y derechos de las víctimas, dejando fuera los absurdos academicistas, las trampas jurídicas y los sofismas teóricamente rústicos que inmovilizan, para darle marcha atrás a la máquina del tiempo de la sociedad.

Desde el vórtice de la encrucijada de la sociología, febrero de 2019 es simbólico y aleccionador, tanto para la sociedad como para los constructos teóricos que le dan forma, como recurso social, y le dan sentido teórico-práctico, como opción para transformar la sociedad desde la verdad pragmática.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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