Por Francisco Vicente Flores Graniello
A 34 años de la firma de los Acuerdos de Paz de Chapultepec, El Salvador vive una paradoja histórica: mientras se exaltan el orden, la seguridad y la eficacia gubernamental, se minimiza —cuando no se desacredita— el proceso político que hizo posible el fin del conflicto armado y la transición hacia un régimen civil¹.
Los Acuerdos de Paz, firmados el 16 de enero de 1992, no fueron un acto simbólico ni una concesión ideológica. Constituyeron el resultado de un empate estratégico tras doce años de guerra civil, más de 75 mil víctimas mortales, miles de desaparecidos y un Estado profundamente militarizado². Su propósito central fue desmontar la guerra como mecanismo de acceso y ejercicio del poder político.
Desde una perspectiva institucional, los Acuerdos produjeron transformaciones estructurales: redefinieron el rol de la Fuerza Armada, crearon la Policía Nacional Civil, impulsaron reformas judiciales y abrieron el sistema político a la competencia electoral³. Antes de 1992, estas condiciones eran inexistentes. El pluralismo político y la alternancia pacífica eran impensables.
Sin embargo, el principal problema histórico no radica en los Acuerdos en sí mismos, sino en su implementación parcial y selectiva. La desmilitarización del Estado no estuvo acompañada por una democratización real de la economía ni por una política consistente de justicia transicional. La impunidad, la desigualdad estructural y la exclusión social persistieron como herencias no resueltas del conflicto armado⁴.
En el debate público actual han emergido discursos que sostienen que los Acuerdos de Paz “no sirvieron para nada”. Esta afirmación no responde a un análisis riguroso, sino a una narrativa política funcional: deslegitimar los límites democráticos que los Acuerdos impusieron al ejercicio del poder estatal después de 1992⁵. Negar su relevancia equivale, en la práctica, a cuestionar los fundamentos civiles del Estado salvadoreño contemporáneo.
Es cierto que muchos de los liderazgos políticos que surgieron tras la firma de la paz —incluidos sectores del antiguo FMLN— traicionaron las expectativas sociales de transformación profunda. Pero ese fracaso político no invalida el proceso histórico de pacificación. Confundir la traición posterior con la inutilidad de los Acuerdos constituye un error analítico deliberado, útil para justificar la concentración de poder y el debilitamiento institucional⁶.
El momento actual que vive El Salvador —marcado por la centralización del poder, la subordinación de las instituciones y la tensión permanente entre seguridad y derechos— solo puede entenderse a la luz de los Acuerdos de Paz. Incluso los proyectos políticos que hoy buscan relativizar o superar ese legado operan dentro del marco estatal que dichos Acuerdos hicieron posible⁷.
La memoria histórica incomoda porque introduce límites. Obliga a reconocer que la paz no fue un regalo, sino una conquista social y política, y que su erosión no es un accidente, sino una decisión consciente. Una sociedad que renuncia a comprender críticamente su transición corre el riesgo de normalizar nuevas formas de autoritarismo bajo discursos de eficiencia, orden o modernización⁸.
A 34 años de Chapultepec, el desafío no es idealizar los Acuerdos de Paz ni convertirlos en dogma, sino defender su sentido histórico esencial: la subordinación de la fuerza a la política, y de la política a la ciudadanía. Sin memoria crítica, la democracia se vacía; sin límites históricos, el poder se desborda.
Notas
Rachel Sieder, War, Peace and Memory Politics in Central America, Bulletin of Latin American Research, 2001.
Comisión de la Verdad para El Salvador, De la locura a la esperanza: la guerra de 12 años en El Salvador, Naciones Unidas, 1993.
Naciones Unidas, Acuerdos de Paz de El Salvador, 1992.
PNUD, Informes sobre Desarrollo Humano en El Salvador, varios años.
Terry Lynn Karl, “The Hybrid Regimes of Central America”, Journal of Democracy, 1995.
Tommie Sue Montgomery, Revolution in El Salvador: From Civil Strife to Civil Peace, Westview Press, 1995.
Charles T. Call, Democratization, War, and State-Building: Constructing the Rule of Law in El Salvador, Palgrave Macmillan, 2002.
Guillermo O’Donnell, Philippe Schmitter y Laurence Whitehead, Transitions from Authoritarian Rule, Johns Hopkins University Press, 1986.
Sobre el autor
Francisco Vicente Flores Graniello es politólogo, analista de coyuntura y miembro del Consejo Coordinador del Bosque Memorial San Óscar Arnulfo Romero. Sus reflexiones se centran en memoria histórica, transiciones políticas, democracia postconflicto y poder en El Salvador y América Latina.


