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miércoles, 3 junio 2026

Monseñor Arturo Rivera Damas (1923-1994): un auténtico prócer

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Luis Armando González

Hace unos días, mi amigo y poeta Álvaro Darío Lara me compartió por WhatsApp una imagen de Mons. Arturo Rivera Damas con su elegante vestimenta arzobispal. “Un prócer, sin duda”, le anoté como mensaje a Álvaro. Siguió un intercambio de ideas entre él y yo sobre esta gran figura eclesial y nacional; entre otras cosas, estuvimos de acuerdo con Álvaro en la atención que se ha dado a Mons. Óscar Arnulfo Romero –merecida desde cualquier punto de vista— ha impedido valorar en su justa medida el trascendental papel jugado por Mons. Rivera Damas no sólo cuando estuvo codo a codo con Monseñor Romero en los tres años en los que éste fue arzobispo capitalino, sino en las dinámicas eclesiales y nacionales que siguieron a su asesinato, el 24 de marzo de 1980.  Álvaro me sugirió que escribiera algo sobre Mons. Rivera Damas, y con estas breves líneas atiendo su sugerencia.

Y para comenzar anoto que, tras pensarlo bien, creo que, en parte, la ausencia de referencias a Mons. Rivera Damas –por no decir el olvido al que se le ha condenado— obedece a la deshistorización a la que ha sido sometido Mons. Romero. ¿Qué quiero decir con esto? Pues, que al arzobispo mártir se le ha despojado de la realidad histórica concreta en la que realizó su quehacer pastoral y en la cual obraron sus asesinos, y si se prescinde de esa realidad histórica ni su predicación ni su muerte se entienden a cabalidad. Al abstraer a Mons. Romero de la historia, se lo ha convertido en un símbolo desencarnado, que se puede usar casi para etiquetar cualquier cosa. Estoy seguro de que él, si pudiera, repudiaría el proceder que lo ha alienado de la historia real de El Salvador.

Al deshistorizar a Mons. Romero, se ha terminado por prescindir –por olvidar, por anular— a quienes hicieron historia con junto a él y a quienes dieron continuidad a su legado cuando él ya no estaba. Fue esto lo que sucedió precisamente con Mons. Rivera Damas, cuya figura y obra deben ser puestas en primer plano si se quiere comprender a cabalidad el proceso histórico salvadoreño en ese arco de tiempo que va desde la segunda mitad de los años setenta hasta la firma de los acuerdos de paz en 1992. En el primer ciclo de ese largo periodo histórico –de 1977 a 1980— Mons. Rivera Damas estuvo a la par de Mons. Romero, en unos años

Sé que es San Óscar Arnulfo Romero, pero prefiero llamarlo “Monseñor”.

turbulentos en los cuales el arzobispo mártir hizo del lema “sentir con la Iglesia” la seña de identidad que expresaba la opción preferencial por los pobres tal como él la quería concretar en su labor pastoral. Luego del asesinato de Mons. Romero –al ser nombrado, primero, Administrador Apostólico de la Diócesis de San Salvador y posteriormente Arzobispo— fue –me tomo el atrevimiento de usar una frase del P. Jon Sobrino— la “fuerza del espíritu” de Romero la que acompañó a Mons. Rivera Damas en una época no menos compleja y trágica.    

En efecto, tras el asesinato de Mons. Romero, el país se encaminó hacia una guerra civil, trágica y violenta. Y Mons. Rivera Damas tuvo que liderar a una iglesia duramente golpeada –con asesinatos y persecución de sacerdotes, religiosas, religiosos y feligresía—, en un contexto en el cual se diezmaba a las organizaciones populares y a la oposición política, y la lógica de la guerra se imponía por sobre cualquier otra alternativa que se pudiera vislumbrar. Mons. Rivera Damas se plantó, ante esa realidad violenta y trágica, con sabiduría, valentía y altura moral. Trató de leer los “signos de los tiempos” y, desde esa lectura, perfilar su quehacer pastoral, siendo fiel al compromiso cristiano con las víctimas de la historia.

Su lucidez, sabiduría y talante moral le hicieron comprender que la gran tarea era la paz, pero una paz con justicia. Y puso al Arzobispado a trabajar en esa dirección. Uno de los grandes logros pastorales de Mons. Rivera Damas fue el debate nacional por la paz que, desde 1987, posicionó al diálogo-negociación como la mejor alternativa para terminar con la guerra civil.  Sus desvelos, sueños y esperanzas se hicieron realidad en 1992, cuando los dos bandos beligerantes decidieron silenciar los fusiles y crear un marco de acción institucional y política que impidiera que una situación como la que había vivido se repitiera nuevamente.

Dos años después –en 1994— Mons. Rivera partió para la Otra Orilla –de esa de la que no hay regreso, como dijo el poeta Octavio Paz—.  Su liderazgo moral y su sabiduría le hicieron falta a un país que, saliendo del descalabro de la guerra, no tenía claro el proyecto que le marcaría el rumbo como nación en el mediano y largo plazo. Pero su obra, su legado y su ejemplo están ahí, disponibles para quienes quieran tomar decisiones más honradas con la realidad –de nuevo tomo prestada una frase del P. Sobrino— y más centrada en el destino del prójimo. Sus 14 años al frente del Arzobispado (1980-1994) no fueron fáciles, pero él estuvo a la altura de lo que el pueblo salvadoreño necesitaba. Fue, de eso no me cabe la menor duda, un auténtico prócer, una persona, como dice la Real Academia, “de alta calidad y dignidad”.

Uno de los grandes retos del presente es no dar la espalda a la historia del país y a quienes la configuraron y fueron configurados por ella. Vivir de espaldas a la historia (o torcerla a partir de simplismos manipuladores) es el camino más directo para repetir yerros trágicos del pasado.

San Salvador, 18 de febrero de 2026       

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Luis Armando González
Luis Armando González
Filósofo, historiador, académico y colaborador de ContraPunto

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