Redacción ContraPunto
A siete años del ascenso de Nayib Bukele al poder, El Salvador atraviesa un momento político singular en América Latina: la consolidación de una hegemonía política sustentada en altos niveles de aprobación ciudadana, coexistiendo con un creciente malestar económico en amplios sectores de la población. Las encuestas de LPG Datos, el IUDOP de la UCA y CID Gallup no solo reflejan opiniones coyunturales, sino que permiten interpretar dinámicas más profundas del comportamiento social y político salvadoreño.
Desde una perspectiva sociológica, el principal eje articulador del respaldo al gobierno es la seguridad. La drástica reducción de la violencia y el control territorial ejercido por el Estado han transformado la vida cotidiana de millones de salvadoreños, particularmente en comunidades históricamente afectadas por las pandillas. Este cambio no es menor: implica la recuperación del espacio público, la reconfiguración de las relaciones sociales y la reconstrucción de una sensación básica de orden. En términos políticos, este logro ha funcionado como un elemento de legitimidad sustantiva que trasciende los mecanismos tradicionales de evaluación democrática.
Sin embargo, este capital político convive con una tensión estructural evidente: la economía doméstica. Los datos muestran que una mayoría significativa percibe un deterioro en su capacidad adquisitiva y un incremento sostenido en el costo de la vida. Este fenómeno no es exclusivo de El Salvador, pero adquiere características particulares en un contexto donde la narrativa oficial enfatiza éxito y transformación. La brecha entre percepción macro-política (seguridad, liderazgo fuerte) y experiencia microeconómica (ingresos, precios, empleo) configura una disonancia que, si bien no ha erosionado el apoyo general, sí introduce elementos de vulnerabilidad en el mediano plazo.
Desde el análisis político, este escenario puede interpretarse como una forma de “legitimidad por resultados selectivos”. Es decir, la ciudadanía prioriza ciertos logros —en este caso, la seguridad— por encima de otros déficits, como la economía o el empleo. Este tipo de legitimidad suele ser altamente eficaz en contextos de crisis prolongadas, donde la población otorga mayor valor a soluciones inmediatas a problemas históricos. En El Salvador, el recuerdo reciente de la violencia estructural ha reforzado esta lógica.
No obstante, la persistencia del malestar económico introduce una dimensión sociológicamente relevante: la fragmentación de la experiencia ciudadana. Mientras algunos sectores experimentan mejoras tangibles en seguridad y movilidad social, otros continúan enfrentando precariedad, informalidad laboral y limitaciones en el acceso a oportunidades. Esta heterogeneidad puede, con el tiempo, redefinir las bases del consenso actual.
Otro elemento clave es la centralidad del liderazgo. Las encuestas, particularmente la de CID Gallup, evidencian no solo aprobación hacia la gestión, sino una fuerte identificación con la figura presidencial. Este fenómeno sugiere un proceso de personalización del poder, donde la legitimidad institucional se encuentra estrechamente vinculada al liderazgo individual. En términos sociopolíticos, esto puede fortalecer la cohesión en el corto plazo, pero también plantea interrogantes sobre la sostenibilidad del modelo en ausencia de esa figura.
Asimismo, el papel de las instituciones y los contrapesos democráticos se vuelve un tema de fondo. Aunque no es el eje principal de las encuestas citadas, el contexto político salvadoreño ha sido objeto de debate internacional en relación con la concentración de poder. Sin embargo, a nivel interno, estos aspectos parecen tener menor peso en la evaluación ciudadana frente a los resultados concretos en seguridad.
En síntesis, El Salvador se encuentra en una etapa de transición donde coexisten estabilidad política, legitimidad popular y tensiones económicas no resueltas. La clave del futuro radica en si el gobierno logra transformar su capital político en mejoras estructurales en la economía y el bienestar social. De no hacerlo, la actual hegemonía podría enfrentar desafíos derivados no de la oposición política tradicional, sino de las propias condiciones materiales de la población.
Este caso salvadoreño plantea, en última instancia, una reflexión más amplia sobre las democracias contemporáneas: la posibilidad de que el orden y la seguridad se conviertan en el principal criterio de legitimidad, incluso en contextos donde persisten desigualdades económicas significativas. La evolución de este modelo será determinante no solo para El Salvador, sino como referente regional en la relación entre gobernabilidad, seguridad y bienestar social.


